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Historias 2: Juana y Roberto

Sacrificios por la migración

La decisión de emigrar no fue tan fácil para Juana y Roberto. Los ingresos no eran suficientes para mantener la familia a flote y no había en el pueblo oportunidades de trabajo que les permitieran buscar allí otra forma de subsistencia. Juana tenía niños muy pequeños y no tenía familiares cercanos a quienes pudiera encomendar sus hijos y así migrar  con sus esposo para trabajar los dos. Tampoco había cómo pagar el viaje. El plan de Roberto fue entonces el de migrar “donde un primo que le habían dicho que le iba muy bien”. Con pobres señas sobre la ubicación y ocupación del primo, Roberto juntó sus ahorros, cerró los ojos y echo a andar.

Juana cada mañana tachaba un día en el almanaque mientras en su corazón se lo encomendaba a la Virgencita. A los niños les hablaba de su papá que estaba trabajando muy lejos. Por su parte Roberto daba pasos de ciego tratando de encontrar una luz que le llevase hasta el primo. Donde llegaba trataba de trabajar para ganar cama y comida y no gastar lo poco que le quedaba después de pagar su viaje. Lo más difícil que encontró fue la desconfianza de los propios paisanos. Todos estaban tratando de sobrevivir y no era fácil compartir. Asi fue de un lado a otro durante varias semanas hasta que un domingo por la mañana entró en una iglesia y se acercó al sacerdote que estaba en el confesionario. Le contó de su situación y de la necesidad de comunicarse con Juana, quien debía de estar desesperada sin saber de él. Como no había teléfono en el pueblito, le dictó una carta al sacerdote y éste le prometió que esa misma tarde la pondría al correo. El sacerdote le ayudó igualmente a conseguir alojamiento en una tienda a cambio de que él se ocupase de la limpieza y de la vigilase de noche para evitar robos. Habían pasado ya 6 semanas y él no encontraba aún un trabajo estable.

Juana por su parte se sentía abrumada con las consecuencias de la elección hecha por Roberto. No era tanto la parte económica pues su familia le ayudaba con cuanto les era posible y ella había tomado niños para cuidar al mismo tiempo que cuidaba de los suyos. Era la soledad y la incertidumbre. El largo silencio por parte de Roberto llevó su mente por diferentes escenarios, desde muerto en la frontera hasta olvidado de la familia que dejo atrás tal vez porque había encontrado otras distracciones. La carta de Roberto trajo un poco de paz a su espíritu y ella la leyó y releyó queriendo adivinar lo “no escrito”.

Pasaron más semanas sin encontrar trabajo, ni aún siquiera por horas, por lo que Roberto comenzó a cuestionarse si había hecho bien en correr el riesgo de emigrar. Los trabajos que él sabía hacer –agricultura y construcción- no tenían espacios. Su escolaridad no pasaba de contar, sumar, restar. A duras penas leía bien y no sabía escribir correctamente. Dejar lo que tenía en las manos ahora –casa, comida, y trabajo por la noche- para buscar algo mejor no le parecía una opción buena.

En una de sus visitas al sacerdote para mandarle mensajes escritos a Juana –porque hasta ese momento no había podido enviarle dinero- compartió su estado de ánimo con él. El sacerdote le ayudó a ver opciones: si sabes sembrar y cuidar la siembra aunque aquí no hay campos de cultivo si hay jardines.”Y puedes comenzar cuidando, sembrando, y podando el jardín de la parroquia”.  El buen empeño de Roberto en el trabajo le ayudó a ampliar su clientela y pronto pudo independizarse y mandar dinero a Juana periódicamente. Las cartas entre ambos empezaron a rehacer la trayectoria de amor y de unión que se había interrumpido como resultado de la migración.

A los dos años de estar fuera de su hogar, Roberto regresó no sólo con ahorros, sino con la habilidad de leer y de escribir, y la posibilidad de trabajar por su propia cuenta en un campo no sospechado por él antes: la jardinería.

Los testimonios de María Elena y Javier y de Juana y Roberto ilustran bien los problemas que enfrentan las parejas que viven “Matrimonios a Distancias”.

