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Portrait of cute boys and their father looking through pictures at home

Padres y abuelos reflejan el amor de Dios Padre

En el mes de junio celebramos a los padres y abuelos, esos hombres valientes y entregados que están llamados a dar la vida por sus esposas e hijos. Los padres son los cimientos donde se forma la imagen del hombre en los hijos, una imagen que debe emular el amor de Dios. Son también fuente de seguridad, protección y guía no solo para los hijos, sino para el matrimonio y la familia. Pero muchas personas no se dan cuenta de la suprema importancia de la presencia y figura del padre en la familia, la iglesia y la sociedad y como consecuencia toman a la ligera su rol central, particularmente en la vida de los hijos. Por ello, lastimosamente el 50% de los niños hispanos en los Estados Unidos nacen o crecen sin la figura de un padre.

Pocos saben que las hijas, en la crucial edad de la adolescencia, miran al padre como imagen del hombre con el que algún día se casarán. Por ello, si se desea que una hija contraiga matrimonio con un hombre recto, trabajador, buen proveedor, temeroso de Dios, íntegro, libre de vicios, valiente, respetuoso y fiel, entonces el padre debe poseer y vivir esas cualidades. También la presencia y compañía del padre es vital en el sano desarrollo de los hijos, pues es en la figura del padre que el hijo desarrolla la imagen de lo que un hombre está llamado a ser.

Por ello, más que llevar la provisión material a casa por medio del trabajo, padres y abuelos deben no solo amar, sino demostrar su amor a los hijos y nietos. Las expresiones abiertas de cariño, los abrazos y aun los besos de un padre marcan para bien el corazón de los hijos. Por ello, no deben hacer caso a las erradas creencias culturales de que un padre no besa o abraza a un hijo varón, o que demostrar afecto es muestra de debilidad o que las muestras de cariño están reservadas para las madres. ¡Nada más lejos de la realidad!

Padres y abuelos están llamados a dar su tiempo y atención a sus hijos, tiempo que debe ser de calidad. Son muchos los que creen que con solo proveer cosas materiales se está siendo un buen padre. Los estudios reflejan que lo que más los hijos anhelan es tener una relación cercana y amorosa con su padre, uno que escuche sus preocupaciones, conteste sus preguntas de vida y le guie con madurez, experiencia, aplomo y valores, por la senda de la vida. Padres, tomen el tiempo de demostrar a sus hijos cuan importantes son en su vida y cuanto les aman.

El legado de vida que deja un padre amoroso, recto, protector y ejemplar es el fundamento para un matrimonio y una familia sana y feliz. Un padre amoroso y responsable deja una huella indeleble en el corazón de los hijos que refleja la imagen de nuestro Padre Dios. Invitamos a los hombres, en especial a los futuros padres, a ser padres amorosos y responsables y a los hijos e hijas, esposas y demás familiares a celebrar el regalo precioso de nuestros padres.

Convertirse en compañeros para siempre

 Por Alicia Pérez

José y Beatriz llegaron al altar  prometiéndose fidelidad hasta que la muerte los separe. Como una gran mayoría de parejas, José y Beatriz tenían toda la intención de cumplir su promesa. Sin embargo, poco apoco fueron descubriendo que esto no iba a ser tan fácil. El Matrimonio requiere de un compromiso que ha de ser renovado constantemente y nutrido por el amor.

Las parejas que deciden unir sus vidas en el matrimonio seguramente se aman. ¿Pero qué es realmente el amor? Juan Pablo II en su “Teología del Cuerpo” dice que para descubrir el verdadero amor debemos ir a la fuente del Amor que es Dios mismo. Conocemos que el amor de Dios es libremente dado y recibido. Que el amor de Dios es fructífero; es decir siempre dador de vida. El amor de Dios es siempre fiel y total.

Si tomamos en cuenta estos cuatro aspectos del amor de Dios y los aplicamos al matrimonio, podemos reflexionar en algunas de las características necesarias para tener un matrimonio en el que la pareja se convierta en compañeros para toda la vida.

El amor se da y se recibe libremente

Aunque posiblemente cada pareja llega al amor por vías distintas, una vez que se  enamora, cada uno hace una decisión libre de amar y entregarse a su pareja. De esta forma se hacen vulnerables ante la persona amada. Esto quiere decir que esta persona le va a conocer como ninguna otra. Nadie mejor que la pareja va a saber lo que le hace feliz, o lo que puede causarle sufrimientos. Y una vez nos damos a conocer lo que se espera es que seamos aceptados tal cual somos. Es decir, la entrega de amor es un regalo que debe ser recibido y custodiado con  respeto.

El amor siempre requiere de una respuesta también libre y adecuada. A medida que se va descubriendo cómo es la otra persona se debe así mismo ir aceptando y recibiendo lo que el otro es. Las parejas que se toman el tiempo para conocerse y respetan amorosamente sus diferencias, pueden llegar a compenetrarse de tal manera que ya no son dos, sino uno.

