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LA OSADÍA DE LA JUVENTUD (Luis Ernesto Hernández Aguirre )

Vuela alto juventud osada.
No sientas miedo por conquistar los riscos,
subir como rayo desde la hondonada
ocupa veloz y ágilmente tu sitio,
que para esto te fueron dadas las alas
capaces de penetrar con el rugido
del sonoro clamor de la vida santa
los amarres del pecado y sus suplicios.

Decía Anacleto González Flores, Beato mexicano y prohombre de la paz en tiempos de la persecución religiosa, que el verdadero cristianismo no se encuentra ni en la cobardía, ni en la pusilanimidad como muchas veces se ha querido presentar a la fe, sino en el arrojo de los valientes, en la osadía de los que se atreven a desafiar el statu quo, y esto no es ningún discurso revolucionario, sino la simple imitación de Cristo maestro.

Hoy la juventud se enfrenta ante la misma pregunta que siempre se ha hecho la humanidad, sin embargo, con mucho menos elementos o más ruido para poder responderla de manera personal y certera: ¿cuál es el sentido de la vida?

Y si muchas generaciones tuvieron más o menos certeza a estas respuestas, ya sea enseñados por sus padres o por la sociedad, asumiendo una serie de valores, roles o metas que se planteaban como buenas y deseables; hoy los jóvenes se hayan desorientados ante la cantidad de discursos contradictorios, hedonistas, nihilistas y profundamente ignorantes.

En algún tiempo se debatían las ideas con otras ideas, y se podía acusar a unas u otras de erróneas; hoy ni siquiera existen esas ideas, solo se plantea la nada, la inmediatez, la superficialidad, la ignorancia absoluta como el medio más “seguro” de transitar en la vida sin mayor problema.

Hoy ni siquiera el ideal materialista se presenta a los jóvenes como meta, dónde el tener fuera, aunque equivocadamente el sentido de la vida, ni siquiera el tener, poseer o crear se convierte en la respuesta a la interrogante.

Una meta trascendente, un actuar que deje huella en los demás o uno mismo, ya no se presentan como opción para los jóvenes, entonces nos preguntamos ¿Qué se les presenta como ideal de vida?

Hoy se les presenta simplemente la vivencia de experiencias sensoriales cada vez más intensas que hagan una concatenación de exacerbación de los sentidos, un embotamiento de realidad que derive en una salida a la misma realidad.

Es entonces en el que drogas cada vez más fuertes, sexualidad sin límites y el disfrute de los sentidos se plantea como sentido de la vida de los jóvenes, despojándolos de cualquier liga o raíz con su pasado, con sus antepasados, con su cultura, con sus valores y, por ende, también de su futuro.

Es entonces cuando adquieren sentido las palabras de Anacleto, en el que hablando de la juventud dice: “La juventud es bella y radiante como la estrella que brilla en el oriente al amanecer, hechiza a los que la poseen y a los que la han perdido. Es una embriaguez de ensueño y de ilusión que produce el vino fuerte y oloroso del odre rebosante de la vida”.

Hoy los jóvenes, y no me refiero solamente a los que son nuevos en edad, sino a los que se mantienen jóvenes de corazón, debemos volver a la osadía, a la belleza del riesgo, a ese riesgo que Jesús abrazó en la cruz para salvar a la humanidad, es preciso que cada familia y cada joven, se abracen a la vida cristiana como el mayor acto de osadía en este siglo 21.

Y se preguntarán entonces ¿Cómo me abrazó a este ideal del cristianismo valiente?. Así como empezó la historia de Jesús: con nada. El carpintero anduvo por las calles de Jerusalén y no tenía más herramientas que su palabra y a partir de ese momento se han conjurado contra Él todos los riesgos de la vida, de la política, del pensamiento, de la palabra, de la guerra y de la historia.

Es preciso como dice el poema, abrir las alas adormiladas de nuestra juventud, aguiluchos criados como aves de corral, seres creados para abatir los abismos que no se dan cuenta que tienen alas, porque no es poco atreverse a afrontar los riesgos de ser santo.

Vuela alto juventud osada
Que otras avecillas están en sus nidos,
conteniendo temerosas la esperanza
por atravesar las nubes y sus brillos,
ansían alzarse del suelo que abraza
para encontrar en el riesgo su destino,
escuchando la voz que a Lázaro hablara:
“Levántate, anda y encuentra tu camino”.

UNIENDO NUESTRAS VIDAS POR LA IGLESIA CATÓLICA

¿Por qué casarnos por la Iglesia?

Los beneficios del Matrimonio Católico

“La Iglesia es un bien para la familia, la familia es un bien para la Iglesia. Custodiar este don sacramental del Señor corresponde no sólo a la familia individualmente sino a toda la comunidad cristiana”. (Papa Francisco, Amoris Laetitia 87)

En general, las parejas que eligen llevar su matrimonio a la Iglesia reciben muchos dones: paz de corazón, unidad y acompañamiento con la Iglesia, y plenitud de los sacramentos, especialmente el don de recibir la Sagrada Comunión y la Reconciliación.

Los científicos sociales han descubierto que las parejas que reconocen la presencia de Dios en su relación, experimentan más satisfacción y tienen más probabilidades de lograr un matrimonio para toda la vida. Uno de los muchos beneficios de un matrimonio sacramental es el del poder de la gracia de Dios, que ayuda a las parejas a mantener viva la alianza de amor y encontrar la felicidad juntos.

¿Por qué obtener el Sacramento del Matrimonio?

