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Historias 3: María Elena y Javier

Lo difícil de la distancia

María Elena y Javier habían crecido juntos en el mismo pueblo y en el mismo barrio. Habían ido a la misma escuela y hasta habían tomado la Primera Comunión en la misma iglesia.

Ya después de los quince de María Elena ellos fueron descubriendo que se querían no sólo como amigos. El noviazgo fue recibido con mucha alegría por todos menos por los padres de María Elena. La situación política y de seguridad habían hecho que ellos decidieran migrar a los Estados Unidos. La mamá de María Elena habló con ella, su padre habló con ella, ambos hablaron con ella., pero María Elena prefería quedarse sin su familia que alejarse de Javier. Como una solución “negociada” la familia de María Elena propuso que se casaran y que ella más tarde le llenase los papeles de visa para reclamarle como esposo. Así, tres días antes de salir del país, María Elena y Javier se casaron, tuvieron una pequeña fiesta familiar y dos días en la playa como luna de miel. Ambos se prometieron el uno al otro que cada año en el aniversario de su boda, ellos renovarían sus votos de fidelidad y de entrega. Lo harían por teléfono si se podía, si no lo harían por carta.

María Elena y Javier no contaban con la serie de cambios que sucederían en sus vidas. Antes de que pasaran sus 6 meses como residente y que ella pudiese presentar la petición de visa para traer a su esposo, Javier fue reclutado de forma mandataria para servir en el Ejército. Al terminar los tres años de entrenamiento una nueva ordenanza determinó que hasta que no tuviese 29 años no podía emigrar porque estaba en edad de servir a la Patria. Javier escribió a María Elena y le dijo que le liberaba de su compromiso con él y que tratara de rehacer su vida en el extranjero mientras él trataba de rehacer su vida también.

María Elena no aceptó la propuesta de Javier, escribió y llamó por teléfono una y otra vez recordándole la promesa matrimonial: “en lo bueno y en lo malo, hasta que la muerte los separe”. Javier parecía determinado a no ceder en su punto de vista y le aseguró muchas veces que no era que él se hubiese enamorado de otra mujer sino que le parecía injusto mantenerla atada a él y a un futuro incierto. “Por incierto que sea, es el que elegimos los dos cuando tomamos la decisión de casarnos”, respondió ella. Así, año tras año ellos renovaban su compromiso –por teléfono o por carta-hasta que  finalmente cuando llevaban ya 6 años “casados a distancia” se presentó la oportunidad  de que María Elena viajase a su país de origen. En el aeropuerto estaba Javier esperándola. Conversaron, se amaron, y ambos entendieron que la separación impuesta de 10 años era una prueba que ambos querían y debían superar sin desesperarse pero cada día añadiendo esperanza a la llama de su amor. Nueve meses después el fruto de su amor les dio a ambos nuevas razones para esperar y no desmayar. María Elena volvió a su país de origen y en la iglesia del pueblo bautizaron a Luisa. Tres años después Javier y María Elena pudieron reunirse finalmente para empezar juntos su ciclo de crecimiento matrimonial –con mucho amor pero desde el mismo inicio –aprendiendo a vivir juntos, ajustándose el uno al otro.

Historias 4: Jennifer y Ángel

Nueva definición de roles

Jennifer nació en los Estados Unidos, hija de padres inmigrantes Hispanos. Ella fue criada con los valores de un hogar típico “hispano”, pero aprovechó igualmente las ventajas que le ofreció la “sociedad americana”: Hizo estudios universitarios hasta alcanzar una maestría y, puesto que salió a temprana edad de su casa y vivió en una ciudad lejos de las de sus padres, aprendió a ser independiente y eficaz. Usaba el español para comunicase con la familia, pero era más hábil con el Inglés que usaba en todas sus otras circunstancias. Jennifer conoció en una fiesta a Ángel, quien acababa de llegar de su país, y que vivía aún en casa de sus padres. Después de unos meses, Ángel y Jennifer se comprometieron y poco después se casaron.

Casi al cabo de un año de casados Ángel le planteó a Jennifer que se sentía muy inconforme dentro del matrimonio y creía que habían cometido un error casándose. A Jennifer todo le tomó de sorpresa y pensó que Ángel “debía de tener otra mujer”. La crisis entre ellos era obvia. Entonces Ángel le propuso a Jennifer que se tomaran unos días, en un lugar distinto del medio ambiente habitual, para juntos discutir la situación de su matrimonio. Jennifer aceptó pero no entendía qué podía estar pasando pues ella hacía “todo” para que las cosas funcionaran bien.

Los días fuera de la rutina ayudaron a Ángel a verbalizar el por qué de su descontento: se sentía ignorado en la relación. Jennifer tomaba todas las decisiones y no siempre le informaba lo que decidía ni el por qué. Al inicio Jennifer se sintió muy dolida y le costaba entender que Ángel no le agradeciera sus contribuciones, ya que ella  sabía mejor que él cómo funcionaba este país y lo único que pretendía era aliviarle a él la carga de “tener que llevar la casa”. Por otro lado también ella se sentía poco escuchada cuando trataba de comunicarse con él en español, una lengua que ella poco usaba.

Gracias al diálogo, ambos pudieron entender que las expectativas de los dos respecto de la distribución de oficios estaban basadas en sus diferencias culturales. Entonces decidieron que, por encima de las costumbres de sus antepasados, lo importante era que ellos, como pareja, tomaran las decisiones sobre sus propias vidas. Juntos aceptaron igualmente que el aporte de cada cual es muy importante, pues el hecho de hablar mejor un idioma que otro no  hace a un miembro de la pareja sea superior o sepa llevar las cosas mejor que el otro.

