Category Archives: Sexualidad y Amor Conyugal

No pierdan la esperanza en su matrimonio: Dios tiene un plan divino

Cuando los hijos tardan en llegar o nunca llegan

“Confía en el Señor y de todo corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia”. (Proverbios 3,5)

 

Por:    Wanda F. Vasquez y el Padre Lorenzo Ato

Oficina del Ministerio Hispano

Arquidiócesis de Nueva York

 

Uno de los fines primarios del matrimonio es la procreación, pero no siempre es posible

El Código de Derecho Canónico del año 1917 no concretó explícitamente un matrimonio católico, pero sí especificó de una manera muy clara dos propiedades esenciales del matrimonio, mientras que la regla distingue entre sus fines primarios y secundarios. El Código dice: “La procreación y la educación de la prole es el fin primario del matrimonio; la ayuda mutua y el remedio de la concupiscencia es su fin secundario” (Canon 1013, 1917).  Según este Código, las parejas que han recibido el Sacramento del Matrimonio tienen los componentes iniciales de la construcción de una planificación familiar para su futuro ideal de tener hijos y una familia propia. Muchos disfrutan de las recompensas de los fines primarios del Código, pero, para algunos matrimonios esto no es una realidad donde tener hijos es una imposibilidad.

La infertilidad es una de esas dificultades que nadie menciona porque es un tema difícil que la sociedad tiende a dejar en un segundo plano. Muchos otros a través de influencias sociales, culturales, o ideológicas ejercen la infertilidad como un pecado, una restricción social que ridiculiza (a veces de manera violenta) a las parejas infértiles que causan depresión mayor, ansiedad, violencia doméstica, suicidio, infidelidad, divorcio y abuso de sustancias.

Según la Sociedad Americana de Medicina Reproductiva (Elizabeth Hervey Stephen, 1998) los análisis de infertilidad en mujeres para los Estados Unidos van en aumento donde, “El número de mujeres que experimentan infertilidad oscilará entre 5.4 y 7.7 millones en [el año] 2025, y el número más probable será de poco menos de 6.5 millones”. En la infertilidad masculina, “el factor masculino es una causa principal o contribuyente en aproximadamente el 50% de las parejas” (Ashok Agarwal, 2021) y las estadísticas de la infertilidad en los hombres, también, va en aumento.

Parejas infértiles pueden enfrentar estigmas y otros retos

Las normas sociales dictan que la pareja recién casada debe concebir después del primer año de matrimonio. Estos estigmas y presiones sociales contribuyen al desorden de la persona humana (y posiblemente la relación) por parte del grupo dominante: parejas capaces de concebir, familia, amigos y comunidades parroquiales, por nombrar algunos. Además, muchas parejas que han intentado concebir durante muchos años después de su boda, se encuentran en un estado de mayor vulnerabilidad, especialmente cuando se descubre que uno o ambos son infértiles. Para las parejas infértiles, los estigmas sociales y culturales pueden ser devastadores ya que generan preocupaciones físicas, emocionales y psicológicas en la relación. La maternidad es una aceptación social para muchas parejas: eleva el estatus de la pareja y, para muchas, mantiene las promesas establecidas durante la preparación del matrimonio en la Iglesia Católica. En una circunstancia no planificada como la infertilidad, el potencial de maternidad y paternidad se vuelve sombrío y afecta las aspiraciones de la pareja a convertirse en padres. Además, las enseñanzas culturales de la no conformidad de la infertilidad durante estas circunstancias traumáticas contribuyen a la disfunción del matrimonio donde la culpa, el fracaso y la depresión dan lugar a la posible disolución del matrimonio.

¿Qué debe hacer la pareja cuando no hay hijos biológicos?

Queridas parejas, tengan fe: ¡Dios tiene un plan para cada uno de ustedes!

Después del Vaticano II, la ley sobre el matrimonio se ha enmendado (Código de Derecho Canónico de 1983) y dice lo siguiente: “La alianza matrimonial, por el cual un hombre y una mujer constituyen entre sí es un consorcio de toda la vida …” (Canon 1055). Este fue un gran cambio de paradigma, donde se cambió la “definición” de matrimonio de tener hijos a la unificación de los cónyuges (hombre y mujer unidos como uno).

¿Qué puede hacer un matrimonio católico que quiere tener hijos y no pueden hacerlo de forma natural?

Si una pareja no puede tener hijos en el destino de su matrimonio, el matrimonio puede continuar como un consorcio que no pierde su significado y/o importancia. El Santo Papa Juan Pablo II definió el matrimonio como mucho más que un simple acuerdo entre un hombre y una mujer, redefiniendo el matrimonio no solo como un éxodo de procrear, sino como un éxodo de toda la vida.  En su Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, él nos dice: “El don del sacramento es al mismo tiempo vocación y mandamiento para los esposos cristianos, para que permanezcan siempre fieles entre sí, por encima de toda prueba y dificultad, en generosa obediencia a la santa voluntad del Señor: lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre” (Familiaris Consortio, 55). Los dones definidos en la exhortación reordena la forma en que se ve y se experimenta el matrimonio en la vida de la pareja.

Por la pareja que no puede tener hijos, el amor en el matrimonio es fundamental y los componentes de la relación alcanzan una nueva perspectiva:

La fecundidad también puede provenir de la fidelidad a Dios

La fecundidad puede venir de muchas formas y no necesariamente a través del nacimiento de un bebe. También puede manifestarse de nuestra propia fidelidad a Dios. Cuando la pareja se abre al divino plan de Dios, hay esperanza para el éxodo del matrimonio. Además, en la Exhortación Apostólica Postsinodal del Papa Francisco, Amoris Laetitia (La alegría del amor), el Santo Padre nos indica sobre las “situaciones imperfectas” y cómo esas situaciones afectan a la persona humana, la pareja y la familia. Él anima a una “cultura de encuentro,” como una manera de ser fructífero a través de la búsqueda de la vida familiar de una manera inclusiva que envuelve tíos, primos, parientes, familiares de parientes y amigos, quitando el enfoque a la familia nuclear y elevando una mayor concentración a las relaciones. Esto incluye el cuidado pastoral y el apoyo que recibimos de nuestros párrocos y comunidades parroquiales, acompañando a las parejas en su camino matrimonial. (cf. Amoris Laetitia 58-88, 165-198)

Dejen que la luz de Dios brille en, y a través de su matrimonio

“No se nieguen el uno al otro, a no ser de común acuerdo y por algún tiempo, a fin de poder dedicarse con más intensidad a la oración; después vuelvan a vivir como antes, para que Satanás no se aproveche de la incontinencia de ustedes y los tiente” (1 Corintios 7,5). 

Jesucristo es la luz del mundo y el matrimonio debe ceder a las alegrías del matrimonio. Dios está haciendo lo que es mejor para los cónyuges, aunque no es evidente, y Él es soberano sobre su matrimonio, incluyendo su éxodo. ¡Entréguense a Él y Él le revelará Su divino plan!

Los cónyuges católicos tienen muchas razones para tener un matrimonio feliz y perpetuo. Si una pareja casada que no puede procrear, o se ven impedidos de adoptar, no se puede concluir que sea por razones egoístas. La pareja debe discernir, ayudada por la fe y la oración, para encontrar buenas alternativas. Lo importante es reconstruir su matrimonio con esperanza y optimismo, con la suficiente amplitud de miras para acoger la voluntad del Señor.