“Cristo Señor ‘sale al encuentro de los esposos cristianos en el sacramento del matrimonio’, y permanece con ellos… los esposos son consagrados y, mediante una gracia propia, edifican el Cuerpo de Cristo y constituyen una iglesia doméstica”. (Papa Francisco, Amoris Laetitia 67)

Los votos intercambiados por la pareja son una alianza sagrada a través del cual los esposos se abrazan y, juntos, abrazan a Jesús como su compañero. A través de su unión con Cristo, participan en la alianza inquebrantable entre Dios y la humanidad: la alianza que selló Jesucristo con su muerte y resurrección.

El matrimonio católico es único entre otras relaciones matrimoniales porque es un Sacramento que hace que Cristo esté presente en nuestras vidas y especialmente en las familias. La relación entre marido y mujer refleja la relación de Jesucristo con su pueblo. En la tradición católica, el esposo y la esposa aceptan una misión en el plan salvífico de Dios para la humanidad. La esposa y el esposo son embajadores del amor de Dios y colaboran con Dios para seguir construyendo su Reino aquí en la tierra.

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Nota: Este es una descripción básica del Matrimonio Católico. Debido a que la situación de cada pareja es única y el proceso puede variar de una parroquia a otra, de una diócesis a otra y de un país a otro, las personas interesadas en casarse  la Iglesia Católica, para obtener una convalidación matrimonial y/o una declaración de nulidad deben hablar primero con su párroco para obtener orientación personal y específica.

El peso emocional de nuestra infancia en la relación matrimonial

Todas las relaciones que tenemos con otras personas dejan siempre alguna huella emocional en nuestra vida. Pero ninguna relación es tan importante y decisiva para nuestra existencia, y sobre todo para nuestro matrimonio, como las relaciones familiares que tuvimos en la infancia. Dios quiso que la familia fuera no sólo la puerta por la cual entramos a la vida, sino también el lugar donde aprendiéramos el arte de amar. Por eso, la familia ha sido llamada con razón “la escuela del amor”. Ahí, a través del trato que nos dieron y del ejemplo de amor que recibimos de nuestros padres y familiares aprendimos a amarnos a nosotros mismos, a relacionarnos con los demás, y con Dios.

Lo que aprendimos a amar de nosotros mismos en nuestra infancia

En el entrenamiento al amor, el primer escalón, sobre el cual se apoyarán nuestras futuras destrezas para amar a los demás y a Dios mismo, es aprender a amarnos a nosotros mismos. Ahora bien, según los datos de la ciencia, el 90% de esa capacidad para amarnos la recibimos de nuestros padres, en los cinco primeros años de nuestra vida, empezando desde el seno materno.

Así, por ejemplo, aprendimos a amar e identificarnos positivamente con nuestra apariencia física a través de los elogios, el cuidado y las valoraciones que nuestros padres y las personas que nos cuidaron hicieron de la belleza de nuestra mirada, de nuestra sonrisa, de nuestro cuerpo. El día, en cambio, en que a un niño se le burlaron de sus orejas, o de la forma sus piernas, ese día, sin saber por qué, esa criatura comenzó a sentir vergüenza, inseguridad y complejo de ser como es. Esto le impedirá un día salir confiado a la conquista de la persona que le atrae y posiblemente le hará cohibirse en la entrega íntima de su cuerpo en las relaciones matrimoniales. Lo mismo sucedió con cada aspecto de nuestro temperamento, habilidades o características que fue criticado, negado, desatendido o ignorado; o cuando nos hicieron sentir, a través de abusos físicos, emocionales, o experiencias de abandono, que éramos malos, un estorbo o simplemente no merecedores de cariño ni cuidado.

En otras palabras, aprendimos a amar y a abrazar nuestro ser con seguridad y gratitud, desarrollando una conciencia implícita de nuestra propia dignidad y valor, en la medida en que nos sentimos acogidos y valorados. Y como consecuencia, eso que aprendidos a amar de nosotros mismos no sólo nos da la destreza para relacionarnos sin miedos ni complejos con los demás, sino que son el tesoro personal que tenemos para entregar en nuestras relaciones personales y de pareja. Por el contrario, lo que no ha sido afirmado o aceptado de nosotros son aspectos de nuestra personalidad que han quedado atrofiados; nos acomplejan o nos hacen inseguros. Por eso tenderemos desesperadamente a ocultarlos o a llegar ese vació de aceptación en nuestras relaciones futuras.

Igualmente, los niños que crecieron en ambientes violentos, con padres alcohólicos o que experimentaron pobreza extrema o abandono, desarrollan estados de ansiedad o de mucha irritabilidad, o tienden a encerrarse en su mundo y a tratar de agradar en todo a los demás, como fruto del estrés permanente en que crecieron.

Muchos de las dificultades entre los esposos tienen sus raíces en estas heridas emocionales de la infancia, que no han sido curadas. Eso se refleja en reacciones desmedidas ante asuntos de poca importancia pero que reconectan a una persona con sus traumas, o en comportamientos como celos enfermizos, sentimiento de víctima, incapacidad para poner límites o expresar honesta y respetuosamente lo que les frustra.

Lo que aprendimos del matrimonio y relaciones de nuestros padres

De igual modo, nuestro primer entrenamiento a la vida matrimonial y la relación con los demás lo recibimos de la relación entre nuestros padres o las personas con quienes crecimos.  Esto incluye cómo revelar y expresar lo que sentimos sin ofender ni callar, cómo escuchar sin juzgar y sin prejuicios, cómo reaccionar ante las críticas y resolver conflictos, y por supuesto, cómo agradecer, perdonar y servir al otro en sus necesidades.