Historias 4: Jennifer y Ángel

Nueva definición de roles

Jennifer nació en los Estados Unidos, hija de padres inmigrantes Hispanos. Ella fue criada con los valores de un hogar típico “hispano”, pero aprovechó igualmente las ventajas que le ofreció la “sociedad americana”: Hizo estudios universitarios hasta alcanzar una maestría y, puesto que salió a temprana edad de su casa y vivió en una ciudad lejos de las de sus padres, aprendió a ser independiente y eficaz. Usaba el español para comunicase con la familia, pero era más hábil con el Inglés que usaba en todas sus otras circunstancias. Jennifer conoció en una fiesta a Ángel, quien acababa de llegar de su país, y que vivía aún en casa de sus padres. Después de unos meses, Ángel y Jennifer se comprometieron y poco después se casaron.

Casi al cabo de un año de casados Ángel le planteó a Jennifer que se sentía muy inconforme dentro del matrimonio y creía que habían cometido un error casándose. A Jennifer todo le tomó de sorpresa y pensó que Ángel “debía de tener otra mujer”. La crisis entre ellos era obvia. Entonces Ángel le propuso a Jennifer que se tomaran unos días, en un lugar distinto del medio ambiente habitual, para juntos discutir la situación de su matrimonio. Jennifer aceptó pero no entendía qué podía estar pasando pues ella hacía “todo” para que las cosas funcionaran bien.

Los días fuera de la rutina ayudaron a Ángel a verbalizar el por qué de su descontento: se sentía ignorado en la relación. Jennifer tomaba todas las decisiones y no siempre le informaba lo que decidía ni el por qué. Al inicio Jennifer se sintió muy dolida y le costaba entender que Ángel no le agradeciera sus contribuciones, ya que ella  sabía mejor que él cómo funcionaba este país y lo único que pretendía era aliviarle a él la carga de “tener que llevar la casa”. Por otro lado también ella se sentía poco escuchada cuando trataba de comunicarse con él en español, una lengua que ella poco usaba.

Gracias al diálogo, ambos pudieron entender que las expectativas de los dos respecto de la distribución de oficios estaban basadas en sus diferencias culturales. Entonces decidieron que, por encima de las costumbres de sus antepasados, lo importante era que ellos, como pareja, tomaran las decisiones sobre sus propias vidas. Juntos aceptaron igualmente que el aporte de cada cual es muy importante, pues el hecho de hablar mejor un idioma que otro no  hace a un miembro de la pareja sea superior o sepa llevar las cosas mejor que el otro.

Si desea profundizar en los retos  presentes en matrimonios entre personas que crecieron en diferentes culturas, como fue el caso de Jennifer y Ángel, lea nuestra sección, “Las marcas de nuestros padres y nuestra cultura.”

Historias 6: Gisela y José

Tomar decisiones juntos

Gisela y José viven un pueblo muy bonito a las afueras de la capital. Ya llevan 10 años de casados y Dios les ha bendecido con 4 bonitos niños. José es lo que se llama un “hombre emprendedor”. Al principio se dedicaba sólo a sembrar maíz en el terreno que le correspondió a la muerte de su padre. José leía mucho y veía programas educativos en la televisión. Por eso aprendido cómo tecnificar su producción y hacer crecer el negocito. Llegó incluso a tener un tractor y las maquinarias necesarias para moler y hacer tortillas caseras, que vendía entre sus vecinos.

Un buen día José se encontró con un amigo que vivía en el extranjero y que le “abrió los ojos sobre las oportunidades que podría tener con sus habilidades”. El gusanito de la posibilidad le estuvo rondando y rondando por días hasta que decidió averiguar con las autoridades del pueblo qué tendría que hacer para emigrar. Cuando sólo necesitaba echar a andar la petición de migración para él y para Gisela, decidió hablar con Gisela. Pero la propuesta dejó a Gisela totalmente turbada.  Lo difícil no era sólo migrar fuera de su país sino dejar a los hijos al cuidado de sus padres, cuando ellos más la necesitaban . Por otra parte, dejar que José migrara solo significaba desbaratar la unión matrimonial y exponerla a todo tipo de tentaciones. Nunca se le había ocurrido que “tuvieran” que migrar y cuanto más lo pensaba menos “quería” hacerlo. La situación se fue haciendo cada día más tensa en el hogar: José seguía insistiendo y Gisela se negaba. Cada uno de ellos estaba en “una esquina del cuadrilátero” con suficientes argumentos para no ceder ante los deseos del otro. Cuando ya estaban que “estallaban” por todo decidieron consultar con el párroco de la iglesia.