Otro artículo relacionado: Aquí pueden leer la experiencia de una pareja que anheló un hijo por cinco años y pudieron concebir con la ayuda de NaProTECNOLOGÍA.

 

Bibliografía

Elizabeth Hervey Stephen, Anjani Chandra, Updated projections of infertility in the United States: 1995–2025, Fertility and Sterility, Volume 70, Issue 1, 1998, Pages 30-34, ISSN 0015-0282, https://doi.org/10.1016/S0015-0282(98)00103-4. (https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0015028298001034)

Ashok Agarwal, Saradha Baskaran, Neel Parekh, Chak-Lam Cho, Ralf Henkel, Sarah Vij, Mohamed Arafa, Manesh Kumar Panner Selvam, Rupin Shah, Male infertility, The Lancet, Volume 397, Issue 10271, 2021, Pages 319-333, ISSN 0140-6736, https://doi.org/10.1016/S0140-6736(20)32667-2. (https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0140673620326672)

Buscando tratamientos para la infertilidad que respetan al plan de Dios

Por Roberto y Claudia Vargas

Nunca sabes lo que tienes, hasta que recuerdas como era tu vida antes de tenerlo. Cualquiera que tiene hijos sabe que la vida cambia radicalmente al darle la bienvenida a un pequeño retoño de amor. Para nosotros fueron más de cinco largos años anhelando tener un bebé.

Nuestros primeros años sin poder concebir

Nos casamos en septiembre del 2012. A los pocos meses de casados, decidimos mudarnos a otro estado y comenzamos a intentar tener un bebé a finales de ese mismo año. No lo teníamos todo resuelto; rentábamos un departamento pequeño de una habitación, dirigíamos una pequeña empresa y yo había comenzado un nuevo empleo como auditora para el gobierno estatal. No vivíamos en la casa de nuestros sueños y nuestros ingresos no eran los mejores; de hecho, estábamos pagando algunas deudas que habíamos adquirido el invierno anterior. Sin embargo, pensamos que un bebé sería increíblemente amado a pesar de nuestras circunstancias. En fin, teníamos la convicción de que Dios nos concedería el regalo de tener un bebé en Su tiempo y supliría todas nuestras necesidades, como siempre lo había hecho.

Pasaron dos meses y no había quedado embarazada. Luego cuatro meses, seis, ocho, diez… un año. Mis amigas, cuñadas, concuñas y conocidas comenzaron a tener bebés, y nuestro turno parecía estar aún muy lejano. Me parecía extraño, ya que siempre había tenido ciclos regulares. Desde que nos casamos, habíamos estado usando métodos naturales de planificación familiar. Estaba muy en sintonía con mi cuerpo y muy segura de que estaba ovulando – pero por alguna extraña razón, no lograba quedar embarazada. De repente, me encontré sumergida en blogs, videos, foros, etc. que hablan sobre tratando de concebir. Comencé a llevar un registro meticuloso de mi ciclo usando múltiples métodos. Luego cambié mi dieta por una más saludable, me hice una limpieza desintoxicante y comencé a tomar suplementos para apoyar la fertilidad. Comencé a hacer más ejercicio y me propuse hacer cosas que me relajaran. Nada parecía funcionar. En lo profundo del corazón sabíamos que solo Dios nos podía conceder un milagro, y que, con esta fe en Él, seguíamos orando e implorando por un bebé.

Nuestra primera cita médica

Dejamos pasar unos meses más, con la esperanza de que en cualquier momento sucedería. Finalmente, después de muchas desilusiones y de pruebas negativas de embarazo, decidimos buscar ayuda médica. Solo quien ha pasado por la sola y dolorosa trayectoria de la infertilidad conoce la pena y la vergüenza que se experimenta al imaginarte que tu cuerpo pudiera estar roto y que no funcione como debería. Este fue el sentimiento que cargaba sobre mis hombros al entrar a mi primera consulta de infertilidad. Pronto me di cuenta de que para la doctora mi caso no era nada novedoso ni especial, y rápidamente me dejó saber cuál era el protocolo: análisis para mí y para mi esposo, y una histerosalpingografía para revisar que mis trompas de Falopio no estuvieran bloqueadas. Indicó que, si los estudios no arrojaban ninguna anormalidad, las opciones de tratamientos eran primero tomar un medicamento para provocar la ovulación, luego la inseminación intrauterina, y la fecundación in vitro como último recurso. Si nada de esto funcionaba, había las opciones de buscar donantes de espermatozoides y/o de óvulos – ella explicó. Sus sugerencias me causaron conmoción e incomodidad. ¿Cómo es que estos tratamientos pueden ser “soluciones” a un problema que ni siquiera ha sido diagnosticado? – me pregunté. Me angustió demasiado enterarme de esta realidad, pero tenía la esperanza de que los estudios revelaran alguna anormalidad y así poder dar con la raíz del problema para poder encontrar una solución de acuerdo con ello.

Incomodidad y desánimo sobre los tratamientos sugeridos

Al salir de la cita repasamos los materiales informativos. Investigamos más acerca de los tratamientos que sugería la doctora. Pronto nos dimos cuenta de que de que la inseminación intrauterina y la fecundación in vitro no eran aprobados por la Iglesia Católica porque descartan el acto sexual conyugal en el cual es concebida una nueva vida, según el plan perfecto de Dios. Aparte de no ser aprobados, no nos sentíamos cómodos con la idea de experimentar con tratamientos que no ayudaban a encontrar cual era la raíz del problema. Nos envolvía un sentimiento de desanimo y confusión, pero a la vez una extraña ilusión de que los estudios revelaran lo que realmente estaba pasando.

Llegó el día de los análisis y pronto recibimos los resultados – todo estaba totalmente normal tanto conmigo como con mi esposo. A los pocos días me hicieron la histerosalpingografía; los resultados fueron instantáneos – todo parecía estar en orden y no había bloqueo en las trompas de Falopio. Cualquiera diría que estas eran buenas noticias, pero para nosotros saber que todo estaba “normal” era confuso ya que esto no nos daba ninguna indicación del por qué no se lograba un embarazo. A concluir la cita de la histerosalpingografía, la doctora indicó que tenía infertilidad inexplicable y que el siguiente paso era tomar un medicamento para provocar la ovulación. Sugirió que, si no quedaba embarazada en tres meses, volviera con ella para probar la inseminación intrauterina, y si eso no funcionaba podíamos intentar fecundación in vitro. Salimos de la consulta desalentados; buscábamos una solución a un problema, no un vendaje que simplemente tapara cualquier complicación que pudiera haber. Además, deseábamos ser files a la enseñanza de nuestra Santa Madre Iglesia, y las opciones presentadas eran contrarias a nuestra fe.