Si desea profundizar en los retos  presentes en matrimonios entre personas que crecieron en diferentes culturas, como fue el caso de Jennifer y Ángel, lea nuestra sección, “Las marcas de nuestros padres y nuestra cultura.”

Historias 5: Carmen y Felipe

Saber pedir ayuda

Felipe escuchó atentamente todo lo que su hermano Juan le explicaba acerca del país a donde él había migrado y las oportunidades de trabajo que allí habían. Felipe le pidió a su esposa que le acompañara a ver cómo les iba a ellos. Carmen no quería hacerlo. Prefería que él migrase solo y que le enviase dinero para el sostén de la familia como hacía Juan. Le dolía mucho separarse de los niños y aunque sabía que ellos iban a estar bien cuidados con su hermana y su cuñada, no quería dar el paso. La presión de su esposo y del hermano de éste le llevaron a aceptar el reto de migrar y romper la unidad familiar al dejar a los hijos al cuidado de otros.

Una vez en el país que les acogió, Carmen no lograba “perdonarse” por “lo que había hecho”. Se sentía físicamente mal y continuamente tenía que tomar “cocimientos” para aliviar el malestar de su estómago. Su pobre estado de ánimo no la ayudaba en los trabajos. Aunque nunca faltó, se sentía “como ida” y no podía concentrarse en lo que tenía que hacer. La supervisora la fue cambiando de una tarea a otra hasta que un día la llamó y le preguntó cómo se sentía y cómo podía ayudarla. Carmen estalló en llanto y cuando pudo calmarse le contó a la supervisora lo que le pasaba. La supervisora le dio el nombre de un Centro de Atención Comunitaria donde podía ir por consejería para ayudarla a sentirse mejor.

Carmen le contó a Felipe de la ayuda que le ofrecían, pero éste le contestó malhumorado “tu no estás loca”, “tu no necesitas que nadie te diga lo que tienes que hacer”, “debes ser fuerte y echar pa’ adelante que aquí no vinimos para andar con melindres”. Lejos de mejorar, Carmen se sintió más sola que nunca y empezó a pensar en regresar por su cuenta a su país. Como su rendimiento en la factoría era cada día peor, la supervisora habló de nuevo con ella y se ofreció ir con ella al Centro de Atención. La trabajadora social que le asignaron le explicó que tanto su reacción emocional como física era normal y que muchas mujeres que llegaban a este país en contra de su voluntad pasaban por las mismas circunstancias.

Después de tres meses de ir “a conversar” con la trabajadora social dos veces por semana, Carmen empezó a sentirse mucho mejor. Y, por sugerencia de la trabajadora social, empezó a contarle a su esposo no sólo cómo se había sentido sino el por qué se había sentido así. Su esposo entonces le confesó que él también se sentía muy mal por haber roto la unidad familiar y le explicó que su forma de lidiar con sus sentimientos era ponerse “duro” consigo mismo y no pensar, para no flaquear. Poco a poco, Carmen y Felipe fueron sintiendo que estaban más unidos que antes porque ahora sufrían juntos, compartían el dolor de no tener con ellos a sus hijos, y buscaban juntos la forma de volver a tener toda la familia unida.

Para profundizar más en las enseñanzas que los casos de Gisela y José y de Carmen y Felipe nos dejan, lean nuestra sección Problemas por la Migración.

Historias 6: Gisela y José

Tomar decisiones juntos

Gisela y José viven un pueblo muy bonito a las afueras de la capital. Ya llevan 10 años de casados y Dios les ha bendecido con 4 bonitos niños. José es lo que se llama un “hombre emprendedor”. Al principio se dedicaba sólo a sembrar maíz en el terreno que le correspondió a la muerte de su padre. José leía mucho y veía programas educativos en la televisión. Por eso aprendido cómo tecnificar su producción y hacer crecer el negocito. Llegó incluso a tener un tractor y las maquinarias necesarias para moler y hacer tortillas caseras, que vendía entre sus vecinos.

Un buen día José se encontró con un amigo que vivía en el extranjero y que le “abrió los ojos sobre las oportunidades que podría tener con sus habilidades”. El gusanito de la posibilidad le estuvo rondando y rondando por días hasta que decidió averiguar con las autoridades del pueblo qué tendría que hacer para emigrar. Cuando sólo necesitaba echar a andar la petición de migración para él y para Gisela, decidió hablar con Gisela. Pero la propuesta dejó a Gisela totalmente turbada.  Lo difícil no era sólo migrar fuera de su país sino dejar a los hijos al cuidado de sus padres, cuando ellos más la necesitaban . Por otra parte, dejar que José migrara solo significaba desbaratar la unión matrimonial y exponerla a todo tipo de tentaciones. Nunca se le había ocurrido que “tuvieran” que migrar y cuanto más lo pensaba menos “quería” hacerlo. La situación se fue haciendo cada día más tensa en el hogar: José seguía insistiendo y Gisela se negaba. Cada uno de ellos estaba en “una esquina del cuadrilátero” con suficientes argumentos para no ceder ante los deseos del otro. Cuando ya estaban que “estallaban” por todo decidieron consultar con el párroco de la iglesia.

Después de sugerirles que invocaran juntos la asistencia del Espíritu Santo, el párroco les dio tres tareas a hacer: 1º. Cada uno debía escribir en un papel los pros y los contras que según él, o ella,  tendría el emigrar; 2º. Terminadas las columnas, debían sentarse y discutirlas hasta que ambos alcanzasen un acuerdo que fuera lo mejor para la familia 3º. El párroco les sugirió que una vez alcanzada una decisión la pusieran a consideración de sus familiares más cercanos.

