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Viñetas

TEXTOS:
Gelasia Marquez, PhD
• Psicóloga bilingue
• Hispanic Family Life Consultant

COMENTARIOS:
Dora Tobar

ILUSTRACIONES:
Samuel Velasco

 

 

María Elena y Javier

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Lo difícil de la distancia

María Elena y Javier habían crecido juntos en el mismo pueblo y en el mismo barrio. Habían ido a la misma escuela y hasta habían tomado la Primera Comunión en la misma iglesia.

Ya después de los quince de María Elena ellos fueron descubriendo que se querían no sólo como amigos. El noviazgo fue recibido con mucha alegría por todos menos por los padres de María Elena. La situación política y de seguridad habían hecho que ellos decidieran migrar a los Estados Unidos. La mamá de María Elena habló con ella, su padre habló con ella, ambos hablaron con ella., pero María Elena prefería quedarse sin su familia que alejarse de Javier. Como una solución “negociada” la familia de María Elena propuso que se casaran y que ella más tarde le llenase los papeles de visa para reclamarle como esposo. Así, tres días antes de salir del país, María Elena y Javier se casaron, tuvieron una pequeña fiesta familiar y dos días en la playa como luna de miel. Ambos se prometieron el uno al otro que cada año en el aniversario de su boda, ellos renovarían sus votos de fidelidad y de entrega. Lo harían por teléfono si se podía, si no lo harían por carta.

María Elena y Javier no contaban con la serie de cambios que sucederían en sus vidas. Antes de que pasaran sus 6 meses como residente y que ella pudiese presentar la petición de visa para traer a su esposo, Javier fue reclutado de forma mandataria para servir en el Ejército. Al terminar los tres años de entrenamiento una nueva ordenanza determinó que hasta que no tuviese 29 años no podía emigrar porque estaba en edad de servir a la Patria. Javier escribió a María Elena y le dijo que le liberaba de su compromiso con él y que tratara de rehacer su vida en el extranjero mientras él trataba de rehacer su vida también.

María Elena no aceptó la propuesta de Javier, escribió y llamó por teléfono una y otra vez recordándole la promesa matrimonial: “en lo bueno y en lo malo, hasta que la muerte los separe”. Javier parecía determinado a no ceder en su punto de vista y le aseguró muchas veces que no era que él se hubiese enamorado de otra mujer sino que le parecía injusto mantenerla atada a él y a un futuro incierto. “Por incierto que sea, es el que elegimos los dos cuando tomamos la decisión de casarnos”, respondió ella. Así, año tras año ellos renovaban su compromiso –por teléfono o por carta-hasta que  finalmente cuando llevaban ya 6 años “casados a distancia” se presentó la oportunidad  de que María Elena viajase a su país de origen. En el aeropuerto estaba Javier esperándola. Conversaron, se amaron, y ambos entendieron que la separación impuesta de 10 años era una prueba que ambos querían y debían superar sin desesperarse pero cada día añadiendo esperanza a la llama de su amor. Nueve meses después el fruto de su amor les dio a ambos nuevas razones para esperar y no desmayar. María Elena volvió a su país de origen y en la iglesia del pueblo bautizaron a Luisa. Tres años después Javier y María Elena pudieron reunirse finalmente para empezar juntos su ciclo de crecimiento matrimonial –con mucho amor pero desde el mismo inicio –aprendiendo a vivir juntos, ajustándose el uno al otro.

 

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