Anhelos continuos de un hijo y sugerencias de amigos y familiares

Dejamos pasar otro año, aferrados a la esperanza de que Dios nos sorprendería en cualquier momento. Las familias en nuestro entorno seguían creciendo; más bebés nacían y nuestro corazón cada vez era más sensible al gran anhelo de tener nuestro propio bebé en brazos.  Para este tiempo, ya todos nuestros familiares y amigos nos habían preguntado si queríamos tener hijos. Nuestra respuesta siempre era muy casual – “Claro, le estamos pidiendo a Dios. Él nos lo dará cuando crea que es conveniente”. Recibíamos consejos de vitaminas que podíamos tomar, o recomendaciones de alguna “sobandera” que tenía manos milagrosas. Nos hablaron de remedios antiguos tales como tomar un huevo de pato crudo en ayunas o preparar un menjurje de hierbas hervidas con una cola de chivo. El deseo de ser papás era muy grande pero no fuimos lo suficiente valientes para intentar estos remedios, que nos parecían ser supersticiosos. Esto sería otra forma de ir en contra de la enseñanza de la Iglesia. El Catecismo dice “La superstición es la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que damos al verdadero Dios” (n. 2111). Seguimos confiando en el poder de Dios.

Otra sugerencia – esta vez 100% católica

Entre todos estos consejos y recomendaciones, me llegaron dos mensajes de dos tías que radican en México; las dos me recomendaban al mismo médico. Investigué un poco y me di cuenta de que se trataba de un ginecólogo-obstetra especializado en una técnica reproductiva llamada NaProTECNOLOGÍA. Continúe investigando y supe que esta técnica fue descubierta por el mismo doctor quien creó el método de planificación familiar llamado “Creighton”. Aprendí también que todo esto era 100% católico, así que no nos demoramos y buscamos un médico NaPro en el estado donde vivimos, ya que se nos hacía muy complicado consultar a un doctor de México.

Pronto me di cuenta de que no había más que una pediatra NaPro en nuestra área. Aunque no era ginecóloga, pensamos que podía ayudarnos a identificar la raíz del problema. En la primera cita con ella me di cuenta que tenía que llevar una gráfica usando el método Creighton para que ella me pudiera orientar. Aprendimos a hacerlo y regresé después de tres meses. Me hizo muchas pruebas que la doctora anterior no me había hecho… pero tristemente, no había nada fuera de lo común. Después de casi un año de estar consultándola, refirió mi misterioso caso al Instituto San Pablo VI en Omaha, Nebraska. A la vez, decidí buscar a la ginecóloga NaPro más cerca de nosotros, aunque tuviéramos que viajar a otro estado. Se nos hacía más practico esto que ir hasta México. Después de repasar una larga lista, encontré una ginecóloga NaPro en California. Agendé cita y emprendimos nuestro viaje.

Nuestra primera cita con una ginecóloga NaPro

Llegamos a la cita con emoción y miedo a la vez. Miedo de pensar que sería el comienzo de otra larga espera, pero con la emoción de que cada vez estábamos más cerca de presenciar un milagro. La cita fue breve pero muy efectiva. Llevaba mis gráficas, y fue impresionante ver cómo después de analizarlas por tan solo unos minutos, la doctora nos comentó algo que nunca se había considerado por ningún médico que había consultado. Nos indicó que de acuerdo con mis gráficas y los análisis que ya se habían realizado, parecía que existía una posibilidad que tuviera endometriosis. Al escuchar esto mi corazón saltó, pues tenía sentido. Tenía todos los síntomas, pero ningún médico se había interesado en investigar sobre esta enfermedad. ¡Por fin recibíamos un diagnostico más claro! Aclaro que la doctora no podía asegurar que este fuera el caso y que solo con una cirugía se podía confirmar. Nos dio información acerca de la operación e indicó que su asistente se estaría en contacto con nosotros para darnos detalles del costo.

El siguiente obstáculo – el costo del tratamiento

Saliendo de la cita lo platicamos, oramos, y decidimos que sería bueno proceder con la cirugía. A los pocos días, recibimos la llamada de la clínica. Nos explicaron que los honorarios de la doctora eran más o menos $7,000 dólares y los costos de hospital eran $40,000 dólares. Por supuesto que esto no estaba dentro de nuestro presupuesto. Vimos opciones con médicos tradicionales en el estado donde vivimos, pero era complicado porque ellos no habían hecho el diagnóstico y tenían que empezar desde cero.

Consulta con el doctor NaPro en México

Finalmente, decidimos contactar al doctor que me habían recomendado mis tías de México. Mi esposo llamó a la Clínica NaPro en Puebla, MX y le explicaron que el doctor Miguel Ángel Domínguez Mena atendía a pacientes de todo el mundo, así que agendamos una cita para vernos por Skype. Llegó el día de la consulta y nuevamente fue impresionante como el doctor al ver mi gráfica, también concluía que podía ser un caso de endometriosis que requería cirugía para confirmar y corregir. Pronto decidimos proceder con la cirugía en México. Ya habían pasado muchos años y no había más tiempo que perder. Llegó la fecha de la cirugía, y efectivamente se descubrió que no solo tenía endometriosis severa, sino que una de las trompas de Falopio estaba adherida a la pared pélvica. El doctor Mena removió la endometriosis y corrigió la adherencia.

El milagro y las lecciones

La recuperación fue rápida, y para no hacer la historia más larga – a los cinco meses de haber tenido la intervención quirúrgica ¡quedé embarazada sin absolutamente ningún medicamento! Ahora gozamos de un hermoso niño de 16 meses quien nos ha venido a endulzar la vida después de tantos años de desilusión y lágrimas.

En nuestro corazón siempre existía la certeza de que Dios, en Su inmensa bondad, nos otorgaría el regalo de la paternidad un día. Pero aprendimos en el caminar que las cosas suceden en Su tiempo y que no podemos forzar algo que está fuera de nuestro control. La sociedad secular busca resultados instantáneos y las soluciones que ofrece la medicina moderna para la infertilidad no siempre tienen la dignidad del ser humano como prioridad ni como fin resolver el problema de raíz. Además, la inseminación intrauterina y la fecundación in vitro descartan el acto sexual conyugal en el cual es concebida una nueva vida, según el plan perfecto de Dios. En el proceso de la fecundidad in vitro, muchos embriones son descartados por “imperfecciones”, haciendo que los humanos tomen el lugar que solo le pertenece a Dios, y así atentando contra la dignidad del ser humano. En cambio, la NaProTECNOLOGÍA es una técnica científica muy avanzada que no solo busca identificar la raíz del problema que afecta la salud reproductiva de la mujer para así restaurarla, sino que respeta la dignidad de la vida humana y del acto sexual de los esposos que Dios mismo diseñó.

Somos conscientes de que muchas parejas no saben que las técnicas artificiales de reproducción asistida no están en el plan de Dios, y también sabemos que muchas otras parejas desconocen la NaProTECNOLOGÍA. Por esta razón, cuando sabemos de una pareja que enfrenta problemas de infertilidad, les compartimos nuestra historia y los encomendamos a María Santísima bajo la advocación de Nuestra Señora de la Dulce Espera, ya que ella fue una gran intercesora en nuestra historia de infertilidad y lo sigue siendo en nuestra nueva vocación como padres de familia.

María de la Dulce Espera, ruega por nosotros.  Haz clic aquí para una Novena a María de la Dulce Espera.