Respetar a una persona es aceptarla como es, y recibir lo que me ofrece sin intentar cambiarla; y sobre todo, sin tratar de manipularla a que haga las cosas como quiero que las haga. Se debe, eso si, contar con el hecho que el otro hará todo lo posible por satisfacerme, pero no puedo exigirle que haga lo que no puede o va contra su manera de ser.

El amor siempre desea el bien del otro, por eso lo ideal es que las parejas que se aman y se respetan se pregunten: ¿Qué puedo hacer para el bien de mi pareja? ¿Cómo puedo corresponder al amor que recibo? De esa manera el amor partirá de la decisión libre y generosa de cada cual, sin imposiciones.

El amor es fructífero

Cuando hablamos de que el amor  matrimonial debe ser fructífero no sólo nos referimos a que debe estar abierto a la posibilidad de dar la vida. El amor es fecundo o sea es dador de vida en todos los aspectos de la palabra.

Dar la vida es preocuparse por aquello que la pareja necesita; es apoyarla para que realice sus sueños, y darle espacios para que se exprese y sea ella misma. Cuando una persona es en cambio “absorbente” no deja a la otra crecer y desarrollarse. Dar vida al otro es tratar a la pareja con cariño; es evitar aquellas cosas que sabemos que van a molestar, que pueden humillar o reducir la auto-estima del otro, o que son de mal gusto.  Damos la vida cuando controlamos la lengua al expresar nuestras frustraciones o nuestra rabia o enojo..

Quienes están abiertos a la vida, aprenden también a perdonar y a buscar la reconciliación. Perdonar y reconciliarse no son lo mismo. Para perdonar sólo se necesita de una persona pues perdonar es la decisión, que una persona toma, de liberarse del resentimiento o rencor que un hecho le causó. No se trata de olvidar, ya que esto es prácticamente imposible, y recordar es necesario para aprender. Se trata más bien de aceptar que el otro se equivocó y no amargarse por eso.

La reconciliación por su cuenta es tratar de rehacer la relación después de haber perdonado. Pero para esto se requiere que la persona que ofendió desee el perdón, lo pida y ofrezca modificar la conducta que le llevó a ofender. (más sobre el tema en “el poder del perdón)

En el matrimonio va haber muchas oportunidades para perdonar, pedir perdón y reconciliarse. Cuando hay amor el ejercicio del  perdón y la reconciliación van a ayudar a fortalecer la relación matrimonial. Cuando el perdón no se da la reconciliación es imposible y el matrimonio queda lastimado con huellas que van destruyendo la relación.

El amor es fiel

La fidelidad siempre ha sido un reto para las parejas. No me refiero solo al hecho de entregarse corporalmente sólo a la persona a quien hemos prometido un amor exclusivo de pareja. Hay quienes destruyen su relación de pareja al caer esclavos de la pornografía. Otras personas le dedican más tiempo al juego o a la botella, o a las amistades que a su pareja.

La fidelidad requiere la vida de pareja sea una prioridad para cada uno. No hay que dejar que el trabajo, o las amistades ocupen la mayor parte de su tiempo. En ocasiones las mujeres se refugian en las obligaciones del hogar y en el cuidado de sus hijos y ponen a su esposo en un lugar dentro de su corazón que no es el que le corresponde.

La fidelidad requiere el poner en perspectiva la vida, los sentimientos y acciones. Es aconsejable que las parejas procuren tener proyectos en común, donde ambos tengan la oportunidad de desarrollar sus habilidades, divertirse, gozar de la compañía del otro o simplemente pasar tiempo junto. No hay que olvidar que el proyecto más grande que quizá tengan en común sea el cuidado y educación de sus hijos. Esta labor sin duda va a requerir de una entrega amorosa de sí mismos.

El amor es total

Se ama enteramente o no se ama. Pero, antes de mirar cuánto amor recibe, es conveniente que evalúe la calidad del amor que usted da. Comúnmente se dice que nadie puede dar lo que no ha recibido. Sin embargo cuando hablamos de amor, todos podemos aprender a entregarnos más con forme aprendemos a amar como Dios nos ama.

¿Cuándo fue la última vez que le expresó su amor a su pareja? No deje para después lo que puede hacer ahora. Escríbale una carta de amor a su pareja, dígale lo que significa para usted el tenerle en su vida. Haga una cita con su pareja. A pesar de las dificultades, el amor es siempre posible, y así como algunas cosas pueden haber cambiado para mal, también pueden cambiar de nuevo para bien. ¡Mucho está en sus manos! Aproveche cada oportunidad que tenga para AMAR y vivir su amor hasta que la muerte les separe.

Más sobre el tema en El compromiso y Comunicación.