Por eso, gran parte de las expectativas, de las destrezas para comunicarnos, pero también de los miedos y bloqueos con que llegamos al matrimonio se gestaron en los patrones de relación que de manera inconsciente asumimos de nuestros padres. Así, por ejemplo, si cada vez que nuestros padres expresaban sus diferencias se generaron disputas violentas, nosotros interiorizamos que es mejor callar para evitar problemas, o que sólo gritando e imponiéndonos se resuelven las diferencias.

El tesoro de la fe que recibimos de nuestros padres

La mejor de las herencias que nuestros padres y familiares pudieron dejarnos es el habernos enseñando a amar a Dios. A través de las tradiciones religiosas, novenas, posadas y momentos de oración, aun en medio de sus limitaciones humanas, nuestros padres abrieron nuestras almas al encuentro con Dios. Sabernos amados por Dios y capaces de conectarnos con ese amor a través de la oración y sobre todo de la vida sacramental es, como veremos inmediatamente, la llave misma para abrirnos a la sanación emocional y posibilidad para rehacer nuestra vida y entablar relaciones familiares sanas y santas.

La importancia de sanar nuestra infancia para amar y no repetir esos errores

Es muy probable que esta lectura haya traído a tu memoria los múltiples momentos y acciones de cuidado a través de los cuales tus padres te hicieron sentir amado y feliz de ser como eres. Pero también puede haber despertado recuerdos dolorosos que te han afectado en tu manera ser y de reaccionar. La buena noticia es que, como lo proclamó Cristo a través de su muerte y resurrección, el mal no tiene ya la última palabra, porque para liberarnos del mal, murió Cristo. Tú nunca has dejado de ser la criatura más semejante a Dios, y amada por Él hasta el extremo. Si dudas en algo de tu valor, de tu dignidad y de tu derecho a amar y ser amado, es hora entonces de redescubrir tu bondad intrínseca; de liberarte de lo que el mal de otros ha causado en tu identidad y en tu capacidad de relacionarte sanamente contigo mismo y con los demás, especialmente en tu matrimonio y vida familiar. ¿Cómo hacerlo? He aquí algunas sugerencias:

●       Confía en Dios y su obra en ti: El Señor quiere que tengas vida, y vida en abundancia. Él ha venido a salvar y rescatar lo que el mal ha dañado. Él prometió darnos un “corazón nuevo” para que te ames como Él te ama y como puedes amar a los demás.

●       Toma de conciencia: Pídele al Señor que te ayude a descubrir las posibles heridas emocionales que cargas desde la infancia, preguntándote: ¿Cuál es la fuente más frecuente de conflictos en mis relaciones? ¿Qué miedo puede estar detrás de mis reacciones? ¿Cuál puede ser su origen? ¿Qué me dijeron, me hicieron o no hicieron por mí, que pudo haberme herido emocionalmente? ¿Qué aprendí del matrimonio de mis padres? ¿Algo de eso puedo estar repitiendo, aunque no quiera, en mis relaciones actuales? Si recordar esto es muy doloroso, te angustia, o te sientes bloqueado al hacerlo, busca la ayuda profesional de un terapeuta para que te acompañe en este proceso.

●       Pide el don del perdón: Tus padres, al igual que todos los que se equivocaron contigo fueron seguramente personas que a su vez fueron heridas emocionalmente en su infancia. También por ellos murió Cristo. Pídele entonces a Jesús, sin negar la gravedad de lo que pudieron haberte hecho, que te dé sus ojos de misericordia para perdonarlos, y repetir con El: “Perdónalos Padre porque ellos no sabían lo que hacían”.

●       Déjate amar por Dios: Muchas parejas dan testimonio de la paz y liberación emocional que han empezado a sentir cuando hacen horas de adoración ante el santísimo. Aprovecha esos encuentros íntimos con Dios para contemplar a Jesús dando su vida por ti; cargando sobre su cruz todo el mal que te hicieron y el que tú pudiste haber hecho a otros. Entrega en su cruz, uno a uno, tus recuerdos amargos, para que Él los sepulte en su tumba. A cambio, Él te dará la infinita paz de saberte liberado y amado hasta el extremo.

●       Empieza a vivir tu vida nueva: Empieza a evitar toda tendencia a culpabilizarte, compararte con otros o a sentirte obligado a ceder en todo, en contra de tus gustos. Reconoce que, con la ayuda de Dios, puedes comenzar a hacer reclamos respetuosos cuando lo necesites; a escuchar con paciencia los reclamos de los demás, sin que eso te asuste ni tengas que salir a la defensiva. Pide con humildad perdón a las personas de tu familia, cada vez que les hayas ofendido, y también, no te canses de agradecer todo lo que tienes, todo lo que has logrado; descubre todo lo bello y bueno que hay en tu esposo/a y en cada uno de tus hijos, y todo lo bueno que hacen por ti.

Dr. Dora Tobar

La belleza del Matrimonio

La belleza del Matrimonio

Por: Ana C. De la Garza

Hay una frase que dice “El Matrimonio es como un jardín: requiere de mucho amor y un poco de trabajo cada día”.

Y es que el amor en el Matrimonio no hay que darlo por sentado, siempre hay que cuidarlo, alimentarlo y trabajarlo. Recuerdo una vez un consejo que nos dio un Sacerdote en una homilía y me parece muy importante compartirlo; nos dijo que todos los días nos dedicáramos 15 minutos en pareja, sin ninguna distracción de celulares, televisión, hijos, etc. 15 minutos para conversar, mirarnos cara a cara, estar juntos y cultivar nuestra relación.

Yo también les recomiendo ponerse una cita al mes, como un “date”, donde puedan hacer algo juntos que disfruten como pareja. Desde preparar una cena romántica o ir a algún lado a cenar, ir a andar en bicicleta o al cine, o incluso ver una película juntos en casa, pero sólo ustedes dos.