José y Gisela estuvieron en el proceso de “ponerse de acuerdo” por más de tres días. Al final, en lugar de conversar con sus parientes se fueron a la iglesia a darle gracias al Párroco. No sólo porque les había enseñado la importancia y el modo para ponerse de acuerdo sino, sobre todo, porque les había recordado la presencia de la gracia de Dios en su matrimonio y les había enseñado cómo usarla.

José y Gisela decidieron no migrar sino continuar creciendo en familia. Años más tarde sus hijos salieron a estudiar fuera del país y poco a poco fueron migrando. En esos momentos, José y Gisela, migraron también para así ayudarles a ellos con el cuidado de sus hijos.

Historias 7: Enrique y Margot

La importancia de la comunicación

Enrique y Margot se conocieron en las clases de ingles de la Biblioteca Pública del vecindario. Ambos venían de diferentes países Latino-Americanos y llevaban poco tiempo en los Estados Unidos.

Meses después de estar “saliendo juntos” Enrique le propuso matrimonio. Margot no se sentía muy segura porque entre bromas y juegos había notado que “ellos no siempre pensaban igual” pero pensó que “eso no era tan importante” y aceptó su propuesta de matrimonio.

Enrique y Margot asistieron a un “cursillo de preparación” para la boda “por la Iglesia”, que duró un día. Durante el mismo, el pastor y la pareja de voluntarios que dirigían el cursillo les invitaron  a analizar las diferencias y acuerdos que tenían en diferentes tópicos. Enrique tomó a broma la tarea y Margot no se sintió segura para insistir en hacerlo. Días después Margot volvió a sacar el tema, pero Enrique siguió en su posición de no darle importancia a “las cosas de los curas que no que saben nada de matrimonio porque nunca se han casado”.

Cerca de un año después de casados, Margot fue a visitar al Pastor de la parroquia. Llorando le dijo lo angustiada y deprimida que estaba. Ella se sentía “fracasada” pues no lograba cumplir con su trabajo y con todas las tareas de su casa “como él lo esperaba” y sentía que Enrique no le daba importancia a otros aspectos de la vida en común que ella valoraba mucho y las realizaba con gran esmero y cariño.

El párroco pidió ayuda a la pareja que ayudó en la preparación matrimonial, y estos comenzaron a visitar el hogar de Enrique y Margot, como parte de “su seguimiento” después de la boda. El objetivo era ganar la confianza de Enrique y después modelar las respuestas esperadas a los problemas que ellos confrontaban. Así fueron entrenando a Enrique y Margot a escucharse, lo cual es diferente a simplemente oírse. Una táctica que les sirvió fue el repetir o parafrasear lo que el otro acababa de decir,  para así estar seguros que habían entendido lo que cada cual decía. También les fue útil el recordar y aceptar que tener diferencias es normal y que cada cual tiene derecho a no estar de acuerdo en todo lo que el otro cree y dice.

Años más tarde, Enrique y Margot se convirtieron en voluntarios  del programa de preparación matrimonial y su testimonio es uno de los que más efecto tiene en los novios que se preparan para administrarse el sacramento del matrimonio.

El caso de Enrique y Margot es un bello testimonio de la vida real  cuyas enseñanzas pueden leerse en “Convertirse en Compañeros para siempre”

Pornografía

Pornografía en el Internet: Una amenaza moderna para los matrimonios y las familias

Por Gerald Korson

Enrique parecía tenerlo todo—un matrimonio con amor, cuatro hijos pequeños y un sólido cargo administrativo de mando medio en una corporación financiera local. Él y su familia vivían en los suburbios y eran muy activos en su parroquia local, en donde él participaba en el ministerio musical. A los 35 años, Enrique estaba listo para que lo ascendieran a un cargo administrativo más alto y más lucrativo.

Él siempre trabajaba largas horas, tanto en la oficina como en la casa pero, en estos últimos meses, Enrique había empezado a mostrar síntomas de cansancio. Su esposa e hijos lo notaban distante, irritable y deprimido y él pasaba cada vez más y más tiempo frente a la computadora. Con frecuencia él se perdía de asistir a las reuniones familiares aduciendo que tenía que trabajar. Hasta sus compañeros de trabajo se dieron cuenta de un cambio negativo en su humor, su eficiencia y su productividad.  Enrique ya no era el mismo de antes.

Una noche, ya tarde, todo su mundo se le vino abajo a Enrique cuando Ana, su hija de 11 años, se le acercó y vio que él estaba viendo por Internet un video de un hombre y una mujer en plenos actos sexuales. Llena de horror, Ana corrió donde su madre y le conto todo y, de esta manera, su familia, desilusionada de inmediato, tuvo que enfrentar una dura realidad.  

Trágicamente, la situación de Enrique no es única. Aunque la pornografía ha existido a través de los siglos, el problema de la adicción a la pornografía ha crecido de forma impresionante en estos últimos años, principalmente, por su desmesurada presencia en el Internet.

El doctor Patrick Carnes, quien en 1983 fue el primero que propuso la idea de que una persona puede volverse adicta al sexo, dice que la adicción a la pornografía por Internet es “como el crack de la adicción sexual”.  Así como sucede con el crack, al usuario del Internet no le toma mucho tiempo volverse adicto y eso se convierte en realidad en muy pocas semanas.  Y, así como sucede con el crack, el ver pornografía por Internet en forma constante crea un ciclo de adicción muy fuerte el cual es extremadamente difícil de romper sin la ayuda de un experto.

Estos son algunos de los efectos devastadores de la pornografía por Internet en el matrimonio, la familia y el individuo:

Por lo general, la pornografía conduce al desenlace de un matrimonio.