Lecturas complementarias: Alfons Van Steenwegen, Amor: Palabra de Acción. Reglas de juego para la relación de pareja. Ed. Lumen, Buenos Aires, 1993; Gustavo Salesman Cómo llegar a obtener un matrimonio feliz.. Ed. San Pablo; Escobar Isaza, Gustavo Adolfo, Hacerse Pareja: Guía para construir una relación duradera. Editorial Mad, SL, 2005.

Cuando los hijos se van

Por Alba Liliana Jaramillo

Martha y Jaime son una pareja con 26 años de casados y de sus tres hijos ya dos están fuera del hogar. Este año la ultima hija termina su carrera y va a especializarse a otro país. Esto significa que se quedarán solos y a ambos les aterra la idea, pues durante los últimos 24 años de su vida matrimonial su relación ha girado alrededor de los hijos. Ya ni siquiera recuerdan cuándo fue la última vez que salieron solos a cine o a bailar, o siquiera a caminar y pasar un rato juntos.

Esta etapa, cuando los hijos se van, es como el examen final de la pareja, donde se evalúa si durante todos los años precedentes que estuvieron los hijos en casa, solo hubo espacio para los hijos y no atendieron suficientemente su relación. Por eso, cuando nuevamente se encuentran solos, muchas parejas se dan cuenta que son dos desconocidos; que ya no tienen nada en común y no que no saben cómo compartir como pareja y mucho menos saben cómo seguir creando sueños y nuevas ilusiones.

Es fundamental entonces que en esta etapa empiecen de nuevo a re-descubrirse y compartir juntos. Por lo demás es muy frecuente que uno de los dos o los dos estén ya jubilados. Por tanto se dispone de tiempo extra para reinventar la vida de familia y la intimidad como pareja. Se puede por ejemplo pensar en diversas actividades que vivifiquen y enriquezcan la vida de pareja. Estas actividades pueden ser de carácter lúdico como caminatas, paseos, viajes, entre otros. Pero también pueden compartir intereses comunes como hacer clases de danza, ir un gimnasio, integrarse a un grupo de amigos para jugar cartas, o ir a cine, o a una fundación y dar su tiempo en actividades humanitarias juntos. Así mismo, es necesario revisar la vida espiritual de la pareja, para permitirse fortalecerla a través de diversos programas y experiencias.

Es la etapa en que se han cosechado muchas cosas y por lo tanto es una etapa donde se puede seguir proyectando la pareja a través de algún apostolado que los mantenga útiles y sobre todo que les permita compartir con los más necesitados muchas experiencias y sabidurías que se han ido acumulando a lo largo de los años.

El Poder del Perdón

Por Dora Tobar

Las ofensas provenientes de nuestros seres queridos suelen doler más porque al daño recibido se le suma el sentimiento de haber sido de alguna manera traicionados en nuestra confianza, nuestros afectos o nuestras expectativas.

Por eso los errores entre esposos tienden a convertirse no sólo en “problemas por resolver” sino en “dolores del corazón” que amenazan la relación misma y que hacen hasta dudar del amor. Muchas parejas empiezan así por preguntarse: “¿Cómo pudo hacerme esto?”, “¿Cómo a mí que tanto lo(a) quiero”, “¿Por qué si yo tanto he hecho o dado por él(ella)?

Lo primero es por tanto entender que toda persona se equivoca pues está siempre en proceso de aprender y desarrollarse. Y tu cónyuge no es la excepción. Además, muchos de las limitaciones de los adultos para expresar el amor, como se debiera, provienen de las heridas emocionales que esa persona recibió en su infancia. Por eso, lo más probable es que detrás de los errores de tu pareja hay un niño o una niña herida que todavía debe crecer.

Ahora bien, si has logrado entender esos dos datos (que tu pareja no es perfecta y que posiblemente detrás de sus errores hay un niño o una niña herida que todavía debe crecer), estás entonces listo(a) para cambiar tu odio y frustración y empezar a sanar tu corazón, y tu relación con el poder del perdón. Pero para que entiendas mejor de lo que se trata, es preciso entender bien qué es perdonar:

¿Qué es perdonar?

Muchas personas temen que al perdonar le van a dar a la otra persona el poder de seguirlas ofendiendo, o que se van a rebajar o humillar. Sin embargo, es importante saber que:

  • Perdonar no es aceptar lo inaceptable ni justificar males como maltratos, abusos, faltas de solidaridad o infidelidades. Tampoco es hacer de cuanta que no ha pasado nada. Eso sería forzarnos o ignorar la realidad y a acumular resentimientos. Igualmente, perdonar no es tratar de olvidar lo que me han hecho, pues siempre es bueno aprender de lo vivido.
  • Perdonar es sobre todo liberarse de  los sentimientos negativos y destructivos, tales como el rencor, la rabia, la indignación, que un mal padecido nos despertó y optar por entender que está en mis manos agregarle sufrimiento al daño recibido o poner el problema donde está: en la limitación que tuvo mi cónyuge de amar mejor, en una determinada circunstancia.
  • En síntesis, perdonar es: Otra manera, distinta de la rabia y el rencor, de ver a las personas y circunstancias  que creemos nos han causado dolor y problemas. Es,poder mirara mi cónyuge y sus acciones negativas, con el realismo y la misericordia propias de Dios que, sin desconocer nuestras faltas, no nos identifica con el pecado y nos da la ocasión de ser mejores.