Dios diseñó el amor de esposos para que fuera una ayuda mutua, una compañía. Para no estar solos en este camino de la vida, para ser un reflejo del amor de Dios, para ser fecundos y educar y formar a nuestros hijos. Recordemos el pasaje del Génesis que habla de esto:

Dijo luego Yahvé Dios: No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada”. ( Gn 2, 18 )

“De la costilla de Adán, Dios formó a la mujer, para ser su compañera, para acompañarse el hombre y la mujer en esta vida, para ser mejores amigos en el matrimonio y hacernos la vida mejor y más llevadera”.

Después dice: “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne” ( Gn. 2, 24 ) . El designio de Dios en esta unión es perfecta, hacerse una sola carne, una unión perfecta, que da el fruto de los hijos”.

Yo sé que existen dificultades en la vida cotidiana, en la relación de los esposos, y hay dos consejos que me gustaría compartir con ustedes para saber llevar la vida juntos:

  1. Perdonar. Perdonar las fallas del cónyuge. Y no recordarle en una discusión todas las cosas del pasado que nos molestan. Ya que esto sólo genera más conflicto.
  2. Ceder. No tratar siempre de tener la razón, habrá momentos en que será mejor ceder. Yo sé que hay cosas que son muy importantes para llegar a un acuerdo, como educar en la fe a los hijos, o los valores que queremos vivir en nuestra familia. Pero hay cosas triviales de la vida en las que no tenemos que llevar todo al campo de batalla.

El amor de pareja tiene sus etapas en la vida, vamos de la etapa del enamoramiento en la que todo es perfecto y sentimos mariposas en el estómago, a la etapa del amor y mayor intimidad, hasta llegar al verdadero amor de compromiso. Y al ir madurando el amor es posible que se atraviese por algunas crisis. Por eso es importante, en primer lugar, agarrarse de la mano de Dios, como dice la palabra Ma-tri-monio somos tres y en medio de esta relación debe estar Dios para que nos sostenga y nos lleve de su mano en este camino de la vida. Encomendar nuestro Matrimonio a Dios a través de los Sacramentos y de la oración,  también es importante. Si en algún momento sienten que no pueden, no duden en pedir ayuda; a un Sacerdote o a algún consultor especialista en Matrimonio. Yo recomendaría un especialista que fuera Católico y que conociese el Método de Jhon Gottman para terapia de pareja.

https://www.gottman.com/about/the-gottman-method/

Para terminar, les recomiendo encomendar siempre su Matrimonio a la Sagrada Familia. ¡Quiénes mejor que Nuestro Señor Jesucristo, su madre la Santísima Virgen María y San José para acompañarnos y guiarnos en nuestro Matrimonio y Familia!

Celebrando Matrimonios Mixtos

Celebrando Matrimonios Mixtos

Por Cynthia Psencik

Cuando hablamos de matrimonios mixtos, nos referimos a parejas que nacieron en diferentes países como también parejas de razas, etnicidades y culturas distintas. Se reporta que los matrimonios mixtos han aumentado continuamente desde el 1967 cuando fueron legalizados en los Estados Unidos. Para el 2015, una de cada seis parejas recién casadas están casadas con una persona de una raza o etnicidad diferente. La pareja mixta más común incluye hispanos y blancos (Pew Research Center). Es asombroso pensar que antes de los años 1967, los matrimonios mixtos eran prohibidos en ciertas partes de los Estados Unidos, y que hubiera alguna ley impidiendo que yo me casara con mi esposo.

​Mi esposo no solo es de una etnicidad diferente a la mía, sino también nació y creció en un estado diferente que yo – él es de Texas y yo de Nueva York. Llevamos casados siete años, y cada día aprendemos algo nuevo, ya sea de nuestras culturas, o de donde crecimos. Al principio de nuestro noviazgo dialogamos bastante acerca de lo diferente que fue nuestra crianza, yo como mujer hispana de padres dominicanos, y él como hombre blanco. Le asombraba la manera en que me comportaba con mi mamá, con la cual hablaba todos los días por casi una hora. O la manera en que mi mamá se comportaba conmigo, todavía queriendo cuidarme hasta después de estar casada. Mi esposo, sin embargo, creció bien independiente. Poco a poco se fue acostumbrando y aprendiendo que estas cosas eran importante para mi, como yo también fui aprendiendo de las cosas que eran importante para él, por ejemplo, el amor a los deportes profesionales.

Durante nuestro retiro de preparación para el matrimonio tuvimos la oportunidad de dialogar y describir costumbres de cada una de nuestras culturas que podrían impactar más adelante nuestro matrimonio. Las diferencias en culturas a veces aparecen de maneras sutiles en el matrimonio, y pueden crear dificultades si no existe comunicación entre la pareja. Es importante tener una disposición abierta para abrazar las costumbres y las expectativas que son importantes para cada pareja.

Reconocer y hablar de las diferencias

Durante su noviazgo, tomen tiempo para hablar acerca de su niñez y no dejar por desapercibido la importancia de ciertas costumbres y experiencias que pueden influenciar sus comportamientos. En una conversación con mi amiga, ella me comentó que durante su noviazgo, ella y su esposo que es de una etnicidad diferente, hablaron mucho acerca de su experiencia con el racismo, una experiencia muy lejana para su esposo. Fue importante para ella poder ser vulnerable y que existiera una apertura de parte de él para recibir lo que ella le presentaba, y de no minimizar sus experiencias. Esta conversación ayudó mucho a su esposo a comprenderla y ayudarla a navegar sus emociones, y responder adecuadamente.