Después de sugerirles que invocaran juntos la asistencia del Espíritu Santo, el párroco les dio tres tareas a hacer: 1º. Cada uno debía escribir en un papel los pros y los contras que según él, o ella,  tendría el emigrar; 2º. Terminadas las columnas, debían sentarse y discutirlas hasta que ambos alcanzasen un acuerdo que fuera lo mejor para la familia 3º. El párroco les sugirió que una vez alcanzada una decisión la pusieran a consideración de sus familiares más cercanos.

José y Gisela estuvieron en el proceso de “ponerse de acuerdo” por más de tres días. Al final, en lugar de conversar con sus parientes se fueron a la iglesia a darle gracias al Párroco. No sólo porque les había enseñado la importancia y el modo para ponerse de acuerdo sino, sobre todo, porque les había recordado la presencia de la gracia de Dios en su matrimonio y les había enseñado cómo usarla.

José y Gisela decidieron no migrar sino continuar creciendo en familia. Años más tarde sus hijos salieron a estudiar fuera del país y poco a poco fueron migrando. En esos momentos, José y Gisela, migraron también para así ayudarles a ellos con el cuidado de sus hijos.

Historias 7: Enrique y Margot

La importancia de la comunicación

Enrique y Margot se conocieron en las clases de ingles de la Biblioteca Pública del vecindario. Ambos venían de diferentes países Latino-Americanos y llevaban poco tiempo en los Estados Unidos.

Meses después de estar “saliendo juntos” Enrique le propuso matrimonio. Margot no se sentía muy segura porque entre bromas y juegos había notado que “ellos no siempre pensaban igual” pero pensó que “eso no era tan importante” y aceptó su propuesta de matrimonio.

Enrique y Margot asistieron a un “cursillo de preparación” para la boda “por la Iglesia”, que duró un día. Durante el mismo, el pastor y la pareja de voluntarios que dirigían el cursillo les invitaron  a analizar las diferencias y acuerdos que tenían en diferentes tópicos. Enrique tomó a broma la tarea y Margot no se sintió segura para insistir en hacerlo. Días después Margot volvió a sacar el tema, pero Enrique siguió en su posición de no darle importancia a “las cosas de los curas que no que saben nada de matrimonio porque nunca se han casado”.

Cerca de un año después de casados, Margot fue a visitar al Pastor de la parroquia. Llorando le dijo lo angustiada y deprimida que estaba. Ella se sentía “fracasada” pues no lograba cumplir con su trabajo y con todas las tareas de su casa “como él lo esperaba” y sentía que Enrique no le daba importancia a otros aspectos de la vida en común que ella valoraba mucho y las realizaba con gran esmero y cariño.

El párroco pidió ayuda a la pareja que ayudó en la preparación matrimonial, y estos comenzaron a visitar el hogar de Enrique y Margot, como parte de “su seguimiento” después de la boda. El objetivo era ganar la confianza de Enrique y después modelar las respuestas esperadas a los problemas que ellos confrontaban. Así fueron entrenando a Enrique y Margot a escucharse, lo cual es diferente a simplemente oírse. Una táctica que les sirvió fue el repetir o parafrasear lo que el otro acababa de decir,  para así estar seguros que habían entendido lo que cada cual decía. También les fue útil el recordar y aceptar que tener diferencias es normal y que cada cual tiene derecho a no estar de acuerdo en todo lo que el otro cree y dice.

Años más tarde, Enrique y Margot se convirtieron en voluntarios  del programa de preparación matrimonial y su testimonio es uno de los que más efecto tiene en los novios que se preparan para administrarse el sacramento del matrimonio.

El caso de Enrique y Margot es un bello testimonio de la vida real  cuyas enseñanzas pueden leerse en “Convertirse en Compañeros para siempre”

Sentido y propósito del matrimonio

Por Dora Tobar

El consentimiento libre por el cual la pareja se entrega y se recibe mutuamente es la esencia o “materia” del sacramento del matrimonio.

El matrimonio es la íntima unión y la entrega mutua de la vida entre un hombre y una mujer con el propósito de buscar en todo el bien mutuo. Dicha relación tiene sus raíces en la voluntad original de Dios quien al crear al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, les dio la capacidad de amarse y entregarse mutuamente, hasta el punto de poder ser “una sola carne” (véase Gn. 1, 22 y 2, 24).

Así, el matrimonio es tanto una institución natural como una unión sagradaque realiza el plan original de Dios para la pareja. Pero además Cristo elevó esta vocación al amor a la dignidad de sacramento cuando hizo del consentimiento de entrega de los esposos cristianos el símbolo mismo de su propia entrega por todos en la cruz.