(1)   Destruye la confianza y la intimidad dentro de la relación de la pareja y, con frecuencia, conduce al desenlace del matrimonio en sí.
(2)   Crea obstáculos para una verdadera comunicación  y una interacción personal con el cónyuge y con los demás.
(3)   Estimula en el adicto a la pornografía una visión distorsionada de la sexualidad que le puede ocasionar el deseo de comportarse de una manera más riesgosa, perversa y hasta criminal.
(4)   Esto aparta a la persona de la vida familiar y de su relación con Dios y establece un patrón destructivo para sus hijos.

Se ha convertido en una epidemia

La adicción a la pornografía es una epidemia que ha ido creciendo en la era del Internet. (Ver Porn by the Numbers). Algunos estimados dicen que cerca de un 50% de los hombres que asisten a la iglesia hacen uso de la pornografía, una cifra que no difiere mucho del porcentaje de uso entre la población masculina adulta en general.

Para Robert Peters, presidente de Morality in Media, el Internet es el factor principal en el incremento del uso de la pornografía.

Peters dice: “cuando hablamos del Internet, generalmente se mencionan tres cosas: el acceso, la capacidad de pago y el anonimato. Algunas veces yo agrego una más: la adicción. La pornografía es adictiva en cualquier medio, pero cuando a uno se le presentan tantas oportunidades con sólo apretar un botón en el teclado y uno es tan astuto que logra esconder todo esto de los demás, entonces es muy fácil para la persona alimentar la adicción a la pornografía”.

Estos factores también facilitan el acceso de los niños y de los adolescentes a la pornografía, según lo manifiesta el doctor Richard Fitzgibbons, director del Institute for Marital Healing, ubicado cerca de Filadelfia.

“Desafortunadamente, los niños que están en las escuelas primarias y secundarias pueden, a una tierna edad, crearse un gran y horrible problema con la pornografía”, dice Fitzgibbons. “Ellos asisten a la escuela y conversan con sus amigos acerca de estos sitios pornográficos. Si no fuera por el Internet, estos muchachos no estarían sumergidos en ese mundo de fantasía”.

Las estadísticas arrojan lo siguiente: Según los estudios, el 90 por ciento de los niños de 8 a 16 años han visto pornografía en línea y los menores de 12 a 17 años constituyen el grupo más numeroso de los usuarios de pornografía por Internet.

¿Cómo se desarrolla la adicción a la pornografía?

El hábito de mirar pornografía por Internet puede empezar como una simple curiosidad, ya sea al encontrar un aviso publicitario o un mensaje electrónico algo picante o, al caer de casualidad, en uno de esos sitios en línea. Un hombre pudiese seguir explorando la pornografía en línea porque siente que esto llena una necesidad real o imaginaria, nos dice Mark Houck, cofundador y presidente de The King’s Men, un apostolado católico cuya sede está ubicada en el área de Filadelfia.

“Quizás él se sienta estresado por su trabajo o esté algo aburrido de su vida o esté buscando algún tipo de entretenimiento”, agrega Houck. “Cualquiera que sea su caso, esto empieza con una falsa percepción de su parte, creyendo que estas mujeres y las imágenes que él ve por Internet van a satisfacer sus necesidades. La verdad es que eso nunca va a satisfacer sus necesidades y luego se va a encontrar en una situación peor de la que estaba antes… Él está usando la pornografía como substituto de una relación humana genuina y eso lo hace sufrir”.

Los factores que pudiesen conducir al desarrollo del hábito de mirar pornografía incluyen el estrés, los conflictos conyugales, el egocentrismo o el “principio del placer” un término freudiano para calificar el deseo de evitar el dolor y buscar la satisfacción inmediata.
Algunas veces hay una causa que contribuye a esto y que Fitzgibbons llama “la soledad dentro del matrimonio”.
“La pareja se ha distanciado dentro del hogar”, dice Fitzgibbons. “Ellos se aman pero no están juntos, especialmente en las noches. Ellos se encuentran en habitaciones separadas y hasta en diferentes pisos dentro de la casa. Ese es el peor error”.

Otros conflictos emocionales y personales que pudiesen llevar a la adicción incluyen: una pobre imagen corporal, un excesivo sentido de responsabilidad, la falta de equilibrio en su vida, la desconfianza en los demás, el aislamiento social, la falta de aceptación de parte de sus semejantes y una ira reprimida. Con frecuencia, estos rasgos están arraigados en las experiencias negativas que sufrieron en sus años formativos de la infancia. Otro factor principal que incrementa la vulnerabilidad a la adicción a la pornografía es si uno de sus padres miraba pornografía o era adicto a ella.

Cualesquiera que sean las causas raíces, la atracción de un hombre hacia las imágenes pornográficas pueden producir en él un estado mental “elevado” que le brindan un breve escape de cualquier estrés o desdicha que esté viviendo en su vida cotidiana.

Con el tiempo, la adicción a la pornografía se va intensificando.

Gradualmente, la adicción a la pornografía se va intensificando según vaya haciéndose más tolerante de los diversos niveles de experiencias en línea. Pueda ser que él empiece a buscar pornografía más explícita o perversa. Esto puede atraerlo a las salas de conversación (chat rooms) en donde los usuarios de Internet pueden encontrarse en línea.

Para algunos hombres adictos a la pornografía, la obsesión puede llegar a tal punto que las imágenes y los encuentros en línea ya no logran satisfacer sus deseos. Entonces buscan ser protagonistas de sus propias fantasías pornográficas, por ejemplo, teniendo una aventura amorosa, buscando encuentros sexuales casuales, utilizando prostitutas, yendo a “clubes para caballeros”, participando en actos de voyerismo e, inclusive, en el abuso sexual de otra persona.