¿Por qué perdonar?

  • Porque mientras con el odio y el rencor quedamos atados al mal que nos han hecho y estancamos la relación matrimonial concentrándonos sólo en el error y el dolor que una determinada acción nos causó, el perdón nos da la oportunidad de ver la falta como un error real pero sin la carga emocional que nos daña. Entonces, además de recuperar la paz, recobramos la lucidez para evaluar el daño en su dimensión real y tomar las medidas necesarias frente a la relación.
  • Porque soy yo mismo(a) quien es responsable de producir la rabia o el odio y de aferrarme a ellos. La rabia, es una forma de satisfacer mi ego igualmente herido.
  • Porque mi cónyuge, es mucho más que su error. Sin querer justificar su falta, es claro que detrás de su acción hay un “niño o niña herido (a)” por los condicionamientos de su pasado, pidiéndonos, a través de su rabia, violencia o agresión, que lo auxiliemos, lo amemos, lo respetemos”.
  • Es claro igualmente que si mi cónyuge me entregó un día su vida en matrimonio es porque me ama y que por tanto, lo más seguro es que su equivocación no fue deliberada sino el fruto de sus limitaciones como ser humano en proceso.
  • Porque amar al cónyuge supone aceptar que es limitado y renunciar a mis expectativas a cambio de su realidad y buena voluntad de hacer lo mejor posible.

Diferencia entre perdón y reconciliación

Mientras el perdón es una decisión de cada persona, al interior de su propio corazón, la reconciliación supone la recuperación de la relación entre los dos. Lo ideal es por tanto que, una vez me libere de la rabia y renuncie a identificar a mi cónyuge con el error que cometió, nos dispongamos juntos a analizar el daño y buscar, en la medida de lo posible, una reparación.
Dicha reparación supone que el ofensor reconozca su error, valore el efecto de lo que causó y pida perdón. El ofendido debe entonces igualmente aceptar las disculpas y ofrecer su perdón como la base para iniciar de nuevo una relación, sin rabia ni rencores, pero sabiendo que hay algo por mejorar.

Mientras exista por tanto la voluntad de cambiar y la sensibilidad para aceptar las propias limitaciones y lo que ellas pueden causar, el perdón y la reconciliación serán casi siempre posibles. Así el matrimonio se convierte en la escuela de amor donde cada persona debe encontrar un espacio donde es amada y aceptada, aún en esas realidades que no fueron amadas y aceptadas en la propia familia. Y mientras es retada a cambiar puede, por amor, liberarse poco a poco de sus limitaciones de carácter y sentir que puede crecer en su capacidad de dar y recibir amor.

Esta oferta de perdón y reconciliación, no debe sin embargo ser forzada con manipulaciones como “si me amas realmente debes…”; tampoco con presiones como: “yo he hecho mucho por ti, por lo tanto tu…”. No. La oferta del perdón debe ser gratis, y la reconciliación un acto que los dos ofrecen y se comprometen de manera igualmente gratuita a realizar, por que nace del deseo de seguir amando y del dolor de haber herido al otro, sin pretenderlo o sin saberlo.

Hay sin embargo realidades que, si bien podemos perdonar, rompieron totalmente la confianza o demostraron que definitivamente la otra persona no está en condiciones de vivir en pareja. En tales circunstancias la reconciliación no es aconsejable. Tal es el caso de personas con vicios, depravaciones o deformaciones serias de su personalidad o conducta que pueden seguir dañando a la pareja y los hijos, y frente a los cuales el cónyuge está en el derecho de protegerse mediante la separación.

 

Sigue reflexionando sobre el perdón en el matrimonio con estos artículos:

Cómo salvamos nuestro matrimonio

La felicidad, el sufrimiento y el sentido de la Pascua

Me Perdono, me perdonas y te perdono,

El Perdón en la pareja sí es posible

Espiritualidad del matrimonio

Matrimonios de 6 años y más

Por Alba Liliana Jaramillo

Armando y Carolina llevan 7 años de casados y hay momentos en los que sienten que no tienen nada nuevo de qué hablar o que, por el contrario, toda su conversación gira alrededor de su hijo de cinco años y ya no hay mucho de qué hablar como pareja.

