Por Dra. Dora Tobar
La familia cristiana es por esencia una comunidad sinodal. Con la palabra sinodalidad se describe una forma de relacionarse donde nadie está por encima o por debajo, ni tampoco delante o atrás del otro, sino a la par. Es decir, se trata, como su raíz griega lo dice, de la acción y efecto de caminar juntos.
Y, ¿Qué es la familia cristiana sino una comunidad de vida y amor donde grandes y chicos caminan no sólo juntos, sino hacia un mismo propósito?: Llegar a ser en la tierra imagen o testigos del amor de Dios.
Esto que parece algo abstracto y casi imposible, tiene que ver con realidades muy concretas. Todo comienza en el matrimonio cuando una pareja de bautizados, movidos por el amor de Cristo, deciden ser compañeros inseparables que no solo afrontan las alegrías y las dificultades de la vida juntos, sino que optan por dar todo de sí para aligerar las fatigas del otro.
De hecho, en la vida de esposos y de padres, se da lugar a muchas experiencias que convergen en el significado de sinodalidad. Esto es, proximidad, escucha con corazón abierto, acompañamiento; corresponsabilidad, empatía, y finalmente, unión o encuentro.
Una pareja de esposos se transforma en pareja sinodal cuando imita la auto donación de Cristo, en todos los aspectos de su relación. Esto incluye la forma generosa como comparten el dinero, las deudas, su tiempo; la forma como se escuchan con corazón abierto, sin encerrarse o imponer su punto de vista y se abren a entender el punto de vista del otro; y por la forma casta como en sus relaciones sexuales buscan siempre el bien de la otra persona y el de la creatura que puedan engendrar. ….. Cuando esto sucede, entre la pareja empieza a generarse una unión, un profundo y tangible sentido del NOSOTROS que, en cierto modo, refleja la mística realidad del Espíritu Santo, quien procede de la unión íntima del Padre y del Hijo. Esta misma realidad trinitaria se manifiesta en el acto procreativo en el cual la comunicación íntima de la pareja abre las puertas a la generación de una nueva persona. De esta manera, el misterio mismo de Dios-Trinidad se hace parte de su amor matrimonial, e irradia su testimonio.
Como padres de familia, la sinodalidad es la característica que nos cualifica como ministros de Dios ante los hijos. Cada hijo que engendremos será no solamente un compañero que se unirá a nuestro camino, sino que requerirá nuestro acompañamiento empático y solidario en cada etapa de su caminar. Ser ministros del amor de Dios es por tanto renunciar a un liderazgo de poder, autoritarismo y patriarcalismo y optar por liderar desde el amor que se entrega, respeta, establece límites que den seguridad, y lidera sobre todo con el ejemplo.
Formar hijos es prepararlos para la vida dándoles algo que nadie mejor que la familia sabe dar: entrenarlos para amar. Ser la principal escuela del amor, o “escuela de humanidad”, como San Juan Pablo II lo decía, incluye hacer que nuestros hijos aprendan a amarse, a amar a otros, y a amar a Dios.
Los hijos aprenden a amarse, a verse a sí mismos como criaturas a imagen de Dios, valiosas y dignas de respeto, por la forma como les hacemos sentir que su existencia nos alegra, que su cuerpo es bello, que estamos ahí para cuidarlos, que tienen derecho a sentir enojo o frustración, pero que también pueden aprender a expresar estos sentimientos de manera clara y respetuosa. Por cada corrección respetuosa debe haber al menos 50 afirmaciones diarias de lo bueno que hay en ellos y que logran.
Esta misión debe adaptarse a la dinámica de crecimiento de los hijos, pues cada etapa requiere diferentes procesos, y debe responder igualmente a la ley del reino de Dios donde los más vulnerables y necesitados requieren más de nuestra entrega. Aquí entran los niños que dependen de nosotros para aprender a amarse, descubrir su valor y adquirir la seguridad que necesitan para afrontar la vida sin complejos ni inseguridades. También están los adolescentes quienes requieren de nuestra misericordia para entender que detrás de sus insolencias y a veces reclamos injustas, esta una creatura asustada que trata de conquistar su vida emocional y descubrir su lugar en la vida. En esta etapa los padre debemos aprender que ya no son niños y que en vez de imposiciones, ellos necesitan ser escuchados, motivados y llevados, a través de preguntas mas que de órdenes, a descubrir lo que les conviene. Y también están por supuesto los niños con discapacidades, los que sufren problemas de identidad sexual, y los ancianos de nuestra familia.
Finalmente, pero no menos relevante, en la misión de enseñar a amar a otros, y de amar a Dios el ejemplo de los padres es lo mas importante. De ellos se aprende a escuchar, a resolver conflictos, a servir, y amar a Dios. Los ritos emocionales que proponen el papa francisco de pedir permiso, dar gracias y pedir perdón, debe así acompañarse de las oraciones en familia que saluden a Dios, le agradezcan e invocan su misericordia.
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