Dónde buscar ayuda

Al final, la anonimidad termina cuando el secreto sale a la luz. Según va creciendo la adicción, sus habilidades cognitivas van disminuyendo y empieza a tomar muchos riesgos. Su comportamiento cada vez más arriesgado y sus esfuerzos para esconder sus problemas empiezan a suscitar sospechas entre sus familiares y sus compañeros de trabajo. Su esposa, o alguno de sus hijos, pueden encontrarlo mirando pornografía o descubren su secreto por casualidad cuando él deja una página web abierta o una foto o mensaje electrónico incriminatorio en la pantalla, o no llega a borrar en el historial de su navegador las páginas pornográficas que visitó.

El incremento en la adicción a la pornografía ha traído consigo un incremento en la cantidad de hombres y de parejas que buscan ayuda para superar este problema, aunque al hombre, por lo general, no es el primero en buscar ayuda, dice Fitzgibbons.

Con frecuencia las esposas consideran que el uso de la pornografía es tan dañino como el adulterio.

“Algunas veces es el hombre pero, con más frecuencia, son las esposas quienes primero se dan cuenta que sus esposos tienen este problema,” agrega Fitzgibbons. La mayoría de las esposas consideran que el uso de la pornografía por parte de sus esposos es una traición tan fuerte y tan dañina como si hubiesen cometido adulterio.

“El impacto nocivo en sus matrimonios es bastante profundo”, dice Fitzgibbons. “He escuchado a muchas mujeres decir que, para ellas, esto es el equivalente a haber sostenido una relación amorosa. Algunas de ellas les dicen a sus esposos: ‘A menos que tú abordes este asunto y lo resuelvas, este matrimonio no va a sobrevivir ya que lo que yo siento es una tremenda traición’. Ellas dicen: ‘Cuando tú haces eso, no estás pensando en mí. Tu corazón está cometiendo adulterio’. Y para eso no tenemos respuesta”.

Un arduo camino hacia la rehabilitación

La  mayoría de los terapeutas concuerdan que mirar pornografía por Internet en forma obsesiva puede calificarse como una adicción conductual. Cuando un hombre ve las imágenes, la satisfacción que las acompaña tiende a establecer un “cableado” neuroquímico en su cerebro y fija una impresión permanente en su memoria lo que algunos doctores llaman el “erototoxin effect”, o sea, el efecto de los químicos que secreta el cerebro en esos momentos.

Mark Houck, de The King’s Men, lo explica en palabras sencillas: “Superar la adicción a la pornografía es más difícil que superar la adicción a la heroína. Cuando la persona se rehabilita de una adicción a las drogas, hay un período de desintoxicación de la droga. Cuando se trata de la pornografía uno puede desintoxicarse, pero las imágenes que se grabaron en el cerebro nunca desaparecen. Eso da miedo, ¿verdad?

Ya que la compulsión a la adicción a la pornografía tiene tantas de las mismas causas y efectos de un adulterio, el tratamiento y el asesoramiento son muy parecidos, dice el doctor Fitzgibbons. (Ver How to Strengthen Your Marriage After Porn Addiction).

“En el caso de un adulterio, la esposa diría: ‘Quiero saber todos los detalles’. Así que usted tiene que ser totalmente abierto, transparente y honesto acerca de todos los errores que usted haya cometido, cuándo, dónde y por qué”, agrega.  “Luego debe haber un profundo sentimiento de dolor, un arrepentimiento. Por lo tanto, el tratamiento es exactamente igual que en el caso de adulterio en el sentido que debe haber un verdadero compromiso para identificar los problemas y resolverlos”.

El restablecimiento de la confianza en el cónyuge es, en sí, una tarea difícil. Es necesario que el marido responda, de la forma más paciente, extensa y frecuente, todo lo que la esposa quiera saber. El deberá prestarle mucha más atención y concentrarse más en la amistad conyugal de la pareja. Con el tiempo, si él demuestra que puede ser casto y responsable, podrá renacer en su esposa la confianza que ella le tenía.

Como parte del proceso de recuperación, y como medida preventiva, es necesario que el esposo y la esposa establezcan una buena comunicación interpersonal y que, juntos, compartan su tiempo dedicándolo a la familia, en otras palabras, deberán construir y mantener una fuerte amistad conyugal.

“La amistad conyugal se basa en la conversación, en la comunicación, en el estar presente para el otro—no sólo para sentarse a ver la televisión sino tomarse el tiempo para discutir asuntos comunes o hacer cosas juntos, inclusive, orar juntos”, agrega Fitzgibbons.

Aunque las clínicas para el tratamiento y los grupos de apoyo pueden ser de mucha utilidad, Fitzgibbons enfatiza la necesidad de tener un sólido componente espiritual si es que un hombre desea abordar y superar su adicción de manera eficaz.

“Hemos visto un gran éxito cuando existe el componente espiritual dentro del proceso de recuperación,” agrega Fitzgibbons. “El Señor no quiere que esta oscuridad interfiera con el gran sacramento del matrimonio”.

La oración, la recepción frecuente de los sacramentos, el estudio de la Biblia y los grupos de apoyo pueden ser de mucha utilidad dentro del proceso de recuperación.

Para más información relacionada a este artículo:

Ten Ways That Cyberporn Damages the Marriage Relationship (sólo en inglés)
How to Strengthen Your Marriage After Porn Addiction (sólo en inglés)
Women and Online Pornography (sólo en inglés)
Internet Porn by the Numbers (sólo en inglés)

La enseñanza católica de la Iglesia sobre la castidad y la pornografía:

El Catecismo de la Iglesia Católica, #2354
El Catecismo Católico de los Estados Unidos para los adultos, capítulo 30
U.S. Conference of Catholic Bishops, Renovar la mentalidad de los medios de comunicación (Declaración para superar la explotación del sexo y de la violencia en las comunicaciones)
Comprados a gran precio: La pornografía, un ataque al templo vivo de Dios, carta pastoral del Obispo Paul Loverde

Sentido y propósito del matrimonio

Por Dora Tobar

El consentimiento libre por el cual la pareja se entrega y se recibe mutuamente es la esencia o “materia” del sacramento del matrimonio.