Para que esto no suceda es importante tener en cuenta:

  • La pareja no debe permitir que los hijos ocupen todos los espacios de encuentro que deben seguir existiendo entre la pareja como salidas juntos, momentos de intimidad, celebraciones de pareja, gustos de pareja, entre otros.
  • Los hijos pequeños no deben dormir en la misma cama que sus padres, pues los padres deben transmitirle a los hijos el sentido de intimidad de la pareja, donde cada uno necesita un espacio privado y por lo tanto el hijo debe reconocer que el cuarto de los papás es  un espacio muy importante para los papás, el cual se puede compartir en el día para actividades lúdicas, pero debe siempre dormir en su propio cuarto.
  • A los seis años o más de la vida en pareja se pueden empezar a presentar momentos de rutina y monotonía que deben ser transformados en momentos de esparcimiento y nuevas formas de comunicación entre la pareja.
  • Es importante continuar enriqueciendo su vida de pareja con actividades que les ayuden a crecer y a fortalecerse, como Ejercicios Espirituales para parejas, talleres de crecimiento interior para parejas, cursos para padres y demás actividades que les permitan mantenerse firmes, para poder afrontar cada vez mejor las situaciones y crisis que se les puedan presentar de aquí en adelante. Los sacerdotes y ministros encargados de la vida familiar en cada parroquia puede informarles de retiros o actividades de crecimiento. También pueden consultar en las oficinas de vida Familiar (Family Life) de cada diócesis.
  • El empezar a consolidar un grupo de parejas de amigos, que tengan intereses y sobre todo valores y principios comunes es muy importante para mantener una red de apoyo, que permita compartir diferentes experiencias y colaborarse en diferentes aspectos.
  • Es de esperarse que el diálogo y la confianza haya ido creciendo con la relación. Por eso, no dejen pasar mucho tiempo para compartir con el esposo o la esposa, y sin que suene a reclamo, los sentimientos de molestia, desagrado o inconformidad que hayan experimentado, en cualquier aspecto de su vida en común. Eso les ayudará a mantener al día el inventario de su comunicación y permitirá sentir que están creciendo en conocimiento y confianza.
  • El amor crece con detalles. Por eso no den por contado que su pareja los quiere o que le han dado y expresado ya suficientemente su amor. Sigan conquistando su afecto y confianza con detalles, con llamadas, con notas o mensajes en el celular. A nadie le desagrada sentir que es aún amado y por el contrario, puede ser la ocasión para recrear la relación.
  • Por último, no dejen de rezar juntos. Ahora que ya se conocen mejor, saben que decirle sí a su pareja es una compromiso más realista y profundo que el que se dijeron la primera vez ante el altar. Aprovechen pues un aniversario para ir de nuevo a una misa o a una capilla donde en la intimidad del altar puedan invocar de nuevo la gracia de Dios que siempre asiste a quienes desean entregarse por amor, y repítanse de nuevo el sagrado compromiso de seguir viviendo el uno para el otro.

Los videos de Abel y Angela e Ignacia y Salvador es un buen ejemplo de los retos y soluciones para parejas en esta etapa del matrimonio. Véase también Espiritualidad del matrimonio y las técnicas de solución de conflictos. Lecturas complementarias: J. Dominian, El matrimonio: Guía para fortalecer una convivencia duradera. Ed. Paidos 1996; Alfons Van Steenwegen, Amor: Palabra de Acción. Reglas de juego para la relación de pareja. Ed. Lumen, 1998; Geneviève Hone y Julien Mercure, Las Estaciones de la Pareja, Ed. Sal Terrrae, 1996.

Dando gracias por la familia y la fe

Este mes nos detenemos a dar gracias mas intencionalmente por nuestras familias y por la fe que nos une y nos ayuda a profundizar en el amor y la unión familiar.  Ciertamente es por la fe -que recibimos como regalo de Dios- que el ser humano puede alcanzar a comprender de una manera más profunda y real el infinito valor del matrimonio y del amor conyugal que lo fundamenta.

Es también el matrimonio una vía certera para que el ser humano pondere sobre su propia identidad como persona humana y el verdadero sentido de su vocación de vida.  Como bien explicaba el Beato Juan Pablo II, es en la diferencia -y la complementariedad- de los sexos que la persona humana comienza a entender de manera transcendente, no solo su propia sexualidad, sino también su propia identidad, ya que es justamente a través de nuestro cuerpo que Dios -que es el Amor mismo- se nos revela.  Por ello, el matrimonio según el diseño y el plan de Dios, es un vehículo idóneo para que el ser humano alcance una felicidad plena.

Es también a la luz de una fe bien fundamentada que comenzamos a comprender el regalo que son nuestros cónyuges y nuestra familia y el valor del amor incondicional que nos une a esos seres con los cuales estamos enlazados por vínculos de sangre.  También es esa misma fe la que nos abre al regalo del Espíritu Santo que ilumina nuestro entendimiento para darnos cuenta de que también estamos unidos a una extensa familia espiritual por los lazos de la fe en Jesucristo.  Esta fe que nos hace hermanos de Cristo y también hijos de Dios.