Otro artículo relacionado:  No pierdan la esperanza en su matrimonio: Dios tiene un plan divino (Aun cuando los hijos tardan en llegar o nunca llegan)

Para aprender más sobre lo que la Iglesia enseña sobre las tecnologías reproductivas: El amor vivificante en una era tecnológica

“La Iglesia siente compasión por aquellas parejas que sufren a causa de la infecundidad y desea prestarles una verdadera ayuda. Al mismo tiempo reconoce que algunas de estas ‘tecnologías reproductivas’ no son moralmente válidas para resolver esos problemas. Nosotros, los obispos de Estados Unidos, ofrecemos esta reflexión para explicar el por qué. La ofrecemos, también, para darles esperanza: una esperanza verdadera que las parejas puedan ‘recibir de Dios responsable y amorosamente los hijos’ y establecer una familia a la vez que muestran respeto absoluto por el plan de Dios para su matrimonio y por el don de los hijos.”

 

Roberto y Claudia Vargas, junto con su hijo Pablo, radican en el estado de Washington. Sirven como coordinadores generales de La Comunidad Católica Carismática de Alianza, “La Alegría del Evangelio” dentro de la Arquidiócesis de Seattle. También son parte del equipo pre-matrimonial en su parroquia y han sido facilitadores del programa Ambiente Seguro. Roberto es Caballero de Colon y sirve en en el programa de formación en la fe en la parroquia local. Claudia es actualmente una de 15 miembros del consejo pastoral arquidiocesano, está por cursar una maestría en la Universidad de Washington, y en sus tiempos libres (que nos son muchos) escribe acerca de su experiencia como esposa y mamá desde la perspectiva de la fe católica en en su blog homewithclaudia.com

 

 

 

 

 

 

Nuestra Intimidad nos Pertenece

Con este título, vamos a sacar de primer plano lo que todo el mundo está pensando, nuestra intimidad sexual. Claro que nuestra intimidad sexual es sagrada y la debemos guardar como lo que es, un Don de Dios, que embellece el encuentro de los esposos. El papa Francisco nos dice, “Entonces, de ninguna manera podemos entender la dimensión erótica del amor como un mal permitido o como un peso a tolerar por el bien de la familia, sino como don de Dios que embellece el encuentro de los esposos.”[1]

Claro que desde la luna de miel depende gran parte el futuro matrimonial, en el comienzo puede ser agradable o desagradable. Dependiendo de la capacidad de la madurez de la relación. Se vive con intensidad la novedad del momento sin olvidar la responsabilidad que contraíamos. Desde antes de nuestro matrimonio tomamos la decisión de usar el método natural, “el ritmo.” Fue un compromiso que se hizo a conciencia, que nos trajo mucha felicidad y paz. Hoy damos testimonio que eso nos unió mucho como pareja, donde hubo mucho dialogo para postergar las relaciones sexuales para luego. “El papa nos ensena que “… sin embargo enseño (San Pablo) que la sexualidad debe ser una cuestión de conversación entre los conyugues: planteo la posibilidad de postergar las relaciones sexuales por un tiempo, pero de común acuerdo.”[2]

Para que el acto sexual entre esposos sea sano, natural y bueno se requiere de una comunión total y una disciplina que excluya el capricho y la sumisión. “La sexualidad esta de modo inseparable al servicio de esa amistad conyugal, porque se orienta a procurar que el otro viva en plenitud.”[3]

Todo acto sexual debe contar con un ambiente ameno, apacible, afectivo, honesto, claro, sincero y amoroso, solo así podemos llegar a la puerta de la felicidad y de una verdadera comunicación.

Como pareja debemos ser creativos para embellecer la relación. Siempre buscando puntos de apoyo corporales y espirituales para que el crecimiento de la relación sexual sea duradero y exclusivo. Ambos trabajamos en el bien de la fidelidad y la entrega total. Ninguno de los dos debe” renunciar a toda necesidad personal y solo se preocupa por hacer el bien al otro sin satisfacción alguna. Recordemos que un verdadero amor sabe también recibir del otro…” [4]

Es aquí donde se encuentra el gran secreto de la delicadeza, “Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don.”[5] Hay que encontrar el equilibrio humano para seguir viviendo y creciendo en el amor. Cada donación mutua debe contribuir a la confianza, trayendo seguridad a la reciprocidad, a la comunión y a lo más importante el amor.

Autores: Olga y Ramon Tapia

 

[1] Amoris Laetitia 152.

[2] Amoris Laetitia 154 and 1 Corintios 7,5.

[3] Amoris Laetitia 156.

[4] Amoris Laetitia 157.

[5] Ibid.

Sexualidad y cohabitación

 Por Dora Tobar

El número de parejas que deciden irse a vivir juntas, sin casarse, está creciendo en los últimos años. Por eso, no es raro que tu pareja te proponga esta opción o que tu mismo(a) la estés considerando.

Pero seguramente el hecho de que otros lo hagan no es razón suficientes para que tú también te decidas por eso. La cohabitación, como lo muestran las estadísticas y lo repite la Iglesia, trae graves consecuencias para el futuro de tu relación y de tu familia, que vale la pena que consideres y discutas con tu pareja:

Datos estadísticos

  • Contrario a lo que muchas parejas piensan, cohabitar, en vez de preparar para el matrimonio crea precedentes en la relación que hacen que el 46% de las parejas que antes de casarse vivieron juntas terminen divorciándose (véase Why Marriage Matters: 26 Conclusions from the Social Sciences Marriage and the Public Good: Ten Principles, Witherspoon Institute, 2006).
  • Mucho menos de la mitad de las parejas que cohabitan, alguna vez se casan.
  • La mitad de las parejas que cohabitan terminan sus relaciones antes de los cinco años, aunque tengan hijos en común.
  • El aumento en la unión libre ha incrementado igualmente el número de niños que no crecen con su padre. Entre la comunidad hispana por ejemplo, el 42% de todos los niños hispanos nacidos en Estados Unidos en el 2006 son hijos de madres solteras, cuyos compañeros, en vez de responder por el hijo engendrado, encontraron en la inestabilidad de la unión libre una excusa para dejar sola a la madre (véase Pew Hispanic Center, Statistical Portrait of Hispanics in the United States, 2006, Tabla 11).
  • Las parejas casadas tiene  mejor estabilidad económica y posibilidades de progreso que las que cohabitan.
  • Las madres solas o abandonadas, y sus hijos, están entre la población más pobre.
  • Quienes iniciaron su vida de pareja en cohabitación tienden a seguir cambiando de pareja en relaciones igualmente inestables.
  • En cambio, la gran mayoría de los adultos no casados declararon que preferirían casarse. Así mismo, las estadísticas revelaron que los adultos casados son mucho más felices y tienen menos riesgos en todos los aspectos, que los que no están casados (véase Pew Research Center Publications, As Marriage and Parenthood Drift Apart, Public Is concerned about Social Impact. Executive Summary, July 1, 2007, p.1).