El matrimonio es la íntima unión y la entrega mutua de la vida entre un hombre y una mujer con el propósito de buscar en todo el bien mutuo. Dicha relación tiene sus raíces en la voluntad original de Dios quien al crear al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, les dio la capacidad de amarse y entregarse mutuamente, hasta el punto de poder ser “una sola carne” (véase Gn. 1, 22 y 2, 24).

Así, el matrimonio es tanto una institución natural como una unión sagradaque realiza el plan original de Dios para la pareja. Pero además Cristo elevó esta vocación al amor a la dignidad de sacramento cuando hizo del consentimiento de entrega de los esposos cristianos el símbolo mismo de su propia entrega por todos en la cruz.

En otras palabras, el consentimiento libre por el cual la pareja se entrega y se recibe mutuamente es la esencia o “materia” del sacramento del matrimonio, de la misma forma como el pan y el vino son la materia del sacramento de la Eucaristía. Dicho consentimiento o símbolo visible de la presencia de Cristo se concretiza, dentro del rito matrimonial, en la fórmula que una vez y para siempre se dicen los esposos con palabras como: “Yo te recibo como esposo(a) y me comprometo a amarte, respetarte y servirte, en salud o enfermedad, en tristeza y alegría, en riqueza o en pobreza, hasta que la muerte nos separe”.

Con esta declaración pública de entrega, consumada después en el acto íntimo de entrega corporal, los esposos se constituyen el uno para el otro en sacramentos vivos de la entrega de Cristo a la humanidad. Ellos son por tanto los verdaderos ministros de este sacramento. Pero para que su declaración sea reconocida, la Iglesia pide que los esposos pronuncien este consentimiento frente a un testigo autorizado por la Iglesia que puede ser un sacerdote o un diácono y frente a la comunidad cristiana.

El compromiso celebrado en el rito se convierte en el estilo de vida de los esposos que, a través de su cotidiana entrega y fidelidad, hacen de su amor el lugar donde el conyugue es amado, servido, escuchado y atendido como Cristo mismo lo haría. En otras palabras, el sacramento del matrimonio no se reduce al rito que lo celebra, sino que consiste en “ser sacramento” o presencia visible de Cristo para el cónyuge, todos los días y en todas las circunstancias que la vida les presente. Por esta razón el matrimonio es junto al sacramento del orden sacerdotal un sacramento de servicio que, vivido con el apoyo permanente de la gracia de Dios, es un camino excelente de santidad.

Es además en el seno de esta relación estable y generosa donde Dios quiere que sean engendrados los hijos para que sea el amor la cuna donde se reciban las nuevas creaturas y se constituya la familia, y la sociedad. Parte esencial del amor de los esposos es pues estar abiertos a acoger con amor y responsabilidad la vida nueva que pueda surgir de sus relaciones maritales. Así, su amor mismo se convierte en instrumento disponible a la obra creadora de Dios.

En pocas palabras, tanto por su donación y servicio mutuo como por su misión co-creadora, los esposos son sacramento vivo y permanente del amor de Cristo por la humanidad y se convierten en “Ministros de la Iglesia Doméstica” donde a diario están llamados, junto al pan y la palabra, a partir y compartir la vida de Cristo con su cónyuge, sus hijos y quienes los rodean.

La Iglesia entera o “Familia Cristiana” se beneficia igualmente del sí sacramental que a diario se dan los esposos pues este es un testimonio invaluable que sostiene a todos los cristianos en el camino de entrega y servicio al cual hemos sido llamados.

Para mayor profundización en el tema léase Catecismo de la Iglesia Católica #1601-1666.

Oración

Por Dora Tobar

Familia que reza unida permanece unida. La oración es por tanto un ingrediente que solidifica y sostiene la unida de la pareja y de la familia.

Como se dice en nuestra sección Espiritualidad del Matrimonio, hay muchas formas de orar y de hacer de la vida una oración misma. La oración no remplaza la vida sino que es la toma de conciencia profunda del paso de Dios por nuestras vidas. Por eso, es la forma como una pareja puede conectarse con la gracia sacramental para que, al contemplar desde Dios el proceso de su amor, puedan:

  • Agradecer los dones con los cuales han sido bendecidos.
  • Contemplar las maravillas divinas en los sentimientos que los une, en el perdón que han podido darse, en la pasión que aún se profesan o en el rostro encantador de los hijos que Dios les ha encargado amar, cuidar y formar.
  • Suplicar su asistencia para aprender con Su amor a manejar los retos que la convivencia y las dificultades de la vida les presenten.

La Santísima Virgen es una excelente madrina en asuntos del corazón y por eso puede ser su intercesora favorita para presentar sus oraciones al Padre. También santos como Tomás Moro y tantos otros esposos y esposas que realizaron gozosos su camino de santidad en la defensa y vivencia del matrimonio, pueden unirse también a su lista de intercesores.

Lo ideal es que cada pareja, así como construye una forma de vivir y un lenguaje corporal o gestos propios para expresarse el amor, también construya poco a poco, su lenguaje espiritual en común. Algunas personas son muy tímidas o reservadas para compartir esta dimensión de su vida íntima. Pero de pronto, una tomada de manos durante la elevación de la Eucaristía, o el rezo del Padre Nuestro sea una forma de participar en su vida espiritual. Quien sea más expresivo puede ser quien encabece la oración antes de comer, antes de acostarse o antes de comenzar un viaje o un aconteciendo. Esto irá creando rutinas e irá facilitando la espontaneidad espiritual de los otros miembros de la familia o de la pareja.