Por ello, es justo y necesario en estas fechas dar gracias de una manera más intencional por la bendición del matrimonio y la familia y por la fe que nos une y nos hace apreciar más su profundo valor.  Les invitamos entonces a seguir el llamado de nuestro Santo Padre y de la Iglesia universal que en este Año de la  Fe, nos insta a profundizar y conocer más en familia, el regalo del amor y la fe.

Ante las desilusiones

Por Cinthya de Montalvo

El dicho popular que dice “el tigre no es como lo pintan” vale también para el matrimonio. Antes de casarnos pudimos fabricar ideas románticas del amor conyugal, de la maternidad y paternidad. Pudimos imaginar un hogar siempre armónico, un padre siempre cariñoso (además de trabajador y responsable), una madre siempre amorosa y unos hijos siempre obedientes.

La verdad es que estas realidades no se dan por sí solas. Hay que trabajarlas, negociarlas, construirlas poco a poco. La relación conyugal es un estira y afloja donde constantemente hay que expresar las propias necesidades y negociarlas con las necesidades del otro, hasta llegar a acuerdos que satisfagan a los dos.

Una negociación no sirve tampoco de una vez y para siempre. Cambiadas las circunstancias de la vida se puede replantear o sentir que lo acordado unos meses atrás ya no satisface como antes. Por eso hay que estar abiertos a escuchar, negociar y hasta ceder, no una vez, sino varias veces. Esto no quiere decir que siempre eres t quien tiene que ceder. El ceder debe ser de ambos lados para lograr tener un relación armónica. Se debe igualmente saber que no estamos obligados a ceder en aquello que es propio de nosotros y que consideramos una característica personal irrenunciable. Pero sí podemos, por amor, dejar de darle tanta importancia a cosas que no son tan relevantes en nuestra vida.

Si estás pasando por una situación difícil en tu relación matrimonial o de familia, lo primero que tienes que hacer es respirar profundo, tener una actitud positiva. Es decir, es importante pensar que “todo en esta vida tiene solución, excepto la muerte”, y por el amor que le tienes a tu esposo o esposa y familia, vale la pene que busques y logres soluciones a estos problemas. Está claro que solo(a) no puedes. Se necesita del Todo Poderoso para salir avante de la situación.

Es vital que identifiques cuál es el problema del momento. Muchas veces se busca ayuda cuando se tiene ya una bola de nieve que los supera en tamaño. Por eso se debe identificar muy bien cuál es el problema inmediato, para poder ir desenmarañando esa bola de dificultades. Ya identificado el problema, habrá que recurrir al diálogo sincero y profundo con tu cónyuge. Recuerda siempre que es con la persona que está a tu lado que vas a hacer equipo para superar esta situación.

He aquí algunas recomendaciones para  llevar acabo un diálogo fructífero:

  •  Busca el momento, el lugar y el tiempo oportuno.
  •  Entra a dialogar de mutuo acuerdo y con la mayor disposición de encontrar una solución.
  •  Escucha con atención, mirando a los ojos al que habla, con serenidad, sin juzgar lo que te está diciendo, respetando su opinión y sin interrumpir mientras el otro habla.
  •  Expresa con claridad, de forma directa y sencilla tu punto de vista o tu necesidad y concéntrate en el problema, hablar realmente del problema del momento, sin traer a colación otros asuntos o situaciones pasadas, porque entonces la bola de nieve seguirá creciendo. Así por ejemplo, es mejor decir “me siento sola e incomprendida y necesito que me escuches”, a decir “es que tu nunca me escuchas”, etcétera.
  •  Sé humilde y dispuesto a perdonar y pedir perdón, pues tu esposo(a) y tus hijos son lo más importante en tu vida.
  •  Dialoga hasta llegar a un acuerdo o solución y lleva a la práctica lo acordado.

Después de tener un diálogo sincero y profundo te sentirás más descansado y en paz. Cada discusión resuelta es como una ganancia que se va acumulando y dejando la sensación de que realmente, a pesar de las diferencias, los dos pueden entenderse. Y es que de hecho, las dificultades significan que hay algo del otro que aún no conozco. Por eso, después de un diálogo los dos han ganado en intimidad y conocimiento. Cuando en cambio el diálogo o la discusión no se da, se van acumulando sensaciones de frustración que pueden crecer como una avalancha y la bola de nieve un día puede amenazar atraparlos.

Cuando estés dialogando y veas que el diálogo se está tornando en una discusión ofensiva, proponle a tu cónyuge que se tomen de las manos, se vean a los ojos y eleven una oración al Creador. Después de este pequeño espacio, continúen con su conversación.