Los argumentos de la Iglesia

La Iglesia, más que juzgar a las parejas que optan por la unión libre y por iniciar su vida sexual fuera del contexto del matrimonio, se preocupa por los riesgos que corren y le duele ver que, por falta de buena información o por anti-testimonios, muchos jóvenes desconocen las enormes ventajas que el matrimonio aporta a la sexualidad y el amor:

  • La sexualidad, nos dice la Iglesia y lo confirma la psicología moderna, es la expresión más íntima y personal entre dos seres humanos. Por ella y a través de ella expresamos nuestra innata vocación a ser, no seres solitarios sino seres de comunión y encuentro. Como lo dice bellamente el Papa Juan Pablo II, la sexualidad es la huella divina en nuestra carne que nos recuerda que, no nacimos para algo, sino “para alguien” (Véase, Juan Pablo II, “Audiencia General #15 de Enero 16, 1980).
  •  En sí misma la sexualidad tiene por tanto la capacidad de unir no sólo dos cuerpos sino dos personas. Es decir, es el gesto que expresa y realiza la mutua donación que una mujer y un hombre pueden hacer de su ser (“carácter unitivo de la sexualidad”). La sexualidad es también la fuerza que nos conecta con el principio de la vida. Dios quiso que naciéramos por amor, y en el amor delegándonos, a través de la sexualidad, el sagrado encargo de colaborar en la procreación (carácter procreador de la sexualidad). Por eso, lo queramos o no, toda relación sexual interpela lo más profundo y sagrado del ser humano y lo expone, a él y a sus hijos,  a la posibilidad de ser recibidos y respetados o por el contario, de ser usados o minusvalorados.
  • Como lo advierte Pontificio Consejo para la familia, (Véase, Sexualidad Humana. Verdad y Significado, 11), cuando la sexualidad pierde su sentido de auto-donación, la civilización de “lo impersonal’ toma el poder: las mujeres se convierten en objetos de placer para el hombre y los hijos en estorbos para los padres.
  • El daño psicológico de vivir la sexualidad fuera de un compromiso de amor  se ve claro en la mujer quien, dada su estructura bio-química, al entregarse a la relación sexual genera una sustancia llamada “oxitocina” que la deja dependiente emocionalmente del hombre al cual se entregó. Si después de su entrega el hombre la deja, es por eso lógico que la mujer se sienta usada, se afecte emocionalmente, y hasta se deprima (véase Anonymous, M.D., Unprotected. A Campus Psychiatrist Reveals, Ed. Pinguin Group, 2006, p. 6-7).
  • Y ni hablar de las consecuencias para los hijos: Los hijos nacidos en concubinatos son con más frecuencia víctimas de toda clase de abuso y son sometidos emocionalmente a la inestabilidad de crecer en una relación sin garantía (véase Importancia del matrimonio para los hijos).
  •  Por eso, aunque la sociedad llama el concubinato como “amor libre” pues no está regido por ningún tipo de compromiso legal ni religioso, la Iglesia Católica no cesa de recordar que, precisamente la ausencia de dicho compromiso no sólo expone a la pareja y a sus hijos a toda clase de incertidumbre sino que impide, a veces a nivel muy inconsciente, que se genere en la vida de pareja la confianza profunda que debe corresponder a su nivel de intimidad sexual y de vida. Siempre habrá por eso quien sienta que esta situación en vez de darle libertad para amarse más, le da la ocasión para salir corriendo cuando se canse o deba enfrentar las dificultades normales del ajuste de una pareja.
  • Cuando en cambio una pareja tiene el coraje y el amor suficiente para declararse públicamente sus afectos y comprometerse  a una entrega de todo su ser, de cara a Dios y al mundo, no sólo le está dando a su pareja la mayor prueba de amor y respeto, sino que está creando una unión a la cual Dios mismo decide unirse para con su fuerza de Amor sellarla y garantizarla para siempre (véase CIC, #s. 2350; 2353,2390-2391; Familiaris Consortio, 81).

¿Por qué entonces conformarse con menos y arriesgar tanto? Si te decides por el amor y lo haces al estilo de Jesús, como un amor de entrega, tendrás a Dios mismo a favor de tu amor.

Más sobre este tema en Cohabitación, unión libre y matrimonio católico, Elementos para un matrimonio feliz y El compromiso.

Intimidad y sexualidad

Dora Tobar, PHD

La característica esencial del amor matrimonial es su condición de entrega total de la vida, con el propósito de constituir una comunidad de personas que se dan mutua seguridad, placer, compañía, consuelo y apoyo. Por eso el tipo de intimidad que esta entrega establece incluye la donación libre y gozosa de nuestros cuerpos a través de la intimidad sexual, pero no se  limita sólo a ella. Es más, el grado de complementariedad y beneficios de la sexualidad tiene que ver con el grado de intimidad que la pareja ha alcanzado en los diferentes aspectos de su vida. Esto es, con el grado de comunicación, de confianza, de respeto, de trato delicado y con la solidaridad y mutuo apoyo en su convivencia diaria.

Se puede por eso decir que, a excepción de las limitaciones que a veces una enfermedad o una disfunción biológica pueda traer a la vida sexual, la gran mayoría de los problemas que afrontan las parejas en la cama, tiene que ver con su intimidad en la vida diaria. Así por ejemplo, es muy difícil que la esposa se sienta atraída y dispuesta a dar todo de sí en la noche, a un esposo que durante el día no ha hecho más que criticarla u ofenderla, o que la vio cansada y no le dio una mano en las tareas de la casa.

La mayoría de los problemas que afrontan las parejas en la cama, tiene que ver con su intimidad o trato en la vida diaria

Para mejorar el nivel de intimidad, una pareja debe por eso tener en cuenta, al menos  lo siguiente:

  1. La intimidad supone aceptación: Aceptamos a nuestro cónyuge cuando le hacemos sentir que, aún sabiendo sus defectos y limitaciones, tanto de carácter como físicos,  ella o él, es la persona más importante en nuestras vidas y que por eso, puede contar siempre con nosotros. Esto lo demostramos a través de la atención con la cual escuchamos, a través de las palabras de consuelo que le damos, a través del interés y preocupación que manifestamos por saber cómo se siente la otra persona, y por la forma como, aún cuando manifestamos nuestros desacuerdos, lo hacemos sin juzgar las intenciones del otro.
  2. La intimidad supone confianza: la confianza no es algo que se pueda exigir sino una realidad que nace espontáneamente entre dos que se sienten aceptados. Pero la confianza se puede cultivar. Para ello, es preciso partir de un acto de fe fundamental: creer que en ningún momento el otro tiene la intención explícita de ofendernos o hacernos daño. Esta actitud de confianza en las buenas intenciones del otro y en su bondad fundamental es decisiva para que se de un diálogo abierto entre las parejas, tanto a nivel de las diferencias de opinión o modos de actuar, como sobre las preferencias que tenemos a nivel íntimo.

La falta de confianza puede en cambio obstaculizar todos los niveles de comunicación tanto emocionales como corporales. Conozco por ejemplo parejas que se sienten muy incómodas en la intimidad porque su cónyuge tiene mal aliento y tiene pena de decírselo. Esto la ha llevado a desarrollar un gran desgano y fastidio por la sexualidad y su esposo no sabe lo que pasa y piensa que ya no lo quieren.
Gracias a la confianza las parejas deben poder decirse qué caricia les agrada más y cuál en cambio no les agrada o les satisface. En pocas palabras, la confianza crea la complicidad y amistad que se requiere entre dos buenos amantes y que los hace compañeros para siempre.
Esa confianza debe poder dar igualmente a la pareja la libertad tanto de poder sugerir tener una relación como poder negarse a ella porque no se siente con ganas de hacerlo, sin que esto lleve al otro a pensar que lo están rechazando o que no lo aman.