En otras palabras, el consentimiento libre por el cual la pareja se entrega y se recibe mutuamente es la esencia o “materia” del sacramento del matrimonio, de la misma forma como el pan y el vino son la materia del sacramento de la Eucaristía. Dicho consentimiento o símbolo visible de la presencia de Cristo se concretiza, dentro del rito matrimonial, en la fórmula que una vez y para siempre se dicen los esposos con palabras como: “Yo te recibo como esposo(a) y me comprometo a amarte, respetarte y servirte, en salud o enfermedad, en tristeza y alegría, en riqueza o en pobreza, hasta que la muerte nos separe”.

Con esta declaración pública de entrega, consumada después en el acto íntimo de entrega corporal, los esposos se constituyen el uno para el otro en sacramentos vivos de la entrega de Cristo a la humanidad. Ellos son por tanto los verdaderos ministros de este sacramento. Pero para que su declaración sea reconocida, la Iglesia pide que los esposos pronuncien este consentimiento frente a un testigo autorizado por la Iglesia que puede ser un sacerdote o un diácono y frente a la comunidad cristiana.

El compromiso celebrado en el rito se convierte en el estilo de vida de los esposos que, a través de su cotidiana entrega y fidelidad, hacen de su amor el lugar donde el conyugue es amado, servido, escuchado y atendido como Cristo mismo lo haría. En otras palabras, el sacramento del matrimonio no se reduce al rito que lo celebra, sino que consiste en “ser sacramento” o presencia visible de Cristo para el cónyuge, todos los días y en todas las circunstancias que la vida les presente. Por esta razón el matrimonio es junto al sacramento del orden sacerdotal un sacramento de servicio que, vivido con el apoyo permanente de la gracia de Dios, es un camino excelente de santidad.

Es además en el seno de esta relación estable y generosa donde Dios quiere que sean engendrados los hijos para que sea el amor la cuna donde se reciban las nuevas creaturas y se constituya la familia, y la sociedad. Parte esencial del amor de los esposos es pues estar abiertos a acoger con amor y responsabilidad la vida nueva que pueda surgir de sus relaciones maritales. Así, su amor mismo se convierte en instrumento disponible a la obra creadora de Dios.

En pocas palabras, tanto por su donación y servicio mutuo como por su misión co-creadora, los esposos son sacramento vivo y permanente del amor de Cristo por la humanidad y se convierten en “Ministros de la Iglesia Doméstica” donde a diario están llamados, junto al pan y la palabra, a partir y compartir la vida de Cristo con su cónyuge, sus hijos y quienes los rodean.

La Iglesia entera o “Familia Cristiana” se beneficia igualmente del sí sacramental que a diario se dan los esposos pues este es un testimonio invaluable que sostiene a todos los cristianos en el camino de entrega y servicio al cual hemos sido llamados.

Para mayor profundización en el tema léase Catecismo de la Iglesia Católica #1601-1666.

Oración

Por Dora Tobar

Familia que reza unida permanece unida. La oración es por tanto un ingrediente que solidifica y sostiene la unida de la pareja y de la familia.

Como se dice en nuestra sección Espiritualidad del Matrimonio, hay muchas formas de orar y de hacer de la vida una oración misma. La oración no remplaza la vida sino que es la toma de conciencia profunda del paso de Dios por nuestras vidas. Por eso, es la forma como una pareja puede conectarse con la gracia sacramental para que, al contemplar desde Dios el proceso de su amor, puedan:

  • Agradecer los dones con los cuales han sido bendecidos.
  • Contemplar las maravillas divinas en los sentimientos que los une, en el perdón que han podido darse, en la pasión que aún se profesan o en el rostro encantador de los hijos que Dios les ha encargado amar, cuidar y formar.
  • Suplicar su asistencia para aprender con Su amor a manejar los retos que la convivencia y las dificultades de la vida les presenten.

La Santísima Virgen es una excelente madrina en asuntos del corazón y por eso puede ser su intercesora favorita para presentar sus oraciones al Padre. También santos como Tomás Moro y tantos otros esposos y esposas que realizaron gozosos su camino de santidad en la defensa y vivencia del matrimonio, pueden unirse también a su lista de intercesores.