Ser pacientes y seguir aprendiendo

Darse oportunidad para conocerse y crecer juntos es importante durante el noviazgo y su vida de casados. Ser paciente con uno mismo y con su pareja cuando resaltan cosas únicas a su cultura, ayuda a crear una atmósfera abierta para usted y su pareja. Yo vengo de una familia vibrante y animada, especialmente cuando se reúnen todos los familiares a la misma vez. Mi esposo no vino de una familia grande, y a veces pensaba que estábamos peleando cuando nos escuchaba hablar.

No todo va a tener sentido al principio, y hasta podemos criticar ciertas cosas de nuestra pareja y de su familia. Por eso es importante observar y hacer preguntas cuando no comprendes algo, aunque sea incómodo. Esto demuestra un sentido de curiosidad como también interés en aprender más acerca de los antecedentes familiares y las costumbres que nos influyen.

 

No hagan suposiciones

En la celebración del Día de Acción de Gracias durante nuestro primer año de casados, invitamos a mi familia a celebrar con nosotros. Teníamos música alta tocando de fondo, como era de costumbre en mi familia, mientras preparamos el pavo y la cena. De vez en cuando mi esposo entraba a la cocina, pero luego se iba un poco molesto. Mientras, yo seguía cantando y bailando con mi prima, mi hermana y mi mamá. Después de la celebración le pregunté a mi esposo qué le pasaba, y él me respondió que usualmente en su hogar, él era quien preparaba la cena para su familia, y se sintió molesto de que no le dimos esa oportunidad. Obviamente, no sabía lo importante que era para él tomar parte de las preparaciones, pues crecí entre las normas culturales donde las mujeres eran las que preparaban la comida, y yo asumí que no le interesaba.

Instruir a sus familiares cuando sea necesario

El Papa Francisco en Amoris Laetitia nos comenta: “Los esposos que se aman y se pertenecen, hablan bien el uno del otro, intentan mostrar el lado bueno del cónyuge más allá de sus debilidades y errores (113). Yo crecí en un ambiente donde no faltaba el gentío que venía a nuestro hogar a celebrar algún acontecimiento. De esta forma me acostumbré a siempre estar rodeada de personas, algo que es común en las personas extrovertidas. Mi esposo es introvertido. Me costó tiempo realizar que a veces cuando estamos en reuniones familiares él necesita receso para poder recargarse. Mi familia notaba esto, y pensaba que no les caía bien, y a veces hacían comentarios acerca de su comportamiento. Tuve que explicarles que no era algo en contra de ellos, y fue un momento de aprendizaje para ellos también. Para ayudarnos, mi esposo y yo creamos un plan donde nos señalamos cuando el necesitaba un tiempo de receso durante una visita familiar.

Ser razonables con sus expectativas

Lo más seguro es que su pareja no hable español, o no tiene ritmo para bailar su música. Podemos entrar en el error de que “si me ama, hará el esfuerzo”. Pero la realidad es que aprender un lenguaje nuevo como adulto es un don, y no es tan fácil poder pensar y hablar en un lenguaje diferente al lenguaje nativo. Me enojaba bastante al principio porque estaba centrada en que mi esposo aprendiera español para que se comunicase mejor con mi familia, pero no era por falta de esfuerzo. Me dediqué entonces a darme cuenta de las diferentes maneras que él intentaba comunicarse y relacionarse con mi familia. De esta manera, aprendí a valorar la manera en que él y su familia pasan tiempo juntos viendo deportes profesionales.

Compartir y celebrar los dones que trae cada cultura

Una de las cosas más bellas de una pareja mixta es poder compartir sus tradiciones. Durante la planificación de nuestra boda, incluimos elementos de cada una de nuestras culturas. La ceremonia fue bilingüe, y durante la recepción, incluimos comidas, música y bailes de cada una de nuestras culturas. Esto brindó la oportunidad de que ambas familias aprendieran y celebraran elementos de cada una de nuestras culturas. Fue super divertido ver como su familia y amistades disfrutaron aprendiendo a bailar merengue y mi familia la música country.

 

Crear nuevas tradiciones

Es bello poder unir elementos de cada cultura en la relación. En vez de solamente enfocarse en uno u otro elemento de cada cultura, intenten crear una unión de ambas culturas, y formar sus propias tradiciones. Ya sea comida, música, tradiciones…, es importante que existan elementos de las dos tradiciones que acomoden ambas culturas adecuadamente. Al final del día, las diferencias que pueden existir crean momentos para seguir aprendiendo y creciendo juntos. Durante nuestro noviazgo, Evan y yo creamos una lista de canciones en Spotify con música romántica de cada género, y así él aprendió a disfrutar de la música en español, y yo de la música country.

Ante todo, ser amigos y construir una vida en conjunto. El Papa Francisco nos recuerda en Amoris Laetitia lo importante que es la amistad en el amor conyugal. El nos dice: “Después del amor que nos une a Dios, el amor conyugal es la máxima amistad. Es una unión que tiene todas las características de una buena amistad: búsqueda del bien del otro, reciprocidad, intimidad, ternura, estabilidad, y una semejanza entre los amigos que se va construyendo con la vida compartida” (Amoris Laetitia, 123). Por último, no dejen a un lado el divertirse mientras se acomodan y continúan aprendiendo el uno al otro.

5 GRADOS DEL AMOR EN LA PAREJA

Vivir en pareja no es sencillo porque solemos creer que no tenemos que prepararnos para amar. Creemos que es un sacrificio, en lugar de valorar que es una relación para encontrar cada día la belleza que nos rodea; y donde aprendemos a ser un don para quien elegimos amar. Pero este paso requiere aprendizaje y discernimiento para saber elegir bien.