Y cuando, con el paso de los años, la intimidad sexual no sea la que prime, la confianza puede mantener en la pareja el grado de unidad gracias al cual se experimenta que no hay secretos entre los dos; que con el cónyuge se pueden abordar aun los temas más difíciles como sentimientos respecto de la relación con su familia, o los problemas de trabajo, incluso nuestros dilemas de conciencia.

  1. La intimidad supone la ternura. La ternura se compone de gestos o palabras generosas con las cuales una persona acaricia no sólo el cuerpo sino también el alma de la otra persona. Es decir, son esas miradas de admiración, esa guiñada de ojo que le levanta el ánimo a nuestro cónyuge; son las flores con las cuales queremos decirle a alguien: “Hoy pensé especialmente en ti”; es el abrazo de consuelo o de compañía con que recibimos a nuestra pareja después de un día de trabajo. Pueden ser también los “piropos” o frases de halago que, aunque pase el tiempo y el espejo  deje ver el deterioro, hagan sentir a nuestra pareja que la seguimos admirando y amando. En fin, el poder de la ternura es tal, que podemos decir que es el mayor y mejor afrodisíaco, no sólo porque motiva a las caricias, sino porque mantiene a la pareja enamorados.

Por todo esto es claro que “hacer el amor” es mucho más que ir a la cama. Es desarrollar en todos los aspectos de la comunicación y convivencia las posibilidades de entrega e intimidad de las cuales Dios nos ha hecho capaces, y que con su gracia podemos siempre mejorar.

Más sobre este tema se puede ver en: Alba Liliana Jaramillo, Las soluciones que buscas/ en lo sexual. Lecturas que pueden ayudar: Zig Ziglar , Cómo hacer que el romance no muera con el matrimonio. Ed. Norma, 1991; Hendrix Harville Amigos y amantes: la relación de pareja ideal. Editorial Norma 1991

Matrimonio, base sólida de la familia

Siempre escuchamos decir que la familia es la base de la sociedad, pero pocas veces nos damos cuenta conscientemente de que el matrimonio es a su vez la base sólida en el cual se cimienta la familia. Múltiples estudios psicológicos y sociológicos demuestran claramente que el elemento que más afecta a los hijos, positiva o negativamente, es la calidad de la relación que llevan los padres. Si entre ellos hay constantes discusiones, peleas, insultos y malos tratos, o si simplemente se ignoran y no llevan una relación abierta, amorosa y sana, los hijos crecen inseguros, inestables y hasta rebeldes. Por el contrario, si la relación de los padres es una de armonía, amor, respeto y comunicación positiva y efectiva, los hijos crecen serenos y felices. Realmente no es necesario leer ninguno de estos estudios para darse cuenta, por experiencia vivida, de esta contundente verdad.

No pretendemos decir que debemos tener una relación de pareja “perfecta” para tener una familia estable y feliz. Todos somos humanos y en ciertos momentos cometeremos errores. Pero deseamos crear conciencia de la importancia de tener una relación de pareja sana. Es por ello que las Sagradas Escrituras, el Catecismo de la Iglesia Católica y múltiples documentos eclesiales y teológicos nos indican la importancia del matrimonio para la familia, la Iglesia y la sociedad. Al meditar esta realidad, nos damos cuenta de que si el matrimonio está sólido, la familia también lo está; y si la familia está bien, la sociedad está mucho mejor. No nos sorprende entonces las enseñanzas de la Iglesia que nos muestran que el matrimonio (la unión del hombre y la mujer en una sola carne, unidos en el amor eterno de Dios) es el reflejo vivo del amor de Dios en la tierra.

Por ello, si la pareja quiere tener una familia sólida, estable y feliz, debe primero desarrollar una relación conyugal sana en la cual reine el respeto mutuo y en la que el amor entre los dos sea el vehículo para ofrecer a los hijos, y por consiguiente a la familia entera, un ambiente propicio de amor y paz.

Cuatro pasos para rezar con tu cónyuge

Por Chris Stravitsch, MA, LPC, LMFT-A

¿Se ha preguntado alguna vez cómo rezar más íntimamente con su esposo? ¿Le gustaría estar espiritualmente más cerca de su esposa? Puesto que la misa es la oración perfecta entre Cristo y su Esposa, la Iglesia, las parejas pueden aprender mucho de la misa acerca de cómo rezar juntos como esposos y de cómo a la vez aumentar su intimidad. Los esposos que quieren aprender a rezar juntos pueden comenzar por seguir la misma estructura que sigue la misa. Así que observemos primero cómo el Pueblo de Dios, la Iglesia, reza durante la misa, y luego exploraremos cuatro pasos sencillos para rezar con su cónyuge.

Estructura de la Misa

La misa consta de cuatro partes: el Rito de Entrada, la Liturgia de la Palabra, la Liturgia Eucarística y el Rito de Conclusión. En el Rito de Entrada, la Iglesia se reúne, hace la señal de la cruz, y le pide perdón a Dios, lo cual prepara nuestros corazones para una unión más profunda con Él. Luego viene la Liturgia de la Palabra, durante la cual escuchamos activamente las lecturas de las escrituras. Esta etapa se puede comparar con una conversación entre Cristo y la Iglesia; Cristo nos habla en las lecturas y nosotros cantamos salmos a Dios con el corazón. Después, en la Liturgia Eucarística, Cristo y la Iglesia intercambian su amor mutuo. Mediante la transformación del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, Cristo se hace substancialmente presente. Él se nos da en la Eucaristía; nosotros, a la vez, lo recibimos y nos entregamos a Él, profundizando -una íntima unión. Finalmente, el Rito de Conclusión nos recuerda ir en paz a servir al Señor siempre.

Cuatro pasos sencillos

Rezar con su esposo debería ser sencillo y enriquecedor. Se puede comenzar por seguir la estructura de la misa. He aquí un proceso de cuatro pasos para rezar juntos como esposo y esposa.

Primer paso: Reconciliarse y llenarse de gozo

Primero, aparten algún tiempo durante la semana para los dos, a solas; reúnanse en un lugar cómodo o den un paseo tomados de las manos. Hagan la señal de la cruz y tómense un momento para estar presentes el uno para el otro y para Dios, como al comienzo de la misa. Al comenzar, tómense un tiempo para reconciliarse; hablen de cómo podrían haber herido al otro durante la semana, luego pidan perdón y perdónense. Esto les ayudará a acercarse a Dios con el corazón abierto y a estar unidos en la oración. Una vez se hayan reconciliado, llénense de gozo ofreciendo una oración de acción de gracias a Dios.

Segundo paso: Descubrir a Dios juntos

El segundo paso se basa en la Liturgia de la Palabra. Luego de reconciliarse y llenarse de gozo, pasen un tiempo descubriendo a Dios juntos. Hay varias formas de hacer esto; por ejemplo, podrían leer la Biblia y comentar juntos el pasaje leído. Si no saben por dónde comenzar a leer la Biblia, una buena opción es leer el evangelio que se proclamará el siguiente domingo. Las lecturas de la misa de cada día se pueden ver en evangelio del dia.

Otra opción es leer los salmos, que han sido llamados el “libro de oraciones”. Los salmos expresan dolor y gozo, temor y esperanza, anhelo de Dios, y alabanza. Al mirar los títulos de los salmos juntos pueden encontrar alguno con el que puedan identificarse en ese momento. Recen con el salmo pausadamente y luego comenten cómo el salmo les mueve por dentro y en qué los hace pensar.