Lo ideal es que cada pareja, así como construye una forma de vivir y un lenguaje corporal o gestos propios para expresarse el amor, también construya poco a poco, su lenguaje espiritual en común. Algunas personas son muy tímidas o reservadas para compartir esta dimensión de su vida íntima. Pero de pronto, una tomada de manos durante la elevación de la Eucaristía, o el rezo del Padre Nuestro sea una forma de participar en su vida espiritual. Quien sea más expresivo puede ser quien encabece la oración antes de comer, antes de acostarse o antes de comenzar un viaje o un aconteciendo. Esto irá creando rutinas e irá facilitando la espontaneidad espiritual de los otros miembros de la familia o de la pareja.

Lo importante es por tanto no perder oportunidad para celebrar e invocar con palabras o gestos el don divino del amor. Para amar hemos nacido, por tanto la oración por el amor debe ser la gimnasia espiritual que, ya sea en pareja o individualmente, debe mantenernos en el camino.

Más sobre este tema en Espiritualidad y Fe y Espiritualidad del matrimonio.

Lecturas complementarias: Centre de Pastoral Litúrgica, Rezar en Pareja, Barcelona 1997. Reimpresión Noviembre 2006; Stormie Omartian, El poder de una esposa que ora, 2001; El poder de los padres que oran,  2001;  El poder de un esposo que ora, 2002, Ed. Unilit.

Espiritualidad del matrimonio

Por Dora Tobar

Por su misma esencia y origen, el amor matrimonial es una realidad espiritual. La espiritualidad es todo lo que nos permite tomar conciencia de nuestra intrínseca relación con Dios y nos ayuda a desarrollarla.

Ahora bien, por su misma esencia y origen, el amor matrimonial es una realidad espiritual. Es decir, lo sepan o no, al haber hecho del amor la razón de ser y la meta de sus vidas como pareja, los esposos han optando ya por Dios y están en el camino seguro de encontrarlo. Como lo dice la Primera Carta de San Juan: “El amor viene de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (4,7).

Pero además, cuando los esposos, en el sacramento del matrimonio, optan por amarse no sólo con la fuerza humana del amor sino con el amor de entrega de Cristo en la cruz, algo más grande que un simple acuerdo humano está sucediendo entre ellos. Su decisión significa que desean hacer de su vida en común el camino para identificarse con Cristo, es decir, para alcanzar la santidad.

Esta es por tanto la primera y gran oración que los esposos elevan en común y frente a la cual Dios nunca pasa desapercibido: “De la misma manera que en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo por la alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres… sale al encuentro de los esposos para unirse a su amor y permanecer con ellos” (CIC 1642).

Es más, su decisión o consentimiento de entregarse y recibirse mutuamente, por la gracia del sacramento del matrimonio, hace que los esposos queden “como consagrados para los deberes y dignidad de su estado” (Vaticano II, Gaudium et Spes, GS, 49). Por lo tanto, todo cuanto hagan para amarse será así su oración y ofrenda ante el altar del amor que Dios ha establecido ante ellos.

Esta oración se vuelve vida cada vez que los esposos se intercambian gestos y pruebas de su amor de dedicación y servicio; o cuando, con generoso corazón disponen su amor a la acción procreadora de Dios; Así mismo, se vuelve ofrenda grata cuando se convierte en disposición para entender y ceder el propio punto de vista en aras de la armonía, o cuando, ante los desacuerdos o las ofensas el amor se convierte respectivamente en aceptación respetuosa del otro, tal cual es, y en perdón misericordioso pues no se espera que el otro sea perfecto.

Es muy bello además cuando esta práctica espiritual en el silencio y la rutina de la convivencia, se puede traducir en palabras y gestos explícitos de oración, pronunciadas al unísono o en compañía del cónyuge. Pues, como dicen los maestros de espiritualidad, mediante la oración tomamos conciencia profunda de lo que Dios está realizando en nosotros. Así, los esposos pueden gozar juntos de la contemplación de la obra de Dios,  tanto en sus logros como en sus dificultades, y disponerse mejor para que siga sucediendo.

