por Emilio Piñero Guilamany
Cuidar de la familia es un concepto difícil de concentrar en una respuesta única, que abarque su magnífico contenido. Es un pulpo con demasiados brazos que analizar, en donde entra lo psicológico, lo psíquico, lo social, lo emocional. Y también lo astrofísico, teniendo en cuenta que muchos se la pasan en la luna soñando.
Así que hoy me centraré en detalles que harán que algunos varones me quieran sacar los ojos mientras, que sus mujeres, consientan en ser más benévolas con un servidor.
Qué Dios creó al ser humano es una realidad que espero no sea discutida. Si lo sacó del mono o no, es un detalle en el que no me resulta interesante frivolizar, aunque hay varones que hacen méritos para conseguir tal reconocimiento. Una vez creado, vio Dios que estaba el individuo muy solo, sin nada que hacer, sin preocupaciones, ni nadie con quien pelearse. Se compadeció de él y, de su carne, creó a la mujer, dándosela como compañera. Todo era paz y sosiego con tan sólo una petición. El manzano y sus manzanas, eran la prueba de aceptación total de fidelidad y, ahí, justo ahí, se mascó la tragedia. El hombre reveló por vez primera su inferioridad ante la mujer, sus encantos y sus enormes ganas de llevar la contraria. ¿A quién se le ocurre hacer caso, a la primera serpiente que pasa por delante?
De tal insensatez proviene una condenación que perdurará hasta que Jesús instaure de nuevo el Reino de Dios en la tierra. Hoy, muchos siglos después la historia ha cambiado relativamente poco. El varón dotado de una fuerza física superior, más aguerrido, con una capacidad de decisión y reacción basada en dichos regalos. La mujer, más delicada, con un encargo llamado “engendrar”, que la convierte en vértice de la existencia de un maravilloso descubrimiento, llamado familia.
Ella será por siempre, faro y presencia, que acompañará al esposo a nuevos prados, en donde descansar de la batalla diaria. El hombre sin la compañía constante de una mujer, acostumbra a ser un triste personaje, salvo que sea por una renuncia personal hacia una vida de mayores exigencias de servicio a Dios y a los hermanos. El hombre quizás tomó a su esposa, como flor silvestre pero, poco a poco, va descubriendo otras capacidades que ella tiene y que la transforman también en jugadora titular e indiscutible del equipo. La mujer posee una inteligencia especial y un sexto sentido que la hacen parecerse a una brujita buena, que ve venir los garrotazos antes de que caigan.
Siguiendo con el argot deportivo, el hombre es el goleador que se lleva aplausos y titulares, mientras ella acaba siendo la que concreta la estrategia, para que continúe la buena racha. No hay gran hombre que no tenga en su retaguardia a una gran mujer que sepa estar en un aparente segundo plano, mandando, admirando y abrazando jubilosa o poniendo el hombro para que el llanto de la derrota escape y, se convierta en esperanza de otros amaneceres por venir.
Dios pone en nuestro camino a alguien que necesitamos y nos hará felices, salvo que nuestras decisiones alimentadas por la soberbia y la ambición, nos deriven hacia futuros inciertos, en los que Dios y sus consejos han sido más que descuidados, ignorados y abandonados. Los esposos que se mantienen fieles entre ellos, son una demostración viviente de la familia que el Señor nos regala. Una esposa no es cualquier cosa, es compañera de ruta que quizás algún día será báculo de tu vejez. Trátala con el respeto, admiración y amor que merece, quien te ha dado su juventud e inocencia, su madurez y compromiso, sus atenciones y cuidados, y en definitiva su ser.
Un esposo, no es un héroe de cómic, un ingreso que garantice una existencia regalada y relajada, ni un amo al que obedecer sin abrir la boca. En la lectura de la palabra de Dios, se encuentran todas las respuestas que necesitamos.
Tenemos al Padre, Hijo y Espíritu Santo, reconociendo nuestros desvelos. A María como intercesora en los postreros momentos de cruz y obscuridad, “he aquí a tu madre”, en los que todos somos Juan. A los Ángeles de la Guarda, que nos cuidan de todo mal que pretenda asaltarnos e incluso de pequeñas urgencias que nos atosiguen.
Pero, por encima de todo, nos muestra en la Sagrada Familia, un ejemplo a seguir.
Hombre y mujer, unidos a Dios por medio del sacramento, se salvarán juntos al igual que cayeron juntos en el paraíso, regresando para habitar en la morada que nos ha sido reservada para desde allí alabar a Dios por toda la eternidad.
Ánimo, parece mucho e imposible de alcanzar pero, nuestro supremo creador está siempre al pendiente con su discreción y su ejército de ángeles preparados para ganar toda batalla.
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