Encontrar la belleza al amar requiere fe, coraje y disciplina. Es decir, requiere que elijas ser protagonista de lo que tú anhelas vivir. Amar es la actividad más noble del ser humano y una de las claves de la vida diaria, por tanto, más que un enigma,  amar es buscar bienes para quien se elige amar.

Es pasar de un enigma a un misterio, es decir que es elegir vivir dentro de un proyecto que tiene en sí un propósito que está llamado a descubrirse día a día. El matrimonio, es vivir en un proyecto, un designio que sale a la luz para ir descubriéndolo y con ello dejarse sorprender por las maravillas que están en esta vida para que lo descubramos cada día.

Esto no siempre es fácil de lograr, a veces nos topamos con el corazón herido que se forma por las circunstancias y eventos que cada persona va viviendo y que los esposos, varón y mujer, suelen enfrentar como grandes desafíos más de una vez al día.

Pensar que el matrimonio es como vivir en un campo de flores y que se puede ignorar las tormentas que trae el agua para que esas flores se hidraten, sería vivir un cuento de niños o un amor muy inocente y un tanto adormilado.

Aprender que el amor de una pareja pasa por diferentes grados dará la oportunidad de elegir la manera en que se quiere amar a quien elegimos para formar una pareja. Amar porque te aman es un amor condicionado y va a terminar por destruir la relación.

Quiero hablarte, en esta ocasión, de las 5 formas o grados en que amamos en una relación de pareja. Veamos en qué grado sueles amar tú y así podrás comprender por qué tu cónyuge te ama como lo hace.

  1. Afecto

Este grado de amor no solo está en la pareja sino en cualquier persona que conocemos y con la que sentimos que tenemos algo en común, es decir que llama nuestra atención.

Es la manera de amar incluso de los animales, es consecuencia de tener un corazón que quiere aprender a amar y su enemigo principal es querer poseer a la otra persona, es el deseo de que te pertenezca.

Es cuanto estamos dispuestos a ser humildes y hacerle sentir a la otra persona que pertenece y es digna de recibirte, es cuando le dices a tu pareja: te acepto porque compartimos algo en común.

Pero vamos a algo más profundo en el corazón, quien nos enseña a amar: Eros. Recordemos que el amor en pareja es un hacer de cada día por lo que podemos transitar del grado uno al quinto de acuerdo a nuestras decisiones.

  1. Eros

Es la pasión, es lo que nos hace sentir mariposas en el estómago que mueven nuestra voluntad incluso a situaciones que no querríamos o a las que les tenemos miedo. Esta manera de amar busca resultados personales a través de la otra persona. Está implicada la sexualidad de la mujer y del varón, se siente a nivel corporal porque el cerebro al sentir el eros (atracción sexual), produce oxitocina que elimina el cortisol y el estrés.

Por eso es tan buscado y anhelado por el varón, su masculinidad lo impulsa a amar de esta manera, donde el lenguaje no verbal lo dice todo.

Una vez que la pareja siente que tiene algo en común y que puede expresarse, no sólo desde su lenguaje no verbal, (donde se dice todo sin pronunciar palabra) sino un lenguaje únicamente corporal, se eleva a un amor más sincero.

  1. Amistad

Es un amor que se siente, es compartir un proyecto en común. Es la suma de lo mío con lo tuyo para que dé como resultado un nosotros.

Ayuda a vivir en bienestar tener un amigo con quien poder compartir. Hace que el mismo cuerpo genere dopamina y  serotonina de forma natural; ambas generadoras de alegría.

Se crea un equipo de trabajo, donde cada parte aporta para el bien común.

Sale del corazón que nos fue dado, deja atrás al corazón herido que creamos a través de nuestras decisiones.

Igual que a ti te gusta sentirte apreciada, a tu pareja también le gusta y le hace sentir confianza sentirte cerca con la amistad que puedes otorgarle.

Un matrimonio que no comienza por la amistad, o un amor recíproco, no puede llegar al amor libre que elige.

Alguien que elige buscar lo que les une en común, que siente atracción y que elige compartir su proyecto para hacerlo crecer, puede elegir ser don para quien decide amar.

  1. Donación

Es cuando elegimos dar porque queremos, sin buscar reciprocidad, cuando elegimos amar antes de ser amados. Es cuando llenas, a quien tú eliges amar, de afecto, eros y le otorgas tu amistad para crecer juntos.

Es decirle “quiero lo mejor para ti y lo demuestro sin usarte”.

Todos estamos llamados a amar desde la donación, donde te reconoces como un don para la vida de los demás porque sabes que puedes elegir aceptar a la otra persona sin querer cambiarle.

Es amar a través del amor que hay en tu corazón, a través de la luz especial y única que hay en ti. Es poder decirle a tu pareja “te amo porque elijo amarte, tal cual eres, con tu belleza y tu torpeza sin pretender que seas como yo. Te amo porque te reconozco como don para mi vida, desde el amor con el que Dios te creó”.

Y al elegir, decirle a tu pareja que lo amas por lo que es y no por lo que hace. Es posible que le ames desde el grado máximo de amor, un amor libre que elige amar.

  1. Libre

Es un amor elegido, es cuando el amor que diste a esa persona regresa a ti y ella te ama desde el grado del afecto, y tú, aun así eliges dar un amor en libertad. Es no sólo decírselo a tu pareja sino sentir y vivir en ti que eliges amar.

Es poder decir y llevar a la acción las palabras de dar como el otro necesita y recibir como se te da.