La celebración Eucarística es una excelente oportunidad para orar y celebrar juntos:

  • En sus ritos mismos de entrada podemos por ejemplo tomar conciencia que, como en el día de nuestra boda, otra vez caminamos juntos, frente al altar, dispuestos a amarnos y recibir la gracia para vivir la “común –unión”.
  • El rito penitencial nos da la ocasión de pedir perdón a Dios por nuestras faltas al amor, invocar el poder de su perdón por las heridas recibidas y unirnos a la invocación de perdón que hace nuestro cónyuge.
  • A través de su Palabra seguramente Dios tendrá una Buena Noticia para salvar nuestro amor. Estar ahí, escuchándola con nuestro cónyuge nos ayuda a recordar que nuestra relación matrimonial es el mundo inmediato donde esa Palabra debe hacerse realidad.
  • El ofertorio es igualmente un momento litúrgico donde, mentalmente estamos invitados a poner en la patena que el sacerdote levanta en el altar, todos los frutos de nuestro amor, pero también las migajas que esperan ser transformadas en pan de vida y amor.
  • Finalmente, la comunión con el cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó por nosotros, es el mejor alimento para que cada esposo no sólo se mantenga en la entrega sino que se convierta en el cuerpo visible de Dios para su cónyuge y su familia.
  • El rito de conclusión debe recordarnos que no salimos como entramos y que Dios se ha quedado, una vez más, con nosotros.
  • Ahora, nuestra casa debe ser “el santuario” donde se siga reconociendo y sirviendo el rostro de Cristo en nuestros “próximos” y nosotros seremos una vez más los “ministros consagrados por el amor” para la construcción y cuidado de nuestra Iglesia Doméstica. Ahí, el milagro del altar seguirá invocándose y celebrando a través de nuestras cenas en común, de nuestras conversaciones que buscan el entendimiento y la comprensión, de nuestros gestos de ternura y placer, y de todos los actos de solidaridad y entrega que conformen nuestra convivencia.

No se necesita pues nada extraordinario para vivir la espiritualidad del Matrimonio. Lo extraordinario ya ha sucedido en su mutua voluntad de amor. Dejen todo, de nuevo, en manos del Señor y El se encargará de ayudarlos a tomar conciencia de este milagro y de disponerse a seguir viviéndolo.

Cada cónyuge debe velar por mantener su espíritu alimentado en el amor. Puede siempre alentarnos la certeza, de que Dios jamás niega el amor a quien se lo pide con corazón humilde y dispuesto. Ojala los dos puedan recorrer este camino espiritual al mismo tiempo. Y cuando no, cuando uno de los cónyuges avanza primero o más en este proceso de oración y conciencia de fe, es su deber orar por el cónyuge.

Más sobre el tema en Espiritualidad y fe y La oración.

Lecturas complementarias:

  • Catecismo de la Iglesia Católica, 1641-1650
  • Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, 55-64.

Trabajo Fuera y Dentro de Casa

 Por Valentín Araya

Uno de los signos más visibles de los cambios en la sociedad actual es el papel que la mujer ocupa en ella. Se ha acelerado su promoción y se le ha reconocido igualdad de derechos y de representación en el hogar y en la sociedad. Consecuentemente, hay un alto número de mamás que se han sumado a las fuerzas laborales.

Este cambio social ha generado cambios en nuestras familias que no siempre son fáciles de manejar y pueden generar conflictos:

  • Conflictos para la mujer, que preferiría no tener que salir fuera de casa a trabajar y desea ser ella personalmente quien provee cuidado y educación a los hijos. Si lo hace es porque se ve forzada por las circunstancias económicas.
  • Conflictos en el hombre. Para algunos hombres, el hecho de que su esposa trabaje fuera de casa contradice la mentalidad de que el hombre debe proveer todo lo económico para la familia y la mujer debe quedarse en casa para realizar los oficios domésticos y cuidar de sus hijos. Y eso puede ser causa de tensiones y frustraciones en el matrimonio. Sin embargo, como lo dice la Iglesia, “El genio femenino se necesita en todos los ámbitos de la sociedad” (Laborem Exercens, 19). Y en muchos casos, el hecho que la mujer se realice humana, cristiana y profesionalmente, fuera de casa, es una bendición para el matrimonio y para los hijos. Lo importante es que los padres encuentren quién, en su ausencia, pueda cuidar bien los niños, y que el trabajo no absorba el tiempo para compartir en familia y en pareja.
  • Conflictos por tareas domésticas. Cuando los dos trabajan es muy importante distribuir adecuadamente las tareas domésticas. Pues a veces las mujeres sufren la injusticia de tener que trabajar tiempo completo fuera de casa y adicionalmente tener que  encargarse también, ellas solas, del trabajo al interior de la casa. El hombre debe entender que el trabajo de casa es un trabajo más del cual los dos son responsables.
  • Impacto en los hijos.  Los hijos pueden ser severamente afectados cuando los padres, primeros responsables y educadores de los hijos no proveen la atención necesaria. Por eso, en su ausencia, ellos deben asegurarse que los hijos  no sólo sean cuidados de peligros, sino también atendidos en sus necesidades psicológicas, emocionales, espirituales e  intelectuales. Lo importante es que los padres encuentren quién, en su ausencia, pueda cuidar bien los niños, y que el trabajo no absorba el tiempo para compartir en familia y en pareja.