Otra manera de acercarse a Dios juntos es simplemente hablar de lo que piensan en sus mentes y lo que sienten en sus corazones. ¿De qué están agradecidos esta semana? ¿Qué dificultades se presentan en sus vidas? ¿Qué necesitan del otro y de Dios? Respondan estas preguntas honestamente y luego ofrezcan oraciones de petición a Dios. Recuerden dar gracias a Dios al verle responder fielmente a sus peticiones.

Tercer paso: Compartir el amor

El tercer paso se deriva de la Liturgia Eucarística. Después de descubrir a Dios juntos, pueden profundizar en la oración compartiendo su amor mutuo. Compartir el amor en el contexto de la oración puede incluir un beso, descansar en los brazos del otro, cuidar del esposo enfermo, decir unas palabras de apoyo o alguna otra genuina muestra de amor. Nuevamente, tengan un corazón agradecido a medida que su intimidad profundiza la presencia de Dios.

Cuarto paso: Servir al otro por reverencia a Cristo

A medida que su tiempo juntos se acerca al final, recuerden irse en paz para servir al Señor y el uno al otro. ¡La oración y la intimidad nunca terminan! Que su servicio e intimidad vivan cada día mientras cocinan, limpian, escuchan, trabajan, etc. El fruto que brotará de su rutina de oración bendecirá su matrimonio, profundizará su amor por Dios y el del uno por el otro, y les permitirá reflejar el amor entre Cristo y su amada esposa, la Iglesia.

Chris Stravitsch es becario de HLI America, una iniciativa educacional de Vida Humana International (Human Life International) y miembro de la facultad del Seminario de la Asuncion (Assumption Seminary) en San Antonio, Texas. Sus trabajos pueden encontrarse tanto en inglés como en español en el foro sobre la verdad y la caridad (Truth and Charity Forum) en www.hliamerica.org

El Asesino de los esposos: La Indiferencia

Cuenta un esposo: mi esposa convive conmigo en un reservado silencio, un silencio del cual yo me siento culpable, Compartiendo el mismo techo, me volví radicalmente indiferente hacia ella, con actitudes en las que me he implicado personalmente en nuestra relación. Me he comportado como un extraño que decía quererla, aunque la tratara como objeto. En la hondura de mi intimidad, bien sé que mi esposa no me ha sido realmente indiferente; mi actitud ha sido más bien fingida, simulada. Ahora me pregunto: cómo puede alguien sentirse indiferente ante la persona a la que supuestamente quiere?

Me doy cuenta de que cometimos el error de los que viven un corto noviazgo sin tiempo para conocerse mejor, y en este limitado espacio se ve solo lo valioso en el otro, mientras permanecen ciegos a sus defectos que, como cualquier ser humano tiene, y que en los primeros años de vida conyugal empiezan a emerger y a ponerse de manifiesto. Creíamos que estar enamorados era suficiente para consentir a la celebración del matrimonio

Son varios los factores que pueden generar esta situación de indiferencia: un primer factor es creer que el amor es algo mágico… No. El amor humano, máxime el amor conyugal, es algo muy personal que surge del fondo del corazón de cada uno de los enamorados; es un amor que exige ser cultivado como una planta delicada, porque el amor que no crece, decrece y muere. El amor conyugal no es tan simple como se lo imaginan; los psicólogos hablan de los tres ingredientes del amor conyugal: pasión por parte del varón, afecto por parte de la mujer y el compromiso por parte de ambos; es lo que llaman la “triangularidad del amor.

Dentro de los factores sociológicos, sugeridos por G. Pastor, sociólogo español, están la edad, la religión, la cultura, el carácter, la raza, los hobys…, caracteres estos que auguran una buena amalgama en la vida de pareja. Ya la S. Escritura alude al “llegar a ser una sola carne”; tres verbos en futuro pone de presente el Génesis: el varón dejará a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y se harán los dos una sola carne”. Refiriéndose a esta amalgama del ‘una sola carne’, S. Juan Crisóstomo la compara con la mezcla de aceite y perfume; y Sto., Tomás de Aquino la identifica con la licuefacción de dos lingotes de oro en el crisol.

La vida conyugal es un proceso que se inicia con el enamoramiento, la elección del otro(a), el compromiso mutuo y el proyecto común; se trata de un proyecto en que unen los pareceres de ambos, junto con la visión que cada uno tiene de la vida futura que añoran, para caminar en la misma dirección. De aquí que los esposos deben vivir el tiempo con visión de futuro en el presente de cada día; es un error mayúsculo quedarse anclados en el pasado, añorando las cosa pasadas y guardando recuerdos ingratos; a nadie le agrada que le estén recordando un pasado negativo. 

 

La vida conyugal se teje diariamente con mil detalles, tal vez sencillos pero efectivos para construir una relación auténtica de personas humanas y de cónyuges: el saludo, la sonrisa, el abrazo, un servicio, una caricia, un beso, el buen humor, traerle a ella un ramo de flores, recordar la fecha del cumpleaños, de la boda, admirar el cambio de peinado de ella, el estrén de vestido, etc. En cuestión de detalles los varones somos escasos, tacaños; las mujeres son más dadas al detalle. A veces la falta de un detalle puede ser considerada como indiferencia.

Si los cónyuges en el matrimonio, mutua y recíprocamente no contribuyen a reconocer e incrementar el valor que hay en el otro(a) y en sí mismo, ninguno de los dos puede crecer. Por esta razón, sin la comunicación, el matrimonio no puede caminar hacia adelante en la realización del proyecto común de pareja.

A propósito de ‘comunicación’, es importante tener presente los factores que bloquean la comunicación entre esposos: sean las expresiones verbales, como también las no verbales que damos con simples gestos. De verdad que la indiferencia termina siendo un asesino silencioso de la vida conyugal; la indiferencia lleva a la rutina en la vida matrimonial y ésta a perder el sentido auténtico de un buen matrimonio, de un matrimonio feliz.

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El Amor Conyugal: Es Mero Romanticismo de un Momento?

En un seminario para mujeres, el conferencista les pregunta a todas en voz alta. Cuántas de ustedes aman a sus esposos? Y todas levantaron la mano. Luego el conferencista  vuelve a preguntar: cuándo fue la última vez  que les dijeron a sus esposos que los aman?. Algunas dijeron: hoy, otras ayer, y otras no se acordaban.

Entonces el conferencista les dijo: tomen sus celulares y envíenles a sus esposos un mensaje de texto que diga: ‘te amo mi amor’.  Acto seguido,  pidió a toda que cambien celular con la mujer que tenía al lado, y estas fueron las respuestas más comunes que leyeron:

– Quién eres?

– Oye, mujer, estás enferma?

– Yo también te amo.

– Y ahora qué pasa: volviste a chocar el carro?

– No entiendo a qué te refieres!

– Qué has hecho ahora?

– ?!

– No le des mucha vuelta al asunto, y dime, cuánto es lo que necesitas?

– Estoy soñando?

– Si no me dices a quién iba dirigido este texto, alguien va a morir hoy…

– Pensé que nos habíamos puesto de acuerdo en el hecho de no beber de día.

– Tu madre se muda a vivir con nosotros, no es verdad?