Te recomendamos igualmente que, como preparación al diálogo y antes de comenzarlo, le pidas  a tu esposo(a) que lea este artículo, u otro parecido que pueda servirles de orientación en la cual los dos puedan basarse. Esto hará que ambos estén en el mismo canal y con similares actitudes y disposición.

Cuando la relación está muy deteriorada o crees que requiere, que una tercera persona intervenga porque ya entre ustedes dos no pueden llegar a acuerdos o bien no saben como resolverlo, es bueno buscar un profesional, un guía espiritual o una persona recomendable por su conocimiento en el tema o su sabiduría, para que les proporcione una consejería matrimonial. Hay también terapias de grupos o grupos de apoyo a matrimonios que pueden serles útil. Eviten recurrir a un familiar o persona allegada a los dos.

Si un día pudieron entenderse y amarse es muy probable que también ahora lo puedan hacer. No olviden pues los sueños y alegrías que los unieron. Tener la voluntad de mejorar su vida conyugal y familiar es una energía poderosa para salir adelante, y recuerden que cuentan siempre con la gracia de Dios.

Más sobre el tema en Herramientas para la solución de conflictos y nuestra sección Las soluciones que buscas y Cuándo buscar consejería.

Amor Paternal

Ser padre es una vocación que no se limita a ciertos roles o tareas y su presencia en el matrimonio y la familia es de vital importancia. La Escritura nos dice que Dios lo creó para ser cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia (Efesios 5:23). Pero este concepto bíblico, expresado en términos de las condiciones sociales y religiosas en los primeros años de la Iglesia, tiende a ser malentendido en nuestra cultura actual, incluso al punto de decir que el hombre manda y a justificar acciones de dominio u opresión hacia la esposa y los hijos/as.

Recordemos que por nuestro bautismo ya no se hace diferencia entre hombre y mujer, pues todos somos uno solo en Cristo Jesús. (Gálatas 3:28). Entonces pues, tanto el hombre como la mujer desde su condición, tienen un lugar primordial en la iglesia doméstica, de la cual Cristo es la cabeza y ellos sus discípulos. Las demandas de la sociedad de hoy exigen que tanto hombres como mujeres compartan en pareja las tareas y roles antes considerados exclusivamente masculinos o femeninos. Pero esta realidad actual no resta de modo alguno la integridad de la identidad de cada quien, más bien enriquece la experiencia de vida familiar, a la cual cada uno aporta valiosos dones desde su masculinidad y feminidad. Ejemplo perfecto de esta complementariedad son Maria y Jose, quienes dan testimonio de vida y protección a nuestro mismísimo Salvador, en el ambiente sano y amoroso de la Sagrada Familia.

El hombre que verdaderamente vive según el plan de Dios es aquel liderado por Cristo y, que a imitación suya, se deja guiar por el Espíritu Santo. La palabra “padre” se deriva del término en latín “pater” que significa defensor, protector, sustentador, maestro y padre espiritual. Por lo tanto, un buen padre y esposo es aquel que vive su vocación como defensor, protector, sustentador, maestro, formador -en la fe y las buenas costumbres- y colaborador en su iglesia doméstica, con amor, justicia y misericordia.

Celebramos en este mes a todos los padres que han recibido con aplomo, valentía y compromiso este encargo divino. Padres y esposos que se han ganado el respeto y la admiración de los suyos, no con gritos, golpes, ni imposiciones arbitrarias, sino con integridad, rectitud, ecuanimidad y dominio propio. Damos gracias a Dios por aquellos que con su amor y ejemplo fomentan un hogar feliz, como lo hizo el buen San José.

Altibajos en el camino: cuando la burbuja se rompe

Por Valentín Araya

Una simple mirada lo inicia todo. Esa primera mirada, ese primer contacto ocular con esa persona tan especial, es el primer eslabón de una serie de acontecimientos en la vida de una pareja.  Una mirada que vuela como paloma mensajera, llevando un mensaje: “me gustas”. Y esa mirada, que correspondida casi al instante, responde con delicadeza “tú también me gustas”.

A partir de ahí, dos vidas, la de un hombre y una mujer se encuentran, comienzan a acercarse, a atraerse, a enamorarse, a amarse, a enlazarse, hasta quedar fundidas en una sola, el día de su boda.

Ese día, adornado con ilusiones y delicadezas, alegrías y felicitaciones, música y poesía, baile y celebración, envuelve a los novios en una burbuja de felicidad y armonía que les hace creer que la felicidad y la realización permanentes han llegado a sus vidas.

Esa burbuja tan cómoda y gratificante que les ha elevado, junto con sus ilusiones y sus sueños, les mantiene en el aire por un tiempo y luego se rompe y cae, algunas veces suavemente, otras veces, bruscamente, haciendo despertar a la feliz pareja a una nueva realidad.

A partir de ahí, hay cambios por hacer, hábitos por cambiar, habilidades por aprender, situaciones por resolver, cosas por aceptar y proyectos comunes por realizar. Todo matrimonio pasa por ese proceso de transformación.