Recomendaciones para parejas cuando los dos trabajan:

  1. Eviten poner en riesgo a sus hijos.  En algunos casos es mejor hacer ciertos ajustes económicos y aprender a vivir con menos dinero, que poner en riesgo a sus hijos. En edades escolares los niños requieren que papá o mamá se involucre con ellos en la escuela y si los dos trabajan, es casi imposible hacerlo. Y cuando son adolescentes requieren ser monitoreados de cerca. Si deciden que los dos van a trabajar, busquen las personas profesionales o instituciones que garanticen el bienestar integral de sus hijos.
  2. Dediquen tiempo a sus hijos. Aparte de las necesidades básicas: abrigo, comida y techo, los niños necesitan seguridad, atención, amor, comprensión, comunicación y protección.
  3. Decidan juntos sobre la disciplina y reglas de comportamiento.: Para evitar conflictos por la crianza es muy importante que decidan, en pareja, el tipo de valores y los métodos de disciplina que usarán con sus hijos. Comuniquen, claramente, tal decisión a su niñera. En mi caso, Betty, mi esposa, y yo decidimos que la disciplina la íbamos a impartir nosotros y no nuestra niñera. Así, ella nos decía si los niños habían faltado a una regla y nosotros aplicábamos las consecuencias. Los niños aprenden pronto que aunque alguien les cuida durante el día, sus papás son los encargados de su disciplina y las personas permanentes en sus vidas.
  4. No olviden la diversión. Dediquen tiempo para jugar con sus hijos después de llegar de sus trabajos. Los niños necesitan ese contacto con ustedes y ustedes lo necesitan también. Reserven también un día por semana como día familiar, donde puedan salir con ellos, hacer todo lo que les guste hacer, llevarlos al parque, ir a caminar, etc.
  5. Ayúdenles en sus tareas escolares. Padre de niños en edad escolar, dediquen tiempo para hacer tareas y obligaciones escolares con sus hijos. Ese tiempo es una inversión excelente para el futuro de sus hijos.
  6. Dediquen tiempo para ustedes dos.  No dejen que el trabajo y las tareas hogareñas les roben lo más importante del matrimonio: ser pareja. Dediquen tiempo juntos para platicar, divertirse, pasar tiempo juntos y seguirse conociendo. Pongan en su agenda por lo menos un día por semana para hacerlo. Es mejor pagar unas cuantas horas más a su niñera, que  dejar que su matrimonio se afecte y les lleve a la separación. Si ustedes están bien como pareja, sus hijos estarán mejor.

Para mayor información sobre este tema y otras fuentes de conflictos visita Las soluciones que buscas.

Valores en común

 Por Dora Tobar

Muchos expertos en consejería matrimonial y de pareja coinciden en afirmar que si bien el compromiso o promesas matrimoniales establecen y sellan la relación con la solidez de un vínculo estable, los valores en común crean la unión diaria que favorece y sostiene la convivencia. Ellos son los que hacen posible que dos personas, aunque provengan de mundos muy distintos, se descubran como “almas gemelas”, con “espíritus afines”, o en términos populares, como la “media naranja” con la cual se puede lograr la comunión de vida y de propósitos deseables en un matrimonio.

Qué es un valor

Los valores tienen que ver con lo que motiva a una persona, lo que la hace actuar, lo que le da sentido a su vida. En pocas palabras, “los valores de una persona son, en cierto modo, la propia misma”. Ellos constituyen “el centro” de donde salen los intereses; son la razón que hace vibrar a una persona, sus amores, lo que le es más sagrado e importante (Véase, Geneviève Hone y Julien Mercure, las Estaciones de la Pareja”, Sal Terrae, 1993).

Los valores en común crean la unión diaria que favorece y sostiene la convivencia.