Realmente, llama la atención que la palabra amor sea tan poco frecuente en el diálogo y en la relación de esposos. Hay un motivo: parecería que el amor es solo romanticismo en el período del noviazgo porque en cuanto los novios llegan al matrimonio, por razón del contrato (civil o eclesiástico), la relación conyugal se reduce a derechos y deberes de la pareja. Históricamente, en el siglo XII un Sumo Pontífice hizo borrar de la literatura jurídica sobre el matrimonio el término amor.

Con el Concilio Vaticano II se logró recuperar en el ambiente teológico, sobre todo, la palabra amor; el Papa Juan Pablo II llegó a designar el matrimonio como ‘el sacramento del amor’; un escritor alemán dijo que “el amor es el fundamento del matrimonio”; y un ilustre cardenal de la iglesia católica defendió con éxito en el Tribunal de la Rota Romana una causa de nulidad matrimonial apoyándose en el argumento de la no existencia del amor conyugal al momento de celebrar la boda.

Es un vacío que existe a nivel teológico, jurídico, pedagógico, pastoral, dentro de nuestra iglesia. Un distinguido psiquiatra español –Enrique Rojas- en su libro El amor inteligente, afirma que el hombre es un ‘analfabeta sentimental’; “a mí me decían de pequeño, escribe este autor, aquello de que los hombres no lloran y que hay que ser fuerte y aprender a guardarse los sentimientos, porque lo contrario era cosa de chicas”.

Juan Pablo II, en su primera encíclica Redemptor hominis (1.979) escribió que “el hombre no puede vivir sin amar; su vida permanece incomprensible, sin sentido, si no experimenta el amor, si no ama, si no es amado”. La razón es muy sencilla: creado a imagen de Dios que es Amor, el ser humano fue creado para amar. Refiriéndose a la vida de pareja, el amor forma parte de un trinomio: amor, sexo, unidad. Pablo VI en la Humanae vitae se refirió al amor conyugal y le señaló estas cuatro características: es un amor plenamente humano,  total, fiel y exclusivo, fecundo.

Los enamorados suelen decirse una gran verdad entre sí: ’hoy te quiero más que ayer, pero menos que mañana’; sin embargo, llegando al matrimonio parece que se cansan de expresarse el amor. Un signo de nuestro tiempo, que se revela entre los jóvenes particularmente, es que solo saben conjugar el verbo ‘amar’ en presente. Se amarán mañana también?. Está por ver…. Sin duda que aquí radica el problema mayor de las parejas de nuestro tiempo:

En este tema del amor, los padres de familia tienen una gran responsabilidad: su experiencia de vida, su ejemplo y testimonio, es la mejor escuela para sus hijos; éstos aprenden cómo se vive el amor de pareja viendo a sus padres amarse. Lo demuestra la historia de nuestros días: los hijos de parejas divididas, divorciadas, separadas, siguen por el mismo camino en el futuro. Incluso, ya de adolescentes no ven claro su porvenir, no le encuentran sentido a vivir en pareja.

El amor, por ser participación del amor de Dios, es DON y es también TAREA. Como Don, debemos saber valorarlo; como Tarea, debemos vivirlo humana y cristianamente.

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La Fidelidad Conyugal Una Flor Escasa Hoy…

Ciertamente, comienza a escasear la flor de la fidelidad conyugal en el jardín de muchos hogares… Pablo VI lo afirmó en estos términos: “la fidelidad no es una virtud de nuestro tiempo”. Las estadísticas confirman la frecuencia con que los cónyuges ‘ponen cuernos’ a sus consortes; en las novelas, en los films, en las obras de teatro, en las noticias periodísticas, se presenta la infidelidad conyugal como cosa normal y corriente.

Si nos preguntamos por las causas de la infidelidad conyugal las encontramos numerosas y muy variadas: en primer lugar, la falta de compromiso; hombres y mujeres hoy solo piensan en el momento actual, en el ‘presente’; el pasado no cuenta y el futuro aún no ha llegado; disfrutar del momento presente, al máximo, parece ser la consigna de nuestro tiempo. Hoy se tiene miedo al compromiso definitivo y duradero; “los jóvenes, ha escrito un autor, solo saben conjugar el verbo ‘amar’ en presente”.


En segundo lugar, hay mucha inmadurez entre los jóvenes; el sexo, el amor, el matrimonio, se toman como un pasatiempo. Parece que la madurez humana hoy se adquiere más tarde que antes. Hoy se banalizan hasta las cosas más sagradas. Nos preguntamos si los cursos prematrimoniales preparan de verdad para una auténtica vida conyugal. Cuánto tiempo necesitan el médico, el abogado, el ingeniero, para prepararse al ejercicio de su profesión?. Y la pareja de novios cuánto tiempo toma para capacitarse para la vida matrimonial?


En tercer lugar, la permisividad social y jurídica está borrando los limites de ‘lo no permitido’; los slogans callejeros hacen mofa de ciertos valores humanos que antes eran signo de seriedad, de responsabilidad, de respeto por el otro(a). La postmodernidad está influyendo fuertemente con sus slogans: ‘todo vale, todo es igual’. Incluso, se reforma el lenguaje para no emplear los vocablos tradicionales: ya no se habla de ‘infidelidad’, sino de “echar una cana  al aire”.


Una cuarta causa de la infidelidad, sin pretender ser exhaustivos, es la audacia de muchas mujeres de la calle que desafían a los hombres, y éstos que son débiles ante la tentación… También sucede que muchas esposas, su pretexto de vengarse del marido infiel, caen ellas en la red del pecado. La incoherencia en la conducta es muy frecuente entre los varones: ellos, que exigen fidelidad a toda prueba a sus esposas, se permiten ser infieles… Acaso el compromiso de fidelidad no es de ambos?. 


La fidelidad conyugal está cambiando de carta de presentación: en otro tiempo ser fiel significaba mantener la palabra dada a otra persona; hoy parece entenderse como ser fiel a mi proyecto de vida individual, así sea perjudicando a otros (esposa e hijos); el genuino sentido de fidelidad es ser fiel a otra persona a quien le he prometido amor total, exclusivo y fiel. Cómo lograr esta fidelidad en el matrimonio?. Una receta muy válida es ésta: cultivar el amor entre los esposos; el amor es una realidad eminentemente humana; necesita ser cuidado, cultivado con esmero; el amor no muere automáticamente, se le deja morir porque no lo cultivamos como se cultiva una planta delicada. El amor conyugal es un dinamismo que si no crece, decrece y muere. Los enamorados se suelen decir: “hoy te amo más que ayer, pero menos que mañana”. Las parejas de esposos deberán decirse muchas veces al día, durante toda la vida, esta frase que parece romántica, pero que es una gran verdad. 


No se le puede decir a muchas personas “te amo más que a ninguna otra’, porque solo a una se le estará diciendo la verdad, mientras está engañando a las restantes… La coherencia en la conducta es cuestión de seriedad consigo mismo. El cuidado en la presentación personal es muy importante para mantenerse como eternos enamorados; los detalles cariñosos, oportunos, son como vitaminas que alimentan el amor conyugal. Y, para los creyentes en Cristo, es muy importante recordar que su alianza matrimonial es imagen en el mundo de la alianza de Cristo con su iglesia. El esposo interpreta a su esposa cómo la ama Dios, y ella interpreta para él este mismo amor; y ambos lo interpretan para sus hijos. 


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