Es saber recibir todo lo que llega a ti como un milagro, y que al elegir el amor libre sean acciones que resuelven el misterio del amor, a través de las bendiciones que la otra persona recibe de tu parte, aunque esa persona no reconozca las gracias recibidas en ese momento.

Es cuando eliges compartir las gracias divinas que hay en ti y que decides de manera libre compartir con quien tu quieres hacerlo.

Ahora ya conoces una nueva forma de ver el amor, ¿hacia qué grado de amor vas a dirigir tus decisiones y acciones?

¿En qué grado está tu pareja o tus hijos? ¡Tú puedes elegir darles un amor libre que les da lo que ellos necesitan para que su corazón vibre al ritmo del amor y no de sus heridas! Elige como vas a amar tú a partir de hoy.

Las Marcas de Nuestros Padres y Nuestra Cultura

Por Gelasia Márquez

Hay muchas teorías que tratan de explicar por qué elegimos y nos casamos con una persona y no con otra. ¿Elegimos porque se parece a nosotros? ¿Elegimos porque es distinto que nosotros y de esa forma nos complementan? La elección del compañero(a) es un proceso que ambas partes van haciendo, la mayoría de las veces a un nivel inconsciente. Tal vez el primer momento sea de una mera atracción física pero después, y según el grado de madurez de las personas, algunas parejas se interesan realmente por saber si son compatibles, es decir, por buscar los valores y características que comparten y que los pueden unir.

Ahora bien, cuanto más similitud existen en una pareja, más fuerte y mejor se establece la unidad y la mutua valoración entre ellos. Pues, como dice la Teoría Social de la Validación cuanto más coincidencia existe en valores, criterios, expectativas e ideales que comparten los miembros de la pareja, más se refuerzan la propia imagen y el propio valor de cada uno de ellos (Véase Valores en Común).

La búsqueda de esta similitud es algo que, según estudios, cada uno de nosotros realiza de forma inconsciente, pero regidos por los parámetros que traemos desde la niñez. Así, las muchachas eligen un compañero cuya forma de ser sea “similar” a la de los hombres de su casa, con los que se crió (padre, padrastro, hermano, primo, tío). De igual forma, el muchacho elige a una joven “similar” a aquellas que le ayudaron a desarrollar su definición de lo que es una mujer (madre, hermana, madrina, tía, prima).

Así mismo, las ideas acerca de las funciones y el papel que el hombre y la mujer deben tener dentro de un matrimonio las recibimos de lo que el medio ambiente y las tradiciones culturales nos enseñan al respecto. Por eso, cuando los miembros de una pareja crecieron y se educaron en ambientes culturales distintos, el proceso de ajuste entre ellos les supone más esfuerzo. Les exige que continuamente se pregunten entre sí el por qué de sus actitudes y se vean obligados a discernir de común acuerdo qué tipo de rol van a escoger dentro de su vida matrimonial.

El caso de Jennifer y Ángel, que pueden ver ilustrado en las viñetas Historias con un final feliz, puede servirles de ejemplo.

Historias 4: Jennifer y Ángel

Nueva definición de roles

Jennifer nació en los Estados Unidos, hija de padres inmigrantes Hispanos. Ella fue criada con los valores de un hogar típico “hispano”, pero aprovechó igualmente las ventajas que le ofreció la “sociedad americana”: Hizo estudios universitarios hasta alcanzar una maestría y, puesto que salió a temprana edad de su casa y vivió en una ciudad lejos de las de sus padres, aprendió a ser independiente y eficaz. Usaba el español para comunicase con la familia, pero era más hábil con el Inglés que usaba en todas sus otras circunstancias. Jennifer conoció en una fiesta a Ángel, quien acababa de llegar de su país, y que vivía aún en casa de sus padres. Después de unos meses, Ángel y Jennifer se comprometieron y poco después se casaron.

Casi al cabo de un año de casados Ángel le planteó a Jennifer que se sentía muy inconforme dentro del matrimonio y creía que habían cometido un error casándose. A Jennifer todo le tomó de sorpresa y pensó que Ángel “debía de tener otra mujer”. La crisis entre ellos era obvia. Entonces Ángel le propuso a Jennifer que se tomaran unos días, en un lugar distinto del medio ambiente habitual, para juntos discutir la situación de su matrimonio. Jennifer aceptó pero no entendía qué podía estar pasando pues ella hacía “todo” para que las cosas funcionaran bien.

Los días fuera de la rutina ayudaron a Ángel a verbalizar el por qué de su descontento: se sentía ignorado en la relación. Jennifer tomaba todas las decisiones y no siempre le informaba lo que decidía ni el por qué. Al inicio Jennifer se sintió muy dolida y le costaba entender que Ángel no le agradeciera sus contribuciones, ya que ella  sabía mejor que él cómo funcionaba este país y lo único que pretendía era aliviarle a él la carga de “tener que llevar la casa”. Por otro lado también ella se sentía poco escuchada cuando trataba de comunicarse con él en español, una lengua que ella poco usaba.

Gracias al diálogo, ambos pudieron entender que las expectativas de los dos respecto de la distribución de oficios estaban basadas en sus diferencias culturales. Entonces decidieron que, por encima de las costumbres de sus antepasados, lo importante era que ellos, como pareja, tomaran las decisiones sobre sus propias vidas. Juntos aceptaron igualmente que el aporte de cada cual es muy importante, pues el hecho de hablar mejor un idioma que otro no  hace a un miembro de la pareja sea superior o sepa llevar las cosas mejor que el otro.

Si desea profundizar en los retos  presentes en matrimonios entre personas que crecieron en diferentes culturas, como fue el caso de Jennifer y Ángel, lea nuestra sección, “Las marcas de nuestros padres y nuestra cultura.”