Lo importante es por tanto no perder oportunidad para celebrar e invocar con palabras o gestos el don divino del amor. Para amar hemos nacido, por tanto la oración por el amor debe ser la gimnasia espiritual que, ya sea en pareja o individualmente, debe mantenernos en el camino.

Más sobre este tema en Espiritualidad y Fe y Espiritualidad del matrimonio.

Lecturas complementarias: Centre de Pastoral Litúrgica, Rezar en Pareja, Barcelona 1997. Reimpresión Noviembre 2006; Stormie Omartian, El poder de una esposa que ora, 2001; El poder de los padres que oran,  2001;  El poder de un esposo que ora, 2002, Ed. Unilit.

Espiritualidad del matrimonio

Por Dora Tobar

Por su misma esencia y origen, el amor matrimonial es una realidad espiritual. La espiritualidad es todo lo que nos permite tomar conciencia de nuestra intrínseca relación con Dios y nos ayuda a desarrollarla.

Ahora bien, por su misma esencia y origen, el amor matrimonial es una realidad espiritual. Es decir, lo sepan o no, al haber hecho del amor la razón de ser y la meta de sus vidas como pareja, los esposos han optando ya por Dios y están en el camino seguro de encontrarlo. Como lo dice la Primera Carta de San Juan: “El amor viene de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (4,7).

Pero además, cuando los esposos, en el sacramento del matrimonio, optan por amarse no sólo con la fuerza humana del amor sino con el amor de entrega de Cristo en la cruz, algo más grande que un simple acuerdo humano está sucediendo entre ellos. Su decisión significa que desean hacer de su vida en común el camino para identificarse con Cristo, es decir, para alcanzar la santidad.

Esta es por tanto la primera y gran oración que los esposos elevan en común y frente a la cual Dios nunca pasa desapercibido: “De la misma manera que en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo por la alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres… sale al encuentro de los esposos para unirse a su amor y permanecer con ellos” (CIC 1642).

Es más, su decisión o consentimiento de entregarse y recibirse mutuamente, por la gracia del sacramento del matrimonio, hace que los esposos queden “como consagrados para los deberes y dignidad de su estado” (Vaticano II, Gaudium et Spes, GS, 49). Por lo tanto, todo cuanto hagan para amarse será así su oración y ofrenda ante el altar del amor que Dios ha establecido ante ellos.

Esta oración se vuelve vida cada vez que los esposos se intercambian gestos y pruebas de su amor de dedicación y servicio; o cuando, con generoso corazón disponen su amor a la acción procreadora de Dios; Así mismo, se vuelve ofrenda grata cuando se convierte en disposición para entender y ceder el propio punto de vista en aras de la armonía, o cuando, ante los desacuerdos o las ofensas el amor se convierte respectivamente en aceptación respetuosa del otro, tal cual es, y en perdón misericordioso pues no se espera que el otro sea perfecto.

Es muy bello además cuando esta práctica espiritual en el silencio y la rutina de la convivencia, se puede traducir en palabras y gestos explícitos de oración, pronunciadas al unísono o en compañía del cónyuge. Pues, como dicen los maestros de espiritualidad, mediante la oración tomamos conciencia profunda de lo que Dios está realizando en nosotros. Así, los esposos pueden gozar juntos de la contemplación de la obra de Dios,  tanto en sus logros como en sus dificultades, y disponerse mejor para que siga sucediendo.

La celebración Eucarística es una excelente oportunidad para orar y celebrar juntos:

  • En sus ritos mismos de entrada podemos por ejemplo tomar conciencia que, como en el día de nuestra boda, otra vez caminamos juntos, frente al altar, dispuestos a amarnos y recibir la gracia para vivir la “común –unión”.
  • El rito penitencial nos da la ocasión de pedir perdón a Dios por nuestras faltas al amor, invocar el poder de su perdón por las heridas recibidas y unirnos a la invocación de perdón que hace nuestro cónyuge.
  • A través de su Palabra seguramente Dios tendrá una Buena Noticia para salvar nuestro amor. Estar ahí, escuchándola con nuestro cónyuge nos ayuda a recordar que nuestra relación matrimonial es el mundo inmediato donde esa Palabra debe hacerse realidad.
  • El ofertorio es igualmente un momento litúrgico donde, mentalmente estamos invitados a poner en la patena que el sacerdote levanta en el altar, todos los frutos de nuestro amor, pero también las migajas que esperan ser transformadas en pan de vida y amor.
  • Finalmente, la comunión con el cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó por nosotros, es el mejor alimento para que cada esposo no sólo se mantenga en la entrega sino que se convierta en el cuerpo visible de Dios para su cónyuge y su familia.
  • El rito de conclusión debe recordarnos que no salimos como entramos y que Dios se ha quedado, una vez más, con nosotros.
  • Ahora, nuestra casa debe ser “el santuario” donde se siga reconociendo y sirviendo el rostro de Cristo en nuestros “próximos” y nosotros seremos una vez más los “ministros consagrados por el amor” para la construcción y cuidado de nuestra Iglesia Doméstica. Ahí, el milagro del altar seguirá invocándose y celebrando a través de nuestras cenas en común, de nuestras conversaciones que buscan el entendimiento y la comprensión, de nuestros gestos de ternura y placer, y de todos los actos de solidaridad y entrega que conformen nuestra convivencia.

No se necesita pues nada extraordinario para vivir la espiritualidad del Matrimonio. Lo extraordinario ya ha sucedido en su mutua voluntad de amor. Dejen todo, de nuevo, en manos del Señor y El se encargará de ayudarlos a tomar conciencia de este milagro y de disponerse a seguir viviéndolo.

