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Madres guerreras

El mes de mayo llega para gozo de muchos: es primavera, flores por doquier, colores, aromas y, por supuesto, la alegría de todo ser humano, la madre. Nos alegramos porque desde niños en las escuelas nos enseñan a hacer manualidades para regalar al ser amado que nos dio la vida, cuida y nos ama por el sólo hecho de haber nacido de ella, sin importar cómo seamos y que siempre nos ven como lo mejor que les ha pasado.

De adultos, veneramos ese ser que ya ha envejecido, ha perdido velocidad, agudeza visual y mental, se ha vuelto temerosa y más sobreprotectora que nunca. Para este tiempo, ya somos padres y madres con la oportunidad de entender muchas de las cosas que criticamos y rechazamos de ellas en el tiempo de mayor hostilidad de nuestra vida. En nuestra familia vivimos intensamente los últimos días de mi madre y me han inspirado a escribir un libro precisamente sobre aquellos días al ser diagnosticada con un cáncer terminal que surgió de un día para el otro y que terminaron con su existencia en menos de dos meses.

Doy gracias a Dios porque ese tiempo nos dio la oportunidad de llevarla en gracia y santidad a las puertas del cielo, recibimos y dimos amor, ternura, recordamos y perdonamos y nos dimos a tiempo completo. Cada minuto fue vivido al máximo. Hubo mucho que compartir porque realmente éste no fue el único momento de su vida que compartimos; siempre estuvimos presentes, físicamente o espiritualmente.

Nuestra cultura hispana ha heredado a la madre como el elemento aglutinante de la familia, porque, lamentablemente, aún sufrimos el abandono de los hombres que no asumen responsabilidad y no creen en la familia como resguardo y refugio del amor conyugal y filial.

Queremos invitar en este mes a orar por nuestras madres como espejo del amor maternal de nuestro Señor, en agradecimiento por haber dicho sí a la vida, recibiéndola y protegiéndola contra toda adversidad. A la vez, pedir porque las familias uniparentales sean cada vez más la excepción y predominen nuestras familias nucleares con padres y madres comprometidos y unidos en el amor, bendecidos por Dios en el Sacramento del Matrimonio.

Felizmente casados

Corría el año 2000 cuando William y yo nos conocimos hace más de doce años en nuestro país, Colombia. Muy jóvenes, nos concentramos en terminar algunas de las metas personales que ya teníamos trazadas, mientras que al mismo tiempo compartíamos una linda relación de noviazgo que durante cinco años nos proporcionó elementos para fortalecer nuestro radical desde el sacramento del matrimonio un 16 de julio de 2005.

No habíamos cumplido nuestro primer aniversario cuando vivimos en carne propia la separación que por cuestiones de trabajo tuvimos que decidir, ya que viajé con el apoyo de mi esposo a los Estados Unidos. Fueron dos años donde nuestra relación vivió etapas de alegrías y tristezas por la distancia, por el trabajo, y por momentos de desesperación. Siempre unidos desde la oración y la comunicación lo logramos superar con sacrificio, puesto que en el año 2008 por gracia de nuestro Señor nos reencontramos en Grand Rapids MI, de donde  tres años después nos trasladamos a Raleigh, NC.

La emotividad del reencuentro nos duró los primeros seis meses, estábamos juntos pero debíamos enfocarnos en la adaptación de William a la cultura anglo; en proyectar aquello que aprendimos en Colombia y sabíamos hacer: trabajar por la familia. Fue así como nos dedicamos a profundizar y a estudiar la pastoral familiar hispana enfocándonos en el matrimonio; en la importancia de recuperar entre sus  miembros el concepto de felicidad que por razones ajenas a veces tiende a desaparecer.

Hoy por hoy  podemos decir que el tema de la felicidad, se ha convertido para nosotros en uno de los elementos que fortalecemos en nuestras conferencias, encuentros de parejas y retiros, puesto que el ser humano a través de la historia, siempre se ha propuesto en buscar la felicidad a pesar de los esfuerzos y sacrificios que deba hacer; y cuando la encuentra trata de conservarla como una piedra preciosa. Por ello, cuando una pareja toma la opción del matrimonio, la felicidad se hace un poco más difícil de alcanzar o mantener, pero no es imposible cuando se conjugan ciertos elementos que en este blog desarrollaremos.