Importancia de los valores en la construcción de un matrimonio

Cada persona, a lo largo de su vida, y de acuerdo a los mensajes recibidos y asimilados, crea una lista de valores que constituyen, por así decirlo, “su tesoro.” Esta lista le sirve de parámetro para juzgar si algo le agrada, si va con él o con ella, o por el contrario, si le disgusta, le desagrada o le ofende. De ahí la importancia que los valores tienen para la relación de una pareja: si las dos listas o códigos de valores coinciden, la armonía y el bienestar estarán en gran medida garantizados; será fácil llegar a acuerdos sobre los objetivos en el manejo del dinero, la crianza de los hijos, la distribución de los oficios, etc. En fin, les resultará bastante fácil crear planes juntos y sobre todo diseñar un proyecto común de vida donde ninguno se sienta frustrado, limitado o forzado.

Para tener esta coincidencia en valores no se necesita ser de la misma religión ni del mismo país, pero ciertamente haber crecido en hogares con principios morales y espirituales similares favorece la coincidencia. Cuando, en cambio, son muchos más los valores en los cuales no se coincide, que aquellos que se tienen en común, es de esperarse que la relación sea, si no conflictiva, por lo menos muy difícil.

¿Qué hacer cuando no hay perfecta coincidencia en los valores?

Nadie coincide total y perfectamente con los valores del otro. Siempre habrá entre los cónyuges, gustos, preferencias o formas diferentes de ver la realidad. Eso no debe ser sin embargo la causa de dificultades en la relación. El amor supone la aceptación del otro tal cual es y no implica que el otro sea mi idéntico. Por el contrario, su diferencia puede aportarme formas de ver la vida y de actuar de las cuales puedo aprender mucho y terminar integrándolas en mi propio esquema de valores.

Se trata por tanto de aprender a “manejar” las diferencias, lo cual es diferente de “soportar” o someterse. En la negociación y búsqueda de acuerdos, aprender las técnicas de comunicación y las herramientas para la solución de conflictos será siempre de gran ayuda. Con todo se debe tener igualmente en cuenta los siguientes:

  • Son negociables los valores que no afecten o dañen el bien de ninguno de los cónyuges ni de los hijos: Valores que sean esenciales o fundamentales, tales como: la responsabilidad por la vida y el bien de las personas de la familia; el respeto, la fidelidad, la honradez, la veracidad, la delicadeza en el trato, etc., no son negociables ni renunciables.
  • Valores que son más gustos o apreciaciones se pueden negociar o simplemente aceptar como una característica propia del cónyuge.
  • La pareja debe poder construir su propio código de valores que los identificará como familia y como matrimonio. En esta elaboración el consejo de amigos y parientes puede ser tenido en cuenta pero no debe sustituir la decisión de común acuerdo de la pareja.
  • Todos evolucionamos y las circunstancias pueden hacer que tengamos que renunciar, no a nuestros principios, pero sí a ciertas formas de aplicarlos (Por ejemplo, si ya no se puede cenar todos juntos, por lo menos se puede buscar un día en que se puedan reunir). Tener esta flexibilidad puede facilitar la convivencia.
  • Comprometerse juntos con los valores cristianos y esforzarse por cumplirlos creará en su pareja el tesoro más rico y fructífero que garantizará su unidad y fortaleza como pareja. Recuerden “lo que Dios ha unido no lo separa nadie”.

Lecturas Complementarias:

  • Geneviève Hone y Julien Mercure, las Estaciones de la Pareja”, Sal Terrae, 1993.
  • Doris Helmering, Cómo alcanzar la felicidad con su pareja: Una técnica para logar la armonía en su relación afectiva. Editorial Norma.1988.
  • Elena Llanos, Cómo vivir bien en pareja. Editorial Grijalbo, 1989.
  • J. Dominian, El matrimonio: Guía para fortalecer una convivencia duradera, Ed. Paidos 1996.

Más sobre este tema en Errores y aciertos al escoger pareja y Conflictos y diferencias de carácter.¿Qué valores compartimos?, ¿Somos compatibles?

Acompañando y sosteniendo

Historias con un final feliz

En la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio (77), el Papa Juan Pablo II desea que las familias de emigrantes puedan “tener la posibilidad de encontrar siempre en la Iglesia su patria”, donde sean asistidas en su propio idioma y cultura. De ahí que Por tu Matrimonio tiene un espacio especial para acompañar y sostener a los matrimonios y las familias inmigrantes hispanas en transición cultural. Las historietas ilustradas que podrán apreciar a continuación desean mostrar esta problemática y dar a las parejas que se encuentran en este proceso de crisis por la migración, luces para que puedan seguir un camino de crecimiento y superación, más allá y a través de las dificultades.