Toda persona necesita dejarse cambiar por el matrimonio para poder vivir en matrimonio. Las resistencias al cambio sólo niegan a la pareja la posibilidad de ser feliz y le pueden llevar a envolverse en situaciones difíciles y dolorosas que podrían llevarles al divorcio.

Toda persona necesita dejarse cambiar por el matrimonio para poder vivir en matrimonio

En otras palabras, los altibajos en el camino del amor existen, pero pueden ser la ocasión de crecer y madurar en el amor. Por eso lo invitamos a que en esta sección considere los siguientes temas:

Decir Navidad, es Decir Familia

Qué bueno es ver llegar la Navidad !!!. Todo es luz, música y fiesta. El mundo cristiano celebra la Navidad, cada país a su modo; se reviven las tradiciones de familia: el pesebre, los villancicos, las tarjetas de navidad, la cena de navidad, los regalos entre la familia y con los amigos.
 
Y por qué cada año celebramos la Navidad?. Un gran acontecimiento nos motiva a celebrar la navidad: el nacimiento de Dios en Belén; un nacimiento que se realiza en forma muy humana, pero, a la vez, muy misteriosa también. Es que el mismo Dios ha querido hacerse hombre, apareciendo en el seno de una familia humilde y sencilla, como la de tantos de nosotros.
 
El arte en sus diversas formas y modalidades ha encontrado placer en representar escenas de la infancia de Jesús de Nazareth: el anuncio del ángel a María, el nacimiento, la adoración de los pastores y de los magos de oriente, etc. Éstos son motivos tan humanos que a todos nos atraen porque, en alguna forma, vemos en tales escenas reflejada nuestra propia vida. No solo los pintores, también los poetas y cantantes han inmortalizado con poemas y canciones este acontecimiento, como “Noche de paz”, internacionalmente conocida, o como la del célebre mariólogo S. Alfonso M. De Liguorio en italiano –“Tu scendi dalle stelle”- (desciendes de la altura).
 
Pero no todo puede ser solo floklore. Es necesario meditar un poco, al menos, en el sentido del misterio navideño que conmemoramos. Qué significa el hecho de que el mismo Dios haya querido encarnarse, hacerse hombre como nosotros en el vientre de una Virgen de nuestro pueblo y en medio de una familia?. Y no quiso aparecer en medio de nosotros ya adulto, lo que le habría ahorrado los sufrimientos de la infancia….. Quiso nacer niño, sometiéndose así a todas las limitaciones humanas: debilidad, pobreza, dependencia de los demás, etc.
 
Dios quiso experimentar todo el proceso de desarrollo y crecimiento de todo ser humano: concepción, nacimiento, crecimiento, escuela y taller… “El niño crecía y progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres”, escribió S. Lucas en su Evangelio (2,52). Todos, esposos y padres de familia, los hijos, podemos ver en el Niño de Belén un ejemplo, un modelo de vida para cada edad, como también en la familia de Nazareth.
 
San Juan Pablo II escribió a propósito de la familia: “no hay en el mundo otra imagen más perfecta, más completa de lo que es Dios: Unidad y comunión. No hay otra realidad humana que corresponda mejor a este misterio divino”. Sin duda que el Papa se refería, a través de Dios-Familia a la familia de Nazareth, a cada una de nuestras familias, si en ellas se vive el amor, la unidad, el diálogo, la solidaridad, la comprensión, el apoyo mutuo.
 
Algo similar al pensamiento de San Juan Pablo II escribió también el Celam en un documento preparatorio para el Sínodo de Obispos sobre la familia (1980): “esta trinidad humana (padre, madre e hijo) fue creada desde el principio como una especie de ‘sacramento natural’ de Dios Familia”. Ciertamente, esta trinidad humana nos remite a la primera familia en el mundo (Adán, Eva, Set), a la Familia de Nazareth, también a mi propia familia.
 
Como Jesús de Nazaret, cada uno de nosotros hemos nacido en el seno de una familia, como fruto del amor de un padre y de una madre; como Jesús-Niño todos nosotros hemos ido creciendo en estatura y en sabiduría; como Jesús, quizás, hemos experimentado la pobreza, el deber emigrar a un país extraño, la persecución, el trabajo, la traición de un amigo, etc. Por todo esto, Dios quiso hacerse hombre, hacerse niño, para ser modelo y ejemplo en las más diversas circunstancias de la vida.
 
También como Jesús, llamamos a Dios Padre, porque el Verbo, haciéndose carne en María se hizo hijo, se hizo nuestro hermano; Él es nuestro compañero de camino hacia la Casa del Padre común. Porque hubo una Primera Navidad podemos considerarnos de verdad hijos de Dios, hermanos todos nosotros con Jesús, nuestro Hermano Mayor.