Quisiéramos a manera de reflexión dejar la siguiente pregunta para que nos comparta sus respuestas o comentarios: ¿es usted feliz en su matrimonio o relación de pareja?

Por Andrea Blanco y William Cardona-Arias

Nuestra boda

Ricardo y yo guardamos gratos recuerdos de nuestra preparación de bodas. Estábamos muy seguros de que Dios nos había creado el uno para el otro, y que habíamos sido llamados para la vocación del matrimonio. Como ya éramos adultos independientes cuando Dios unió nuestros destinos, los preparativos para nuestra boda los hicimos y los costeamos los dos. En varias de nuestras muchas conversaciones sobre nuestra unión matrimonial fue evidente que, aunque deseábamos tener una bonita boda, para nosotros lo más importante era estar bien preparados espiritualmente para emprender el hermoso caminar matrimonial.

Por ello, decidimos que no tendríamos una boda costosa y que los preparativos no consumirían nuestra vida. Sabíamos que Dios nos ayudaría a hacer de este importantísimo momento de nuestras vidas una experiencia no solo bella, sino profunda. También nos importaba mucho que las personas que asistieran a nuestra boda, fueran personas no que quisiéramos solo agradar o impresionar, sino personas que pedirían sinceramente a Dios por el éxito de nuestro matrimonio.

Para nosotros fue muy importante la preparación matrimonial, por ello asistimos con gozo al curso Pre-Caná que ofrecía nuestra diócesis y tomamos con conciencia y detenimiento nuestro inventario prematrimonial. También oramos y reflexionamos mucho juntos para que Dios nos guiara por un camino de profunda entrega y compromiso inmovible. Y como Dios se encarga de nuestras cosas si nosotros nos encargamos de las suyas, toda la planificación del evento de nuestro matrimonio surgió con suavidad y facilidad. Escogimos celebrar en el salón social de la parroquia, y con la ayuda de mi madre, hermana, y muchos amigos y hermanos en Cristo, el salón quedó espectacular. Otro amigo querido manejo el bufet que estuvo delicioso. La música fue sencilla, pero gozamos la celebración plenamente. Mi vestido, felizmente lo encontré en una gran venta, y con unos detalles añadidos por mi mamá, todos creían que el vestido había costado lo que en realidad costó toda la celebración. Gracias a todo esto, no comenzamos nuestro matrimonio cargados de deudas.

A lo que sí nos dedicamos fue a la preparación de la Santa Eucaristía donde unimos nuestras vidas impartiendo el uno al otro el Santo Sacramento del Matrimonio. Nuestros hermanos directores de ministerios de música en la diócesis nos regalaron los más ungidos y hermosos cantos propios para este sacramento. Nuestro matrimonio fue concelebrado por cuatro sacerdotes y compartido también con dos diáconos. Todos proclamaron la Palabra que escogimos con cuidado y detenimiento, bendijeron nuestras arras, anillos y a nosotros mismos. Allí estaban presentes nuestros amados familiares y amigos. Todos notaron al igual que nosotros dos, la presencia viva del Señor y una espiritualidad y un gozo que nunca antes habíamos experimentado. ¡Era el gozo del amor de Dios en nosotros!

Luego de intercambiar nuestras promesas y nuestra alianza de fidelidad para siempre, nos cantamos el uno al otro, y a todos los presentes, el canto “El Milagro del Amor”que años después incluimos en nuestra producción “Alabando en Familia.” Y ciertamente fue todo como un milagro. Ese día comenzamos nuestro caminar juntos, y pudimos luego unirnos en una sola carne. ¡Qué maravilloso es tener a Dios como centro y fundamento de nuestra vida matrimonial! ¡Qué provechoso ha sido vivir nuestro matrimonio según el plan de Dios y comprender la grandeza del Sacramento que nos une! Y como sorprendernos de ello, Dios mismo nos creó y sabe exactamente como debemos vivir para tener matrimonios sanos y felices. Invitamos a todas las parejas próximas a casarse a planear primero su Sacramento y a afianzar su compromiso y su entrega sincera y luego dedicar tiempo a la preparación del ajuar, el salón y la fiesta. Recuerden que la boda se termina cuando el matrimonio empieza, y este si debe ser para siempre.

¿Está la crisis económica creándote una crisis matrimonial o personal?