Cada cónyuge debe velar por mantener su espíritu alimentado en el amor. Puede siempre alentarnos la certeza, de que Dios jamás niega el amor a quien se lo pide con corazón humilde y dispuesto. Ojala los dos puedan recorrer este camino espiritual al mismo tiempo. Y cuando no, cuando uno de los cónyuges avanza primero o más en este proceso de oración y conciencia de fe, es su deber orar por el cónyuge.

Más sobre el tema en Espiritualidad y fe y La oración.

Lecturas complementarias:

  • Catecismo de la Iglesia Católica, 1641-1650
  • Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, 55-64.

Valores en común

 Por Dora Tobar

Muchos expertos en consejería matrimonial y de pareja coinciden en afirmar que si bien el compromiso o promesas matrimoniales establecen y sellan la relación con la solidez de un vínculo estable, los valores en común crean la unión diaria que favorece y sostiene la convivencia. Ellos son los que hacen posible que dos personas, aunque provengan de mundos muy distintos, se descubran como “almas gemelas”, con “espíritus afines”, o en términos populares, como la “media naranja” con la cual se puede lograr la comunión de vida y de propósitos deseables en un matrimonio.

Qué es un valor

Los valores tienen que ver con lo que motiva a una persona, lo que la hace actuar, lo que le da sentido a su vida. En pocas palabras, “los valores de una persona son, en cierto modo, la propia misma”. Ellos constituyen “el centro de donde salen los intereses; son la razón que hace vibrar a una persona, sus amores, lo que le es más sagrado e importante (Véase, Geneviève Hone y Julien Mercure, las Estaciones de la Pareja”, Sal Terrae, 1993).

Los valores en común crean la unión diaria que favorece y sostiene la convivencia.

Importancia de los valores en la construcción de un matrimonio

Cada persona, a lo largo de su vida, y de acuerdo a los mensajes recibidos y asimilados, crea una lista de valores que constituyen, por así decirlo, “su tesoro.” Esta lista le sirve de parámetro para juzgar si algo le agrada, si va con él o con ella, o por el contrario, si le disgusta, le desagrada o le ofende. De ahí la importancia que los valores tienen para la relación de una pareja: si las dos listas o códigos de valores coinciden, la armonía y el bienestar estarán en gran medida garantizados; será fácil llegar a acuerdos sobre los objetivos en el manejo del dinero, la crianza de los hijos, la distribución de los oficios, etc. En fin, les resultará bastante fácil crear planes juntos y sobre todo diseñar un proyecto común de vida donde ninguno se sienta frustrado, limitado o forzado.

Para tener esta coincidencia en valores no se necesita ser de la misma religión ni del mismo país, pero ciertamente haber crecido en hogares con principios morales y espirituales similares favorece la coincidencia. Cuando, en cambio, son muchos más los valores en los cuales no se coincide, que aquellos que se tienen en común, es de esperarse que la relación sea, si no conflictiva, por lo menos muy difícil.

¿Qué hacer cuando no hay perfecta coincidencia en los valores?

Nadie coincide total y perfectamente con los valores del otro. Siempre habrá entre los cónyuges, gustos, preferencias o formas diferentes de ver la realidad. Eso no debe ser sin embargo la causa de dificultades en la relación. El amor supone la aceptación del otro tal cual es y no implica que el otro sea mi idéntico. Por el contrario, su diferencia puede aportarme formas de ver la vida y de actuar de las cuales puedo aprender mucho y terminar integrándolas en mi propio esquema de valores.

Se trata por tanto de aprender a “manejar” las diferencias, lo cual es diferente de “soportar” o someterse. En la negociación y búsqueda de acuerdos, aprender las técnicas de comunicación y las herramientas para la solución de conflictos será siempre de gran ayuda. Con todo se debe tener igualmente en cuenta los siguientes:

  • Son negociables los valores que no afecten o dañen el bien de ninguno de los cónyuges ni de los hijos: Valores que sean esenciales o fundamentales, tales como: la responsabilidad por la vida y el bien de las personas de la familia; el respeto, la fidelidad, la honradez, la veracidad, la delicadeza en el trato, etc., no son negociables ni renunciables.
  • Valores que son más gustos o apreciaciones se pueden negociar o simplemente aceptar como una característica propia del cónyuge.
  • La pareja debe poder construir su propio código de valores que los identificará como familia y como matrimonio. En esta elaboración el consejo de amigos y parientes puede ser tenido en cuenta pero no debe sustituir la decisión de común acuerdo de la pareja.
  • Todos evolucionamos y las circunstancias pueden hacer que tengamos que renunciar, no a nuestros principios, pero sí a ciertas formas de aplicarlos (Por ejemplo, si ya no se puede cenar todos juntos, por lo menos se puede buscar un día en que se puedan reunir). Tener esta flexibilidad puede facilitar la convivencia.
  • Comprometerse juntos con los valores cristianos y esforzarse por cumplirlos creará en su pareja el tesoro más rico y fructífero que garantizará su unidad y fortaleza como pareja. Recuerden “lo que Dios ha unido no lo separa nadie”.

Lecturas Complementarias:

  • Geneviève Hone y Julien Mercure, las Estaciones de la Pareja”, Sal Terrae, 1993.
  • Doris Helmering, Cómo alcanzar la felicidad con su pareja: Una técnica para logar la armonía en su relación afectiva. Editorial Norma.1988.
  • Elena Llanos, Cómo vivir bien en pareja. Editorial Grijalbo, 1989.
  • J. Dominian, El matrimonio: Guía para fortalecer una convivencia duradera, Ed. Paidos 1996.

Más sobre este tema en Errores y aciertos al escoger pareja y Conflictos y diferencias de carácter.¿Qué valores compartimos?, ¿Somos compatibles?