Historias 6: Gisela y José

Tomar decisiones juntos

Gisela y José viven un pueblo muy bonito a las afueras de la capital. Ya llevan 10 años de casados y Dios les ha bendecido con 4 bonitos niños. José es lo que se llama un “hombre emprendedor”. Al principio se dedicaba sólo a sembrar maíz en el terreno que le correspondió a la muerte de su padre. José leía mucho y veía programas educativos en la televisión. Por eso aprendido cómo tecnificar su producción y hacer crecer el negocito. Llegó incluso a tener un tractor y las maquinarias necesarias para moler y hacer tortillas caseras, que vendía entre sus vecinos.

Un buen día José se encontró con un amigo que vivía en el extranjero y que le “abrió los ojos sobre las oportunidades que podría tener con sus habilidades”. El gusanito de la posibilidad le estuvo rondando y rondando por días hasta que decidió averiguar con las autoridades del pueblo qué tendría que hacer para emigrar. Cuando sólo necesitaba echar a andar la petición de migración para él y para Gisela, decidió hablar con Gisela. Pero la propuesta dejó a Gisela totalmente turbada.  Lo difícil no era sólo migrar fuera de su país sino dejar a los hijos al cuidado de sus padres, cuando ellos más la necesitaban . Por otra parte, dejar que José migrara solo significaba desbaratar la unión matrimonial y exponerla a todo tipo de tentaciones. Nunca se le había ocurrido que “tuvieran” que migrar y cuanto más lo pensaba menos “quería” hacerlo. La situación se fue haciendo cada día más tensa en el hogar: José seguía insistiendo y Gisela se negaba. Cada uno de ellos estaba en “una esquina del cuadrilátero” con suficientes argumentos para no ceder ante los deseos del otro. Cuando ya estaban que “estallaban” por todo decidieron consultar con el párroco de la iglesia.

Después de sugerirles que invocaran juntos la asistencia del Espíritu Santo, el párroco les dio tres tareas a hacer: 1º. Cada uno debía escribir en un papel los pros y los contras que según él, o ella,  tendría el emigrar; 2º. Terminadas las columnas, debían sentarse y discutirlas hasta que ambos alcanzasen un acuerdo que fuera lo mejor para la familia 3º. El párroco les sugirió que una vez alcanzada una decisión la pusieran a consideración de sus familiares más cercanos.

José y Gisela estuvieron en el proceso de “ponerse de acuerdo” por más de tres días. Al final, en lugar de conversar con sus parientes se fueron a la iglesia a darle gracias al Párroco. No sólo porque les había enseñado la importancia y el modo para ponerse de acuerdo sino, sobre todo, porque les había recordado la presencia de la gracia de Dios en su matrimonio y les había enseñado cómo usarla.

José y Gisela decidieron no migrar sino continuar creciendo en familia. Años más tarde sus hijos salieron a estudiar fuera del país y poco a poco fueron migrando. En esos momentos, José y Gisela, migraron también para así ayudarles a ellos con el cuidado de sus hijos.

Historias 7: Enrique y Margot

La importancia de la comunicación

Enrique y Margot se conocieron en las clases de ingles de la Biblioteca Pública del vecindario. Ambos venían de diferentes países Latino-Americanos y llevaban poco tiempo en los Estados Unidos.

Meses después de estar “saliendo juntos” Enrique le propuso matrimonio. Margot no se sentía muy segura porque entre bromas y juegos había notado que “ellos no siempre pensaban igual” pero pensó que “eso no era tan importante” y aceptó su propuesta de matrimonio.

Enrique y Margot asistieron a un “cursillo de preparación” para la boda “por la Iglesia”, que duró un día. Durante el mismo, el pastor y la pareja de voluntarios que dirigían el cursillo les invitaron  a analizar las diferencias y acuerdos que tenían en diferentes tópicos. Enrique tomó a broma la tarea y Margot no se sintió segura para insistir en hacerlo. Días después Margot volvió a sacar el tema, pero Enrique siguió en su posición de no darle importancia a “las cosas de los curas que no que saben nada de matrimonio porque nunca se han casado”.

Cerca de un año después de casados, Margot fue a visitar al Pastor de la parroquia. Llorando le dijo lo angustiada y deprimida que estaba. Ella se sentía “fracasada” pues no lograba cumplir con su trabajo y con todas las tareas de su casa “como él lo esperaba” y sentía que Enrique no le daba importancia a otros aspectos de la vida en común que ella valoraba mucho y las realizaba con gran esmero y cariño.

El párroco pidió ayuda a la pareja que ayudó en la preparación matrimonial, y estos comenzaron a visitar el hogar de Enrique y Margot, como parte de “su seguimiento” después de la boda. El objetivo era ganar la confianza de Enrique y después modelar las respuestas esperadas a los problemas que ellos confrontaban. Así fueron entrenando a Enrique y Margot a escucharse, lo cual es diferente a simplemente oírse. Una táctica que les sirvió fue el repetir o parafrasear lo que el otro acababa de decir,  para así estar seguros que habían entendido lo que cada cual decía. También les fue útil el recordar y aceptar que tener diferencias es normal y que cada cual tiene derecho a no estar de acuerdo en todo lo que el otro cree y dice.

Años más tarde, Enrique y Margot se convirtieron en voluntarios  del programa de preparación matrimonial y su testimonio es uno de los que más efecto tiene en los novios que se preparan para administrarse el sacramento del matrimonio.

El caso de Enrique y Margot es un bello testimonio de la vida real  cuyas enseñanzas pueden leerse en “Convertirse en Compañeros para siempre”