Por Lucía y Ricardo Luzondo

Febrero 2011

Estos tiempos de crisis económica han impactado nuestras finanzas muy drásticamente. Esta realidad se ha agudizado con nuestra reciente decisión de retirarme de la práctica activa del derecho después de 20 años de ejercicio profesional para dedicarme a servir al Señor y Su Iglesia a tiempo completo. Hemos vivido en los últimos meses tiempos de escasez donde hemos tenido que modificar drásticamente nuestro estilo de vida. Pero nuestra fe en la provisión de Dios, prometida en Su Palabra, nos ha dado la absoluta seguridad de que nada nos faltará.

La fe es la certeza de que obtendremos lo que aún no vemos ni poseemos, por gracia y misericordia de Dios. De nuestra fe brota la confianza en momentos de escasez; y de nuestra confianza emana la paz que necesitamos para no experimentar angustia alguna. Y Dios, que es fiel a Sus Promesas, SIEMPRE nos da su provisión.  Damos gracias a Dios por estos momentos de prueba y necesidad, pues nos ofrecen la oportunidad de clamar a Dios como esposos y poder experimentar una vez más cuán atento está a nuestras necesidades.

Les compartimos estas vivencias que nos han levantado en estos tiempos de dificultad económica pues sabemos que en estas pruebas no estamos solos. Son muchas las parejas que están viviendo tiempos económicamente difíciles pero ¡qué diferencia cuando enfrentamos estas crisis de la mano de Jesús! ¡Cuánta confianza y paz nos da saber que tenemos la provisión asegurada! Les invitamos a creerle a Dios y abandonarse en Él, en la confianza de que nunca jamás nos dejará desprovistos y que su provisión llegará en Su tiempo perfecto.

Ricardo y yo le creemos y nunca nos ha faltado nada… ¿Le crees tú a Dios?


El Matrimonio que nació de una servilleta

Por Lucia Baez Luzondo

Luego de 12 años de formación en un colegio parroquial en mi natal Puerto Rico, me trasladé con mi familia a Orlando, Florida donde me envolvió la vorágine del sueño americano. Me dediqué a estudiar y trabajar a tiempo completo y me aleje totalmente de mi vida y comunidad de fe. Con mucho esfuerzo, obtuve una licenciatura en administración de empresas y luego un doctorado en derecho.

Mi práctica legal se desarrolló muy exitosamente y rápidamente incursioné en el medio de la radio. Por muchos años conduje un programa diario de radio para orientar en vivo a los hispanos del Centro de la Florida. También tuve apariciones en televisión y la prensa escrita. Me capturó el éxito económico y el reconocimiento, pero al paso del tiempo, me di cuenta que muchos me buscaban por interés y vivía una vida muy superficial.

El vacío que vivía, aunado con el estrés de la una práctica altamente demandante, la inesperada muerte de mi padre y el nacimiento muy prematuro de mi primer sobrino, Alex, el cual por su prematuridad quedó ciego, autista, hidrocefálico y epiléptico, me llevaron a sumergirme en una depresión. Pero gracias a la invitación de una amiga, comencé a asistir a un grupo de oración del Santo Rosario en un hogar católico. Allí, tomada de la mano de María Santísima, el Señor sanó mi vida y regresé a la comunión de la Iglesia, con un profundo llamado a evangelizar a los hispanos en Estados Unidos y América Latina, a través de eventos de conversión y formación en la fe, ejerciendo mi ministerio en conferencias, retiros, talleres, congresos, y conciertos de música de Dios.

Estaba tan feliz con mi nueva vida en Cristo, y tan enamorada de Él, que tenía la “convicción” que quería mantenerme soltera para dedicar mi vida libremente a mi práctica y ministerio.  Pero a pesar que estos eran mis planes humanos, en noviembre de 1998, fuí a almorzar con mi hermana y mi asistente legal.  No sabía que ellas tenían planeado convencerme de abrirme al matrimonio. Mi hermana particularmente quería que yo viviera la experiencia de la maternidad y también deseaba ser tía. Trataban de convencerme cuando pensé hacerles una broma.  En la mesa, miré al cielo y hice como que oraba al Señor Jesús y le decía: “Señor, tú sabes que eres mi único amor, pero si el matrimonio es la vocación a través de la cual deseas que te sirva, entonces regálame un hombre así…”.

Tomé una servilleta de papel del restaurante, un bolígrafo y comencé a dictar en voz alta (para que mi hermana y asistente escucharan), “Señor, lo quiero:
• católico, apostólico y romano
• que te ame más a Ti que a mí
• que tenga una profesión sólida para que nos sintiéramos equilibrados profesionalmente
• deseo conocerlo: adorándote ante el Sagrario, o ante un micrófono proclamando tu grandeza, evengelizando, cantando o tocando un instrumento para ti.

Añadí varios “requisitos” más, y concluí la lista de 26 requisitos con lo menos importante que incluían, que físicamente él fuera:

• de unos 5’10” a 5’11” de estatura
• entre 180 y 190 libras de peso
• con ojos pardos
• con el cabello negro peinado hacia atrás, y
• canitas en los lados para hacerlo interesante.

Mi hermana molesta dijo: “¡ah, pero ese hombre no existe!”  Yo feliz de que la “broma” que les había hecho a mi hermana y asistente había funcionado, salí sonriendo de aquel lugar, sin darle mayor importancia a aquel evento.

Tres meses después, en uno de mis viajes misioneros, fui a entrevistarme en una emisora radial en Caracas, Venezuela para dar mi testimonio de vida.  El conductor del programa radial era un tal Ricardo Luzondo, coordinador de la Renovación Carismática Católica de la Arquidiócesis de Caracas.  El programa iba en vivo y llegué minutos antes de comenzar.  Corriendo entra el conductor del programa, nos presentan por nombre y pasamos a la cabina.  Cuando nos dan el “cue” para salir al aire, el técnico abre el MICRÓFONO, y el anfitrión comienza a alabar a Dios con gran unción.  Algo dentro de mí sucedió, y comencé a realizar lo hermoso de aquel hombre tan especial.  Dije, “o Dios, ¡que bello!”.

Me entrevistó, y durante la entrevista supe que aquel tal Ricardo Luzondo era neurólogo pediátrico.  Lo miré con más detenimiento y me di cuenta que medía unos 5’10”, pesaba unas 180 libras, tenía ojos pardos, el cabello peinado hacia atrás, ¡y tenía canitas!  Quedé prendada de aquel hombre.  Todo tal cual pedí a Dios “bromeando” en la lista de mi servilleta.  Al siguiente día comenté a las personas que me transportaban a otra ciudad, lo amable y entregado a la fe que era el coordinador diocesano, y dije: “su esposa debe estar muy orgullosa de él” y la joven exclamó, “Ricardo, pero si Ricardo ni novia tiene, y yo dije, “¡YES!”.

Menos de un mes después, Ricardo llegó a visitarme a Orlando, Florida y comenzamos un hermoso cortejo y luego un noviazgo a larga distancia.  Un año después, unimos nuestras vidas en el santo sacramento del Matrimonio, el día de la Anunciación del Año Jubilar.  Fruto de nuestro amor nació nuestro hijo, Sebastián.  Desde entonces Ricardo y yo hemos unido nuestros ministerios de evangelización, y subsecuentemente fundamos el ministerio RENOVACION FAMILIAR, que busca defender, promover, renovar, sanar y resaltar los valores del matrimonio y la familia cristiana a través de talleres, retiros, conferencias, congresos y conciertos en Estados Unidos y América Latina, uniendo familias en el amor de Cristo.

A principios de 2010, la Oficina de Asuntos Hispanos de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos nos honró invitándonos a formar parte del equipo asesor nacional de la iniciativa para el matrimonio y la familia católica, conocida como POR TU MATRIMONIO, de la cual este blog es parte integral.  Es nuestro anhelo que este blog sea un vehículo idóneo y efectivo para motivar una conversación abierta, enriquecedora y saludable con otros matrimonios cristianos que buscan experimentar el gozo y la plenitud de la vida conyugal, según el plan divino de Dios.  En futuros post en nuestro blog, compartiremos sobre experiencias, vivencias, pruebas, situaciones y aún crisis que experimentamos en nuestro matrimonio y ministerio y como nuestra fe en Cristo Jesús y la riqueza de la doctrina y Sacramentos de nuestra Santa Madre Iglesia Católica nos ayudan a solventarlas y alimentar un matrimonio sano y feliz. ¡Hasta la próxima!